Buenas noches mamá

Severin Fiala y Veronika Franz se juntan para dirigir Ich seh, traducida al inglés como Good night mommy.

El filme austriaco comienza de  manera  sana e inocente ejemplificando la unión fraternal entre hermanos a través del juego, con Lukas y Elías, inseparables mellizos, viviendo un mar de fantasías silvestres  y alegrías lúdicas, hasta la llegada de su madre, un hecho que en contra de lo esperado - completar un círculo de candidez y calor maternal en el entorno campestre bucólico  en donde se desarrolla la película - trae consigo tinieblas y turbiedad en un permanente recordatorio que algo aquí  no anda bien.

La ausencia de la imagen de un padre (hasta en fotografías), reforzado por un  rostro maternal  cubierto de  vendas, un rostro intervenido quirúrgicamente, negado a los ojos filiales y a los del espectador, un rostro de madre estéticamente camuflado de frío, árido, herido y duro, una madre frágil, una dolida profesional  vinculada al mundo mediático .

A uno de sus hijos esta  madre sin rostro simplemente no le dirige la palabra, omite su existencia. Triste, desolador es saber a los 10 años que tu madre no te quiere, no te acepta, pero tienes el apoyo de un hermano que es tu espejo.

Ella  instaura rígidas normas de convivencia y se encierra en su cuarto con un mutismo absoluto. Merodea por los pasillos, casi gruñendo, y la vida de los hermanos  ya no vuelve a ser la misma.

Alguien, o algo, se ha apoderado de su madre. Solo ellos saben la verdad y pueden rescatarla de las garras de esa extraña que ha invadido repentinamente sus vidas.

“Buenas Noches Mamá” es una obra particularmente atmosférica, taciturna, inquietante, indescifrable como sus personajes.

La dirección se apoya en una imaginería de cuento macabro que va poco a poco impregnándolo todo, y se recrea en cada plano para mostrar hasta qué punto la extrañeza es moneda común en este pequeño micro-universo.

La madre vuelve a casa trayendo algo nuevo con ella, quizás una sensación de amenaza hacia su hasta ahora… idílica vida.

Bien podríamos estar frente a un caso más, donde la indiferencia de una madre inmersa  en sus problemas de éxito personal obliga a sus niños a refugiarse en una imaginería de sueños. Pero esto no es así, el arquetipo de madrasta malvada que envuelve a la madre de Elías y Lukas, los niños protagonistas de este filme, empuja  su universo infantil a las ideas más descabelladas pobladas de paranoias extraterrestres, de alienígenas suplantadores o bien, alguna mujer psicótica. ¿Qué han hecho con nuestra madre? Sin pie para la ciencia ficción caemos drásticamente al  realismo más puro y duro.

Semejantes a un par de animales acorralados los hermanos  no sólo se escurren por los rincones y las frías habitaciones de su casa en busca de una salida hacia la libertad del campo, sino también deciden hacer frente a este ente transfigurado en su madre. Y es que estos niños  coleccionistas de cucarachas no sólo son presas, poseen una astucia animalesca que hará que canalicen sus sospechas y terrores hacia  una etapa de bestialidad y perversidad sin consecuencias, límites, ni miramientos.

Un filme abocado en la construcción de su atmósfera capaz de torcer la nariz del  victimismo más de una vez, saltando de la inocencia infantil  despreocupada a la frialdad de un asesino. Un tamiz psicológico que puede ser entendido como predecible, la experiencia en este tipo de  cine puede llevarnos a deducir fácilmente lo que aquí pasará, y es un gran atributo de “Buenas noches mamá”, jugar con la sorpresa pero no engañar puesto que jamás  oculta nada. Todo esto, acompañado de un dejo de horror corporal cronnenbergiano,  con guiños al rigor católico austriaco.

Destacable es el retrato de la frágil psique de un niño, propensa a traer la realidad a su mundo de juego, aunque este sea oscuro y perverso. Convertir una madre en una  inválida, una casa triste en un monstruo feroz en un laberinto de pasillos y habitaciones oscuras forma parte de ese juego.

Un ejemplo más de cómo, ante la desgracia, el niño construye e inventa sus mundos, sus puentes, para afrontar una realidad que se le escapa por su extrañeza.

La fotografía es fantástica, acentuando la  elegancia minimalista en los interiores de una moderna arquitectura de una casa de campo, en contraste con la belleza salvaje de los bosques y lagos de su alrededor, creando un paralelo en su serenidad a la violencia existente tras las paredes y ventanas. En conjunto con la música, un ambiente inquietante aprovechado por la buena actuación de un par de niños debutantes en la actuación y Susanne Wuest en el rol de la madre.

Las habitaciones vacías nos internan simbólicamente en la mente de los niños, mientras los eventos avanzan con una frialdad quirúrgica, sin los sobresaltos habituales de las películas del género. Interesante propuesta del cine austríaco que nos muestra los instintos atávicos que esconde el ser humano.

Hay que decirlo, el tramo final  del filme convierte una fábula siniestra en un terrorífico y desagradable malentendido, pero no se puede negar que su poder ha calado hondo para entonces.Se despide el filme con un plano evocador: la familia núcleo central de una sociedad, la que permanecerá unida, pese a todo, pese a que este sistema nos dicta día a día como enmascarar sus errores aún a costa de perderse a sí misma y desvanecerse en la nada.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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