Chile, ¿un país improbable?

En la improbable situación que nos aflige, que dos libros de historia de Chile encabecen los ranking de los más leídos, en no ficción y ficción, el testimonio del abogado y militar José Miguel Varela en Veterano de tres guerras y la novela de Elizabeth Subercaseaux La patria de cristal, no deja de embargarme una sensación que, el nuestro es también un país improbable.

Esto es, que existe casi por casualidad, o una suma de casualidades, desde su precaria geografía que lo sostiene trabajosamente desde la cordillera de Los Andes, para no ser avasallado por el Océano irónicamente llamado Pacífico, a sorprendentes e inverosímiles episodios históricos.

Sin duda, el primero de ellos es el Cruce de Los Andes, hace doscientos años, en el cual un ejército de patriotas argentinos y chilenos, luego de la hazaña cordillerana, derrotó primero en Chacabuco y luego en Maipú al ejército realista, sellando la Independencia de Chile, en 1818.

Tampoco es efectiva entonces la fecha – 1810 - en la que celebramos, premonitoriamente, ese acontecimiento.

Tampoco fue nuestra Independencia la principal motivación de la gesta soñada por San Martín, sino la más relevante misión de liberar al Perú, sede del Virreinato. Tal es así que la primera tarea de San Martín no fue recibir la Dirección Suprema del país liberado - que cedió a Bernardo O'Higgins - sino constituir la escuadra libertadora cuyo mando encomendó a Lord Thomas Alexander Cochrane, el lobo de los mares, considerado uno de los capitanes británicos más audaces y exitosos de las guerras de la revolución francesa.

Vale decir si Chile fuese un país mediterráneo, sin posibilidades de despachar una escuadra conteniendo hombres, armamento y volantes independentistas en castellano y quechua, otro gallo nos hubiese cantado.

Otro episodio improbable es la victoria en la guerra contra la Confederación Perú-Boliviana, constituida por la coalición de El Estado Nor-Peruano, el Estado Sud-Peruano -ambos de efímera existencia - y el Estado de Bolivia, bajo el mando supremo del mariscal boliviano Andrés de Santa Cruz, que asumió el cargo de protector de la Confederación en 1836, luego de haber sido presidente del Perú (1827) y mientras era presidente de Bolivia (1829-1839).

El Ejército Unido Restaurador, formado por tropas chilenas y peruanas bajo los mandos del general Manuel Bulnes y del mariscal Agustín Gamarra, derrotó a las tropas de la Confederación en la batalla de Yungay el 20 de enero de 1839.

Los peruanos contrarios a Santa Cruz, con la intervención del ministro Portales de Chile, nos arrastraron a una guerra contra la confederación por defender sus intereses económicos en Valparaíso.
Chile dudaba mucho de participar, lo que según algunos historiadores costó la vida a Diego Portales, asesinado por militares contrarios a entrar en esta guerra. Es también posible que, de no mediar el asesinato de Portales, Chile no habría sido parte de esta lucha que era más bien vista como un conflicto interno del Perú ni tendríamos que hinchar el pecho al entonar el Himno de Yungay que conmemora un episodio que en Perú tiene escasa relevancia.

Arturo Prat y su significativo rol en la Guerra del Pacífico es un improbable mayor. La guerra, iniciada en 1879, con la invasión chilena de Antofagasta, despertaba poco entusiasmo en la población hasta que llegaron las primeras noticias del heroico desempeño de Prat y su modesto navío, la Esmeralda.

Ello determinó que - como recuerda Elizabeth Subercaseaux - grandes tribunos chilenos como Benjamín Vicuña Mackenna, llenaran los estrados con arengas patrióticas que inflamaron a muchos jóvenes a reclutarse y partir hacia el norte.

El resultado es conocido, Bolivia declinó dar combate muy pronto y Perú debió padecer la conquista de Lima por las tropas chilenas. Es posible que sin la heroica acción de Prat, sus hombres y los de la Covadonga, sumadas a la noble actitud del Almirante peruano Miguel Grau hacia sobrevivientes y mártires, otro hubiese sido el resultado de la llamada Guerra del Pacífico.

También es poco creíble la vertiginosa reconciliación entre ambos bandos ocurrida luego de la sangrienta guerra civil de 1891 que terminó con el suicidio de Presidente Balmaceda y la derrota de su ejército, que era ni mas ni menos que el Ejército de Chile, a manos de otra formación integrada mayoritariamente por la Armada nacional.

Rápidamente se terminaron las delirantes pobladas que asaltaban las casas balmacedistas y el país entró al siglo XX con un espíritu de paz, orientándose más a la celebración del Centenario que a seguir por la senda del siglo anterior.

Quizás la extenuación guerrera, la conversión de sus despojos en un Museo de Historia Nacional que incluyó al Militar, lograron que se comenzara a visualizar que la paz era mucho más deseable y que la división entre balmacedistas y anti balmacedistas pasara literalmente a la historia con mucho menos fuerza, por ejemplo, que la pugna entre carreristas y o'higginistas. Y que sea el gesto del presidente suicida lo que recordara el Presidente Allende en su martirio, más que la guerra fratricida.

El propio triunfo de Allende se inscribe también entre las improbabilidades de nuestra historia. En un país dividido electoralmente en tres tercios y una izquierda a su vez dividida entre quienes seguían la vía electoral y quienes propugnaban - castrismo mediante - la vía armada, no era muy predecible que triunfara la Unidad Popular, que como novedad respecto de versiones anteriores sólo tenía la ausencia del "Cura de Catapilco" y la incorporación de una pequeña facción de jóvenes y campesinos DC que se plegaron a la UP a través de una fuerza novísima, el MAPU.

Finalmente y en la historia reciente, el plebiscito del NO, acontecido el 5 de octubre de 1988, que implicaba que una todopoderosa dictadura se expusiera al veredicto popular con registros electorales, miedo rampante y una franja televisiva equivalente para ambas opciones, es también un hecho improbable.

Como señaló en su momento Luis Maira, "De la dictadura no terminamos por un acto mágico ni una plegaria elevada al cielo. Terminamos por una enorme lucha social que permitió que por un millón de votos le ganáramos a Pinochet un plebiscito. Y esa es una marca mundial, que no cumplió ni otra oposición, porque ese era un camino que no se había explorado".

O sea, un hecho poco probable. 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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