Distingos en el más allá

Más o menos 4.500 años atrás, en el antiguo Egipto no creían que existiera la muerte; podían aspirar a una existencia análoga a la terrenal en una infinitud que no obligaba a perder riquezas materiales, ni renunciar al pan, la carne o la cerveza. Aunque al faraón esa doctrina quizá no lo emocionara demasiado, acá era un dios, y en el otro barrio sólo se sumaría al club de sus iguales.

Cleopatra, mientras maduraba la idea del suicidio, acaso imbuida en esa convicción quiso preservar su belleza escogiendo una serpiente de veneno rápido, menguado en el dolor y que no deformara la figura. Experimentando con presidiarios, buscaría la especie más adecuada hasta dar con la víbora cuya mordedura dejaba incluso un gesto armonioso en el rostro.

Sinuhé - protagonista del famoso cuento - fue un exiliado que logró poder y fortuna en Siria. Bordeando la vejez, reparte sus bienes e intercambia cartas con el Faraón en pos del regreso y un entierro ajustado a los ritos necesarios que afianzarían su inmortalidad. La narración, sitúa al personaje en una sociedad ajena para destacar la idea de que vivir fuera de Egipto carecía de sentido.

Una pericona del folklore garantiza que para subir al cielo se necesita una escalera larga y otra cortita. En el país del imperceptible invierno, como lo llamara Augusto d´Halmar, nuestro primer Premio Nacional de Literatura, faraones, sacerdotes, la nobleza y también el disciplinado pueblo podían hacerlo ateniéndose a los preceptos del Libro de los Muertos, algo así como un recetario o vademécum de eternidades.

No obstante, los difuntos, antes de asegurar un escaño en el elíseo o perderse sin remedio en el tenebroso averno, debían superar el sondeo de cuarenta y dos divinidades. Sólo después de exculparse ante el etéreo tribunal podrían ser integrados al círculo de los Bienaventurados, es decir, trocados ad infinitum en criaturas semejantes a los dioses.

Salvarían el pellejo persuadiendo de su recta moralidad al estricto jurado. Entonces, golpeándose el pecho proclamaban no haber sido inicuos con los hombres, ni disgustado a las alturas fornicando en lugares sacros o afanando peces de las lagunas consagradas. Siempre respetuosos de las jerarquías y pródigos con la comida o el incienso que era menester tributar a los templos…

Naturalmente, siendo cada cual su propio intercesor se presentaba como un crack ético.

Mas para acceder a esas instancias, el candidato tenía que ser embalsamado. En caso contrario, desaparecería su alma por la putrefacción del cuerpo.

Éste, depilado y sin vísceras, tras setenta días macerándose en salmuera sería lavado al vino y relleno de cera, canela, aceites y antisépticos. Además, apropiadas defensas evitaban que las alquitranadas vendas de lino lo abollaran con su apriete. 

En esta perseverancia por una butaca en las plateas del inframundo los que no podían permitirse tanto lujo eran tratados despectivamente por los embalsamadores, más atentos a la ganancia que a las peripecias metafísicas de sus clientes. Se simplificaban las manipulaciones, los cadáveres colgados sin recato de ganchos carniceros y luego hacinados en inmensas cubas.  

Ya momificado, parientes o amigos tomaban posesión del deudo. Si el presupuesto no daba para un féretro lo envolvían en piel de buey y añadían un papiro con fórmulas mágicas y letanías del infalible Libro de los Muertos. De este modo, el mísero aspirante podría encarar a la empírea corte con la posibilidad de ser justificado y alcanzar la gloria de codearse con las deidades.

En ocasiones, aprovechando noches de escasa luna, portadores de un súbdito disecado a bajo precio se deslizaban en la necrópolis de los ricos; lo enterraban junto a una tumba principesca para que así pudiese redituar de los sacrificios ofrecidos por quien consiguió costearlos. Un devoto acto de promoción con el extinto hacia un mundo supuestamente sin diferencias entre poderosos y miserables.

En cuanto a aquellos que ni siquiera tenían lo imprescindible para aspirar a un rincón en alguna fosa funeraria compartida, eran sepultados sin ningún aparato y un poco de disimulo en polvorientos agujeros hechos en lejanías desérticas.

Al decir de algunos historiadores ese estado a orillas del Nilo estaba perfectamente organizado y su felicidad apenas sacudida por intrascendentes disputas dinásticas. Sin embargo, como sostiene Alain Touraine, “en el corazón de toda sociedad arde el fuego de los movimientos sociales” y ese milenario cosmos no sería inmune a sus efectos.

Es posible que el apogeo de la civilización egipcia coincidiera con la mayor desigualdad social:  bastonazos, prisión, decapitaciones y ahorcamientos eran frecuentes formas de castigo o de justicia. Las condiciones de trabajo y vida de las clases populares contrastaban con las de los nobles, incluso en el reino de los muertos, pues hasta “la vida eterna” era un privilegio.

El largo registro de abusos, inicua repartición de las cargas, brutales recaudadores de impuestos, poderosos indiferentes, hambre y plagas, más la incapacidad de faraones débiles u ocultos en esferas invisibles crearon una explosiva situación muy favorable a la génesis de una auténtica revolución.

Atendido ese caldo de cultivo, una gran revuelta social expresaría los afanes populares por transformaciones político económicas; ocurrió a fines del Reino Antiguo y aunque fallida prácticamente le bajó el telón al período.

Hay quienes interpretan aquel levantamiento en las riberas del mayor río africano como el triunfo del proletariado cuatro mil años antes de los bolcheviques y por eso lo llaman primera revolución proletaria.

Sin duda, un excesivo entusiasmo retórico.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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