Mayo del 68, balance de un mito

Quienes la vivimos, nos sentimos orgullosos de haber sido jóvenes en la década de los 60, la “década prodigiosa”. Aquella que convulsionó al mundo con la reforma agraria y la toma de la Universidad Católica en Chile; las luchas contra el racismo y el asesinato de su líder, Martin Luther King, en Estados Unidos; las gigantescas protestas contra la guerra de Vietnam; la revolución sexual de los anticonceptivos; el terremoto en la Iglesia Católica del Concilio Vaticano II; los asesinatos de John y Robert Kennedy; la masacre de estudiantes que pedían democracia en Tlatelolco, México; la rebelión checa contra la Unión Soviética en la Primavera de Praga y la de los estudiantes franceses en Mayo de 1968. 

Nos vamos a detener en esta última porque está cumpliendo medio siglo y porque nadie puede sustraerse a su embrujo. 

Fue breve, pero intensa. Duró solamente un mes, lo que el Presidente francés General De Gaulle tardó en derribar las barricadas de las calles de París y controlar el paro nacional de trabajadores más grande que se haya visto en Europa y tal vez el mundo (9 millones). Pero ni en cincuenta años han logrado sacarla de la memoria colectiva ni del imaginario por un mundo mejor. Las opiniones varían cuando se trata de saber si fue una revolución triunfante o fracasada. 

Fui estudiante en París solo dos años antes y ya entonces se percibía en el aire el descontento de los jóvenes contra el establishment.

Los estudiantes querían aire fresco en unas aulas aún oliendo a moho: lanzaban palomitas de papel al maestro dictando cátedra desde una tarima y contradecían sus dichos a coro y en voz alta.

En las discotecas, la tradicional pareja hombre/mujer sobre la pista de baile era reemplazada por mujer/mujer, hombre/hombre o todos/con/todos. En el aire se escuchaban los acordes vanguardistas de la nueva música de los Beatles o los Rolling Stones.

En el cine, la nouvelle vague cámara en mano y en la calle, mostraba relaciones amorosas hasta de a tres, que terminaban con la misma rapidez con que comenzaron. Nada de hipocresías. Todos querían pasarlo bien ahora y para siempre. 

¿Fue solo un frívolo alzamiento de estudiantes? Muchos creen que sí, porque aunque comenzó por un anhelo de cambio hacia una sociedad anticapitalista, no sabían por dónde empezar, salvo lanzando adoquines o pintando grafitis en los muros.

Al comienzo se sumaron algunos troskistas y maoístas pensando en aprovechar la fuerza de ese levantamiento para sus ideales, pero no lo lograron (los comunistas tradicionales se mantuvieron críticos, al margen). El impulso era más bien la anarquía, producto de la insatisfacción con el mundo en que les había tocado vivir. 

Todo comenzó pidiendo cambios en la universidad, que dejara de ser jerárquica y autoritaria, algo parecido a lo que ocurrió en Chile en 1967, con la toma de la Universidad Católica y después, con las protestas estudiantiles de 2006 y 2011.

Pero al contrario de los jóvenes chilenos (y latinoamericanos), que tenían como ejemplo la revolución cubana y como héroe al Che Guevara, la de mayo del 68 parisiense se distanció de las izquierdas.

Todos los analistas hoy coinciden en que fue un movimiento de las clases acomodadas, que entre las inolvidables lemas de “Seamos realistas, pidamos lo imposible” o “Prohibido prohibir”, también escribían en los muros “somos marxistas tendencia Groucho Marx”, aludiendo al cómico norteamericano del cine años 30.

Rechazaban tanto a la derecha gaullista que los gobernaba entonces como a la izquierda tradicional (“Abajo el realismo socialista. Viva el surrealismo”). 

Alfredo Bryce Echenique relata con ironía su vivencia de París 1968 en su novela “La vida exagerada de Martín Romaña” cuyo protagonista - su álter ego -, hijo de la aristocracia limeña, se matricula en la Universidad con la meta de ser escritor. Milita en grupos de estudiantes izquierdistas latinoamericanos que sueñan con hacer la revolución en sus países.  

Desilusionado, se ha alejado de estos intelectuales de bar cuando estalla la revolución de los adoquines. Martín Romaña participa en las barricadas principalmente para complacer a sus musas, pero en realidad observa escéptico “el acontecimiento social” de ese año concluyendo, “y aunque hay gente que tardará muchos años en aceptarlo, en creerlo, mayo del 68 ha terminado y por algunos rincones debe estarse empozando ya ese enorme desencanto que en el transcurso de muy pocos años dañará el brillo de tanta miradas juveniles”. (pág.  415, edición Anagrama, Barcelona 2001). 

Mirada a la distancia, aunque no ha perdido ni perderá su magia, la mayoría de los analistas afirma que esta “revolución de los hijos de papá”, como la llamó el propio De Gaulle antes de sofocarla, es que condujo a un nuevo mundo, aun vigente, libertario en lo social, de irrespeto a la autoridad y anti totalitarismo y en lo político, al liberalismo económico individualista y consumista que hoy vivimos corregido y aumentado. 

Si consideramos revolución un cambio social que favorece a los más pobres, esta no lo fue, salvo para los trabajadores franceses que, colateralmente, al adherir al alzamiento juvenil con su gigantesco paro nacional, lograron buena parte de sus reivindicaciones. 

Pero si aceptamos también que las revoluciones pueden ser de derecha - aunque no estuviera en el espíritu inicial de los jóvenes parisinos del 68 -, esta podría ser una de las más grandes porque cambió nuestra cultura a un precio caro, nos condujo a la apertura social a las minorías discriminadas por sexo, edad o raza, pero también a la  globalización del modelo económico y social que hoy sufrimos.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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