Menos irreverencia que disimulo

Nuestra verba cotidiana –de groserías que van y vienen con gentil compás de pies- suele añadir confusión a la flor de sus carencias, por ejemplo: hermanando tránsito con tráfico o cínico con hipócrita. Aunque en los diccionarios, amén de cierta escuela filosófica, cínico significa desvergonzado, impúdico. E hipocresía, fingir cualidades o sentimientos contrarios a los que se experimentan.

Ambos términos tienen conspicuos representantes en la escena teatral: Juan Tenorio y Tartufo.

Don Juan, ecuménico catador de féminas, si es invitado a un matrimonio no vacilará en alzarse con la novia. Inflexible en su lema: “¡Viva la libertad, las mujeres y el buen vino!”  Un corazón bien asentado y valeroso que, en el último momento, prefiere hundirse en el Averno antes que repudiar su búsqueda de la sensualidad y de sí mismo mediante el placer.

En la esquina contraria, Tartufo, ciudadano de las sombras, voluntarioso y soberbio: “Si sólo el Cielo se opone, poca cosa es quitar ese obstáculo”, dice a la recelosa Elmira, aterrada con los decretos celestiales:

“Conozco, señora mía, el arte de apartar escrúpulos. Dios nos veda ciertas satisfacciones, pero es posible negociar con él. Según las necesidades podemos aflojar los lazos de la conciencia, rectificando la maldad del acto con lo puro de la intención. Satisfaga mi deseo y nada tema. Sólo el escándalo ofende al Cielo; no hay pecado obrando discretamente.”

En esta loca geografía, residencia de maestros en el arte de emborrachar la perdiz, somos más del verdoso y retorcido Tartufo que del libertino y desenfadado don Juan. En tal sentido, mientras esperaba su condena por pedofilia en los tribunales, un compungido  padre John mirando fotografías de discípulas fallecidas en un accidente carretero, resultaría ejemplar en el gesto fariseo para el noticiario.

Maravillas y complicidades de la tele.

Entrevistada, una ministra puede declarar sin despeinarse: "Si una mujer tiene cuatro hijos y espera un quinto, sufriendo hipertensión pulmonar y este embarazo le puede costar la vida, debe decidir si quiere seguir”... Y "si está embarazada y el médico le dice que su bebé no tiene cerebro, debe tener igual derecho". "Si es violada, también".

Pero si agrega que, en algunas clínicas, familias cuicas han hecho abortar a sus hijas, tiemblan los muros del Palacio y es despedida de inmediato por quien, días más tarde, aseguraría que “en Chile hay abortos clandestinos. Y la gente con recursos lo hace en buenas condiciones. Los que no tienen recursos lo hace en malas condiciones, con riesgos para la salud y la vida de la mujer”.

De tiempo en tiempo, sobrellevamos un sinfónico ejercicio mercantil denominado 27 horas de amor;   manipulación de discapacitados ajena al precepto cristiano: “cuando des limosna no toques trompeta, como los hipócritas para ser alabados”. Vocinglera comedia de la caridad que soporta impávida observaciones no desmentidas sobre lo recaudado, su administración y costos directivos.

Otro sí. No es difícil inferir que don dinero seduciendo dirigentes  exige algo a cambio: transfigurado en influencia quiere dirigir, redactar leyes o al menos… articulos transitorios. Así, bailando al compás de su hechicera música, la politique nationale  deviene subalterna o pendolista. Y si bien esta historia es antigua, reaccionamos cual si una inesperada luz disipara las tinieblas que parecían envolver la virtuosa vida pública local.

De la concurrencia a estas dispendiosas galas, atendida la evasiva actitud de los abonados, podría decirse con Macedonio Fernández: “Faltaron tantos que si faltaba uno más no entraba”.

Asimismo, el “poderoso caballero” salvaguardando  la virtud del modelo recluta cohortes de esforzadas mentalidades o hábiles granujas, creadores de artilugios tributarios o sofismas que transfiguran simples normas mercantiles en valores universales.

Es el rostro de nuestra decadencia cultural, acotaría Osvaldo  Spengler.

Tampoco la Santa Madre baila mal en este tinglado. Los obispos criollos, raudos en la crítica tratándose de divorcio, anticonceptivos, Unión Civil o despenalización del aborto, son más bien flemáticos tratándose de la pedofilia parroquial o mitrada. La Conferencia Episcopal calla hasta que la persistencia periodística provoca el derrumbe.

"Recuerde que los tiempos del mundo no son los tiempos de la Iglesia", acotan con oscuros resplandores tartufescos. Y cuesta tragarse el anuncio de que: "La Iglesia no escatima esfuerzos para proteger a sus hijos, y éstos tienen el derecho de dirigirse a ella confiados porque es una casa segura".

Casa segura, con un satélite de Karadima obispo de Osorno, nombrado por quien exige no encubrir estos casos, pues: "no hay lugar en el ministerio para quienes abusan de los menores".  Casa segura, cuando un reciente manual vaticano dice que "los obispos no tienen obligación" de reportar denuncias a la policía; sólo las víctimas o sus familias deben hacerlo.

Igualmente, minimiza las responsabilidades eclesiásticas pues la gran mayoría de esos asaltos ocurren por familiares y amigos. Se entiende que Peter Saunders, de la comisión vaticana contra la pederastia, asevere: "Durante este papado la Iglesia no ha hecho nada contra los abusos a niños por parte del clero".

Finalmente, la oeconomica simulatione o colusión: “La conmoción provocada y la gravedad de lo acontecido obedece no solo al daño producido a los consumidores, sino, además, a que ataca el sentido más profundo de una economía libre, involucrando uno de los grupos empresariales de reconocido liderazgo en el país”, advertía El Mercurio.

Entonces, ultrajado en su recta trayectoria el campeador por las buenas prácticas fabriles desde el CEP, informa sentirse traicionado y comprende que nadie le crea cuando sostiene que lo engañaron.

¡Dios lo guarde a don Eliodoro!

Es posible que antaño no fuéramos tan santurrones, al cantar sin rodeos “oro purito, oro de ley yo necesito para mi chey” o pregonando abiertamente con Eduardo Matte Pérez: “Los dueños de Chile somos nosotros, los dueños del capital y del suelo. Lo demás es masa influenciable y vendible. No pesa ni como opinión ni como prestigio”.

Un admirable cínico chileno, de esos que ya no hay o escasean.

 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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