Nuestros veteranos de tres guerras

Una suerte de polémica respecto de si la exitosa obra de Guillermo Parvex, Veterano de tres guerras, pertenece al género de la historia, la historia novelada o la novela histórica, me ha permitido reflexionar sobre aquel veterano que reposa en las generaciones anteriores (cuatro o cinco) de muchas familias chilenas y que permanece en el olvido o - a lo más - en una oscura fotografía de la que pocos se atreven a hacer afirmaciones sobre su real participación en la historia patria.

Tuve la fortuna de ser de los primeros en disfrutar el libro de Parvex, atraído justamente por la curiosa semejanza con algunos apuntes que había tomado, a contar de 2006, que había titulado, Las tres guerras de don Leandro. Me refería al descubrimiento de mi antepasado el coronel Leandro Navarro Rojas, padre de mi abuelo paterno, que había tenido participación en la llamada guerra de Arauco, sobre la que escribió un libro, presentado en 1909 y reeditado en 2008, la guerra del Pacífico y la guerra civil de 1891.

Al comparar mis apuntes con el libro, me hizo mucho sentido el que, en ambos casos, la verdadera escuela militar de Chile estaba en la Araucanía y allí se forjaron los militares de línea que con gran celeridad para esos tiempos, desembarcaron en Antofagasta, ferrocarril Angol-Valparaíso mediante, dando un golpe que dejó mal paradas a las tropas bolivianas que poco mas duraron en el conflicto. El objetivo fue entonces Lima, tal como lo fue para San Martín en nuestra guerra de independencia donde participó el padre de don Leandro... pero esa es otra historia.

Navarro estuvo en Arica y Lima, recibió un par de condecoraciones y también algunas admoniciones escritas por mala conducta (escapar del cuartel con fines de diversión). Finalmente, terminó en Lambayeque al norte de Perú, acompañando como ayudante de órdenes al General Umitel Urrutia que murió de fiebre amarilla, dejando viuda a doña Corina Sanhueza, a quién, ya de retorno a la Araucanía, don Leandro desposó, acogiendo a sus dos hijas Urrutia, posteriormente monjas.

De ese enlace nació mi abuelo Arturo, nombre indudablemente inspirado en la gesta de Prat, contemporáneo de Leandro y que mi padre y yo posteriormente ostentamos.

Arturo primero, heredó la veta literaria de Leandro, no así la militar y me la transmitió tal cual: un amor desmedido por los libros y la lectura, que he tratado de honrar, incluso conservando intacta (dentro de lo posible) su propia edición de El Quijote, en papel biblia y con sus anotaciones de puño y letra.

Volviendo al bisabuelo Leandro, luego de su regreso al interrumpido combate de la Araucanía y su matrimonio, como militar integró las filas leales al Presidente Balmaceda hasta llegar a "la casa del General Manuel Baquedano, en septiembre de 1891 cuando el jefe de plaza de Santiago, Manuel J. Jarpa, acompañado del coronel Leandro Navarro, se presentaba a las 2:30 ante el conductor de Chorrillos y Miraflores para recibir instrucciones y disponerle los 6.500 efectivos que guarnecían la capital" como señala el historiador Jorge Núñez en, 1891 Crónica de la Guerra Civil. Santiago, LOM Ediciones, Santiago. Página 97. 

Después vino la tragedia de los derrotados y los asaltos y agresiones a la casa familiar de la calle Carmen, en Santiago, hasta que una cercana reconciliación nacional lo reincorpora al ejército como Director del Museo Militar y más tarde encargado de la Sala de Historia Militar del Museo Histórico Nacional creado el 2 de mayo de 1911.

Desde entonces trabajó en una de las oficinas y las cinco salas destinadas para "que el Museo Histórico Nacional instalara sus colecciones y oficinas en el primer piso al costado derecho del edificio principal del Palacio de Bellas Artes y vista al frente norte del Palacio. El director del Museo era don Joaquín Figueroa (hermano del Presidente Emiliano Figueroa) y fue secundado por el Coronel Navarro hasta su fallecimiento en 1917",  Museo Histórico Nacional. Enrique Campos, Hernán Rodríguez. DIBAM, 1983. Página 26.

En esos tiempos de pos guerras, pudo finalmente escribir su proyecto más ansiado, la Crónica militar de la conquista y pacificación de la Araucanía, Pehuén editores, 2008. Texto clásico sobre el tema que contiene en sus documentadas 424 páginas uno de los pocos testimonios presenciales respecto de la quema de Villarrica por los mapuche, antes de entregarla  las tropas chilenas, fechado en sus afueras, el 1° de enero de 1883.

“Al salir de esta montaña, se entra ya a la antigua Villarrica...Un silencio lleno de misterio evoca los recuerdos de la Historia.

Lo que fue la ciudad parece no haber tenido más de 20 manzanas, que manifiesta no haber sido muy poblada, porque se advierten perfectamente los edificios cuyas murallas arruinadas conservan aún hasta 2 y más metros de altura.

... El largo transcurso de cerca de 3 siglos a que fue reducida a cenizas por los araucanos ha dado lugar par que todo el local que ocupó se haya cubierto de una gruesa y espesa montaña”.

“Efectivamente, ese fue el último día del gran problema araucano y la caída de su última guarida de esa raza heroica que hizo tantos esfuerzos por mantener su independencia”. Leandro Navarro, Tomo 2, Capítulo XVI, Páginas 222 y 230.

Un tema cuya solución evidentemente aún no se logra pero que podría ayudar a conseguirla el que muchos busquemos a nuestros propios veteranos - chilenos y mapuche - descubramos y conozcamos una historia que tenemos mucho más cerca de lo que creemos.

Lo que siempre ayuda.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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