Una valquiria vasca

Durante casi cuatrocientos años, estudios históricos, biografías, novelas e incluso el cine han sostenido la leyenda de una hija de solventes vecinos de San Sebastián. Es la persistencia del mito de la rebelde y novelesca Catalina Erauso(1585 -1650), ocasional escritora y beligerante trotamundos de tiempo completo, más conocida como la Monja Alférez, controvertido personaje del Siglo de Oro español.

Los criterios católicos prescribían educar a las niñas en "las labores propias de su sexo" para futuros matrimonios,"según Dios manda"; es decir, con o sin consentimiento, algo muy cercano a una violación legal esto último. Catalina fue internada en un convento junto a sus hermanas Isabel y María. Pronto, por su carácter volcánico la trasladan al estricto Monasterio de San Bartolomé donde, carente de vocación religiosa, rehúsa los votos y una noche emprende la fuga para fraguar su porvenir  trajeada de hombre.

Semejante a la piba del tango: “cuando no tenía / quince primaveras”.

Enfrentando normas ultras sobre género y sexualidad inicia una crónica de temerarias trashumancias para vivir conforme a su naturaleza. En  Vitoria, sin reconocerla, la recibe y alberga su tío el catedrático Cerralta; una estadía de sólo tres meses pues tras un intento de abuso hurta dinero del rijoso pariente y deambula hasta llegar a Valladolid. Allí, en la sede de la Corte consigue que la nombren paje de un secretario real; mal no estaba, pero toparse con su padre la obliga a un nuevo mutis.

Emulando a muchos vascos, responde al llamado de las Indias de Colón embarcándose de grumete en un galeón, travestida en Antonio de Erauso y auxiliada en el trueque de roles por su escasa femineidad; en alguna oportunidad revelaría que "se secó los pechos" con ungüentos secretos.

En Panamá, su amistad con un comerciante trujillano le permite trasladarse al Perú. En Saña, entreverados por una mejor ubicación en una representación teatral, corta la cara de un joven agresivo. Sólo gracias a las gestiones de su amigo abacero y del prelado local logra salir de la cárcel con la condición de desposar a una cierta Beatriz.

Ya libre, la negativa es rotunda.

Se instala con una tienda. No obstante, el muchacho acuchillado la desafía y en el lance muere un compinche de éste; nuevamente en chirona. Ahora, su aliado le da cartas para el cónsul mayor de Lima quien le encarga uno de sus negocios, pero la despiden sin contemplaciones cuando la sorprenden "andándole entre las piernas" a la cuñada del dueño.

Esquivando secuelas de sus malandanzas  llegaría a Chile, reclutada para las campañas de Arauco en cuyos confines exhibirá su más oscuro resplandor de conquistadora. En Santiago, es acogida por su hermano don Miguel de Erauso que tampoco la reconoce. Luego de disputar con él la envían al sur; en Purén, muerto el capitán de su destacamento, asume el mando y vence en la batalla pero por su crueldad con los mapuches no la confirman ni ascienden.

Frustrada, se descamina hacia el vandalismo y por circunstancias de la Fortuna que “troca las dichas en azares”, ajena a lo que hacía, matará a su propio hermano en un duelo nocturno. Huye a la Argentina, recayendo en sus arriesgadas andanzas amorosas al prometer casorio a dos muchachas en Tucumán; otra vez On the Road y sus laberínticas espesuras.

En Potosí, mercando trigo y ganado, su espíritu rosquero la implica en múltiples litigios y a consecuencia del lance con un marido celoso resiste meses arrimada al asilo sagrado en una iglesia. Notable es que, pese a no explicitar nunca su derrotero erótico, en “La historia de la Monja Alférez, escrita por ella misma” narra escarceos lésbicos, por tanto, o se disfrazaba para eludir a las diligentes autoridades eclesiásticas –lo homo era tabú-  o ese supuesto atractivo era un subterfugio para salvar su chapa de aventurero.

Intimidada por su inminente ejecución, pide clemencia al obispo: "La verdad es ésta: soy mujer; me entraron en un convento y allí me crié; tomé el hábito y tuve noviciado, estando para profesar, me salí; me corté el cabello, me embarqué, aporté, maté, herí y trajiné hasta venir a parar a los pies de Su Señoría". Seducido el mitrado, resuelve enviarla a España después que irrefutables matronas deslindaran su intacta femineidad.

El rey Felipe IV mantiene su grado, la apoda Monja alférez y le permite usar nombre varonil; además obtiene de él una satisfactoria pensión por servicios a la Corona y es admitida en la Orden de Santiago. La pinta el célebre Francisco Pacheco, y cuando visita Roma el  relato de sus peripecias se ha extendido por Europa. El papa Urbano VIII la autoriza a continuar vistiendo de hombre; así, la pedregosa Catalina revierte la imagen social de la mujer asentándose en ámbitos masculinos.

Ya próxima a su epílogo, traslada su abollada humanidad a la Nueva España, en donde morirá cerca de  Veracruz. Algunos afirman que sus restos permanecerían en la Iglesia de San Juan de Dios, en Orizaba. También se dice que está enterrada en Cotaxtla.

Los mexicanos no han sido muy de homenajear conquistadores, mas en Orizaba existe un busto en memoria de esta zagala excepcional cuyo currículum más parece un prontuario, agravado por el infamante uso de la fuerza contra los nativos cuando tuvo ocasión.Quizá la consideran por la caprichosa versión fílmica que hizo de ella María Félix.

En la coda. Estos versos del poeta Álvaro Ruiz Fernández no le vienen mal a la encubierta ávida de riñas que Thomas de Quincey transfigura en una romántica viajera víctima del destino.

Yo soy la virgen,

yo soy la virgen de los tajos,

la libre pensadora,

la inmisericorde,

la prisionera,

la revolucionaria, la señalada y absuelta,

la peor,

la peor de todas.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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