El fútbol está en los cielos

Junto con expresar nuestra solidaridad con la ciudad de Rancagua, el club O’Higgins y con los familiares de los hinchas fallecidos en el accidente de Tomé, queremos rescatar la bella aventura de ser hincha que esconde tan escalofriante hecho.

Millares de chilenos se reúnen en torno a la pasión del fútbol para realizar actividades que van dando sentido a su rutina diaria. No sólo como hinchas de un club de fútbol profesional. También en miles de clubes de fútbol aficionado en los barrios, poblaciones y campos chilenos.

Cada fin de semana, anónimas delegaciones de futbolistas se trasladan de una ciudad a otra en las más diversas condiciones de transporte, animados por la ilusión de la actividad planeada la cuál no sería posible sin el grupo, ni en otras circunstancias.

Partidos dentro de la comuna o interprovinciales. En medio de complicados y desconocidos caminos rurales. O por autopistas con demasiados autos y sorprendentes velocidades. Generalmente movilizados en vehículos que a duras penas sirven para una secundaria rutina de trabajo pero que para esa ocasión se visten de pullman porque sin ese “desvencijado” nada sería posible.

En este país, en que construimos barrios y viviendas para que nadie nos vea, tampoco vemos a nadie.

En este país, en que ni en áreas básicas y visibles o en las barbas del Estado, no se cumple con contratos ni leyes, es casi un imposible pedir a muchos cumplir con importantes normas que se miran por insignificantes a la luz de la vorágine de la aventura y el contexto de los aventureros.

Hay que descorrer el velo de aquellos estadios que no acostumbramos a ver en los reportes televisivos para mirar a los nuestros, arribados desde remotos sitios, para preguntarnos cómo llegan hasta allí. ¡Cómo pueden!

Y la mayoría de los chilenos sólo pueden hacerlo en un bus de 25 pero subiendo 37, porque la niña no ocupa cupo, puede ir al medio y no se preocupe amigo que la llevo bien tomada…. Entrando 20 y pagando 15 porque el cabro chico no va a ver el partido jefe… Comprando para 10 y comiendo 20, total ahí nos arreglamos y algo inventaremos.

Es el país del PIB europeo que habitamos. Sólo el PIB.

Y esos son los hinchas. Los que tienen rostros de niños que juegan a ser héroes siguiendo al capo de provincias. O al curi, al furia, al albo, al león y a muchos más.

Y son más, muchos más. Y son anónimos, mucho más anónimos.

Más que los que no siguen ni recorren, solo agreden. Muchos más que los que dan ultimátum o ponen condiciones para asistir.Pero el número solo importa para votar. En todo lo demás no importa. Si los 4 de allí son delincuentes, los 4 mil de acá, también lo son.

Ha ocurrido una tragedia no porque el fútbol es trágico ni maldito. Ha ocurrido porque miles de jóvenes chilenos sólo tienen lugar para sus sueños en la barra de su equipo.Acompañarlo, (¿o alejarse por un rato de lo propio?), les endulza la vida.

Un sueño caro. Caro porque se sueña la vida, no sólo al equipo y porque casi siempre, lejos del equipo la vida no te deja soñarla. Caro, porque conoces muy tarde el precio del pasaje.

Cuando miras las caras de los rancagüinos caídos, tienes que ver a los muchos que siguen vivos a pesar de correr la misma aventura, la misma, por los mismos caminos, en los mismos buses, por siempre. Son los que el fin de semana lloraron por ellos en las tribunas de su equipo a lo largo de todo Chile.

Cuándo mires las caras de esos niños, verás la de miles que esperan con el deseo que por fin los veas.

Allí, agazapados en una tribuna, escondidos en una bandera, curvados por el peso de un bombo, saltando por un gol, rumiando por una derrota. Diciéndose a sí mismo que si pudo “el Huachiturro”, “el Pitbull” o “el Celia”, también puedo yo.

Son los niños del fútbol. No son los violentistas del tablón. Son los jóvenes que no queremos ver y que sin ellos no podríamos ser.

Son bienvenidos en el cielo, al que tanto miraron junto a su crack cada vez que hacían un gol para sus colores.

Muchachos de Rancagua descansen en paz. Ustedes son la mejor prueba que la pasión por el fútbol es una pasión de paz.¡No están solos, se fueron antes!

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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