Sobre la utilidad de lo inútil

Un profesor de literatura, de origen italiano, pone de relieve una opinión de otro colega (de origen francés) que llama la atención sobre lo siguiente: una de las tareas del filosofar tendría que ser -para este último -, el revelar a los hombres que hay más de un sentido posible en el  uso de la palabra “utilidad”. 

Lo digo a propósito del debate abierto nuevamente en torno a la presencia de la filosofía en la Enseñanza Media. No conozco, como muchos,  de seguro, los motivos que aduce el Consejo Nacional de Educación para tomar una medida de este tipo.  Pero sirve para poner sobre la mesa y reflexionar, otra vez, en torno a la incidencia del filosofar en el currículum estudiantil, y quizá más en general, en la propia sociedad.

Lo que tenemos que decir de entrada es que nuestras sociedades y sus poderes, están moldeadas, cada vez más, por una estrategia de globalización modernizante, de signo capitalista y con una ideología de justificación neoliberalista.

Los rasgos del ethos de esta modernización gobiernan en buena medida las vidas y decisiones nuestras: eficientismo, funcionalidad,  racionalización,  competitividad, entre otros.

Su antropología a la base: el individualismo posesivo  (homo homini lupus). El valor central que  quizá puede sintetizar  estos valores, sería el cálculo de utilidad individual, de grupo o institucional. Las acciones y/o decisiones nuestras serán evaluables como mejores o peores, si maximizan nuestro interés ( o el del grupo, clase, institución) y minimizan nuestras pérdidas (de poder, ganancias, prestigio, etc).

En un ethos neoliberal lo peor es ser un perdedor, no ascender en los cargos; no tener más prestigio que el otro; no ganar más dinero que el otro, no estar mejor rankeado que el otro, no acceder a mejor puntaje y mucho más. Lo que hoy se llama nuevas exclusiones, pero recibe también el calificativo de “vidas desechables”, porque “el sistema” manda. 

En esta cultura  hay que apostar  a ser, en todo, ganadores. Y ganadores usando todos los medios posibles, dentro, al límite o fuera de la ley o la norma. Eso no es lo más importante.

La meta es ganar. Ser un ganador. Lo útil  como cálculo costo-beneficio, se identifica con los logros, normalmente, en dinero, éxito o poder.

Lo in-útil con todo aquello que no nos ayuda  maximizar el rendimiento de algo, aquí y ahora. 

Propio de este cálculo de utilidad es su in-mediatismo. Nada puede esperar. No importan los caminos, las trayectorias, los viajes de búsqueda, los sufrimientos  o los desvíos.  Importa maximizar, de nuevo aquí y ahora, los mecanismos de funcionamiento para obtener resultados, subir en las mediciones o ser mejor evaluado,  en lo económico, en lo político, o en lo cultural).  

La lógica de la obtención de beneficio pasa a ser la lógica predominante, no sólo en aquellas instituciones que se supone tienen que serlo en el capitalismo, léase negocios, banca, empresas; también tiende  a gobernar y  colonizar la política y la cultura.     

Así pues, universidades,  escuelas,  laboratorios,  museos,  bibliotecas, proyectos y temas de  investigación, elecciones políticas, y por cierto, las disciplinas de las humanidades o las ciencias sociales, tienen que guiarse por los criterios empresario-mercantiles de lo útil, rentable, eficiente, a la moda y que da puntos.  

Será más útil aquel tipo de saberes que contribuyan a maximizar las ganancias in-mediatas o, como también se dice, a producir beneficios concretos, es decir, tangibles y medibles, sea en el ámbito material o simbólico, por ejemplo, favoreciendo el  “crecimiento  económico”.

Y si se decreta una crisis, entonces habrá menos presupuesto para esos saberes y disciplinas. Pero, si sólo estamos poniendo atención a los aspectos crematístico/comerciales, entonces, se nos advierte, “puede hacerse de noche en el mundo moral”. 

Como bien lo expresaba ya en 1848 el gran escritor francés, Víctor Hugo, si estamos a favor del pan para el trabajador, debemos querer “además del pan de vida, el pan del pensamiento, que es también el pan de la vida. Quiero, decía, multiplicar el pan del espíritu como el pan del cuerpo”.

Sin embargo, no todo aquello que aparece como útil desde esta lógica es necesario e indispensable. Es posible encontrar otro sentido al término utilidad, que no responda a la obtención del beneficio o ganancia inmediato, sino que tenga como patrón evaluativo por ejemplo, la continuidad de la vida sobre la tierra, o la mantención de los equilibrios para que la relación entre el humano y la naturaleza siga siendo posible, una ética de la vida y del bien común.

Pero si colocamos una ética de la vida y del bien común por sobre la importancia del cálculo de utilidad , qué sucede, ¿cómo nos va?

Veamos dos casos concretos. Desde el uso habitual actual de la noción de utilidad, sería útil poder talar la selva del Amazonas, o lo que resta de bosque nativo, aunque sepamos que conforman grandes pulmones para el planeta. 

También aparece como rentable a corto plazo el cultivo de  agrocombustibles, destinados a alimentar motores de automóviles, aunque ello perjudique de manera importante, las posibilidades de atender necesidades alimentarias de la población  mundial actual. 

Si entendemos el filosofar no como un lujo destinados a unos pocos iniciados, o como un pensar encerrado en si mismo, en su propia torre de marfil,  sino como una actividad propia de los humanes que se orienta a pensar crítica y reflexivamente la realidad histórica, en la que se encuentra inserto él mismo pensador, entonces su presencia y ejercicio nos puede ayudar a discernir  otros sentidos para una serie de palabras que terminan actualmente enclaustrando las decisiones/acciones en una única dirección posible.  

El filosofar, siempre al alcance de todos, en tanto todos los humanos tienen “capacidad instalada” para ello, nos puede ayudar  desde el ejercicio de un pensar histórico-crítico, a auscultar, comprender y quizá, transformar, todas aquellas realidades que atentan contra la dignidad de hombres y mujeres en el día de hoy.

Obviamente, no solo el filosofar, también la poesía, el arte, la literatura o la música resultan fundamentales. Entre otras cosas, porque todos ellos pueden desafiar las leyes del mercado.

Ahora,  volviendo al principio, ¿cuáles han sido los criterios  que el Consejo Superior de Educación  (CNE) ha tenido en cuenta, para posponer la ubicación de la asignatura de filosofía en el currículum de la Enseñanza Media? No lo sabemos. 

Pero si podemos, mientras tanto, compartir  estas sabias palabras que nos dan para meditar y dejan tarea. 

“Entre tantas incertidumbres (…) una cosa es cierta, si dejamos morir lo gratuito, si renunciamos a la fuerza generadora de lo inútil, si escuchamos únicamente el mortífero canto de sirenas que nos impele a perseguir el beneficio, sólo seremos capaces de producir una colectividad enferma y sin memoria que, extraviada, acabará por perder el sentido de sí misma y de la vida. 

Y, en ese momento, cuando la desertificación del espíritu nos haya agostado, será en verdad difícil  imaginar que el ignorante homo sapiens pueda desempeñar todavía un papel en la tarea de hacer más humana la humanidad…”.

Y usted, ¿qué piensa?

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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