El dolor de Siria nos avergüenza a todos

Un drama que no acaba y que se gestó básicamente por equivocaciones gravísimas de los actores relevantes del sistema internacional, principalmente por parte de los que tienen capacidad de veto en la composición del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, lo que sumado a errores de cálculos desde la diplomacia occidental, regional y del régimen de Al Assad, han significado una tragedia humana de proporciones, y cuyas consecuencias están socavando los cimientos mismos de la humanidad.

Damasco quedó a merced de las disputas entre Estados Unidos y Rusia, quienes se enfrentan políticamente y por medio del instrumento militar en Siria, utilizando dicho territorio como un teatro de operaciones que ha desatado todas las “contradicciones” regionales. Ante ello, la inutilidad del sistema de resolución de conflictos de Naciones Unidas que se viene evidenciando desde inicio del siglo XXI se ha cristalizado.

Al respecto, no se comprende la realidad de Siria empleando un acercamiento desde la perspectiva de los que transgreden las normas y quienes las acatan, menos desde la lógica teórica de resolución de conflictos, sino que hemos sido testigos desde los inicios de la presente centuria de los efectos “colaterales” sobre la población civil tras las acciones militares de las potencias centrales, especialmente Estados Unidos y Rusia.

Han sido millones los muertos a raíz de las acciones bélicas, como ejemplos Afganistán el 2001, la guerra ilegal en contra de Irak (2004), o las pugnas de poder que llevaron a Libia (2011) a quedar sin gobierno tras la caída de Gaddafí, dando espacio a los Señores de la Guerra, y un tremendo etcétera.

Los actos de agresión con resultados de muerte masiva de población civil ayudan a explicar cómo se ha ido conformando el Arco de la Inseguridad como lo denomina en general los países miembros de la OTAN.

¿Por qué el surgimiento de la guerra y desestabilización  en esta zona que comprende el Norte de África, el Cuerno de África y hasta Medio Oriente?

La respuesta  principal es que en dichas áreas hay un reordenamiento al orden mundial heredado tras el reparto de poder de la Primera y Segunda Guerra Mundial, ya sea por razones geoestratégicas, étnicas y/o religiosas. Esta tendencia se ha acelerado en la misma medida que se desacredita el sistema de Naciones Unidas y las potencias centrales no cuentan con las capacidades de controlar un nuevo statu quo, puesto que están en pleno proceso de reajuste de poder a escala mundial.

Por ello, para entender lo que acontece en Siria debemos verlo en perspectiva tras las causas que permitió o facilitó la creación del denominado Estado Islámico (EI), el cual surgió principalmente en territorios de Irak y Siria, producto del vacío de poder dejado por las luchas internas de estos países, lo cual se produjo principalmente gracias a las políticas de las potencias centrales del sistema internacional.

Ciertamente, EI consiguió excepcionalmente unir a sunitas y chiítas en contra de ellos, lo mismo a rusos y estadounidenses. No obstante, hoy dejó instalada una gran cantidad de soldados y capacidades militares que se disponen a proseguir con la pugna por el control de Siria, ya que representa geográficamente una posición irrenunciable para Rusia, mientas que para los Estados Unidas representa el mantener la confianza de las monarquías sunitas, desde donde consigue los hidrocarburos que requiere sus sistema de producción.

En dicho contexto, el deterioro de los principios sobre los cuales las potencias centrales se comprometieron a no reeditar los hechos de violencia exhibidos durante la Segunda Guerra Mundial, hoy se erosionan vertiginosamente. Un botón de muestra es como la pieza fundante para la estabilidad mundial que la Carta de las Naciones Unidas contempla, está en el artículo 24 que hoy parece olvidado.

Señala que “los miembros de la organización, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquiera otra forma incompatible con los propósitos de las Naciones Unidas”.

Al respecto, cabe simplemente recordar los twitts que el Presidente Trump envía periódicamente para amenazar con el uso de la fuerza a Corea del Norte, y ahora recientemente a Siria.

Tras lo señalado, lejos ha quedado la Siria que encabezó la lucha nacionalista árabe, la cual en un mundo con mayor equilibrio de poder entre las potencias le permitían, con mano de hierro y sin contemplaciones de ningún tipo, insertarse en la política regional de Medio Oriente como un actor relevante, que por un lado se enfrentaba a Israel por su intromisión en Oriente Medio desde 1948, mientras que por otro lado disputaba espacios de influencia a Turquía, lo que le valió convertirse en un aliado estratégico para Irán.

Dicha política de alianzas amenazó la estabilidad regional e impulsó una escalada en el conflicto entre los actores regionales del Medio Oriente, situación que de alguna manera explica el porqué del sufrimiento que hoy arriesga la existencia de Siria como Estado Nación.

En efecto, Siria actualmente está sumida en la miseria, con una economía desbastada, industria destruida y un turismo cerrado. La tragedia no requiere más explicación que señalar los más de trescientos mil muertos en los últimos siete años, y una población de un 40% desplazada al interior de la barbarie de una guerra en curso.

Es ese contexto que Estados Unidos ha señalado estar planificando un nuevo ataque a Siria en respuesta al uso de arma química sobre territorio aún controlado por las fuerzas opositoras al régimen y que habrían tenido consecuencias sobre la población civil. Por su parte Rusia y Siria desmienten el empleo de esas armas.

Así, nuevamente el sistema del Consejo de Seguridad no da respuesta, y Estados Unidos ha actuado en conjunto con sus aliados como Israel, Reino Unido, Francia y algunos más, de todas maneras, esta vez (al igual que sobre Irak) sin pruebas.

El fin del orden pos Segunda Guerra Mundial es evidente, no hay respeto sobre los principios rectores de la Carta de Naciones Unidas y todo parece apuntar a un retorno de la anarquía.

En este contexto la noche en Siria será aún más larga, el dolor de su gente es una tragedia que debiera avergonzarnos a todos,  pero parece que incluso aquello no nos conmueve como partes de la comunidad internacional, estamos demasiado cómodos viendo el show mediático de una guerra, adormecidos, preguntándonos por las armas químicas o el impresionante liderazgo de Putin, ¿y la tragedia de los sirios nos duele?... A mí sí, ¡levantemos la voz por ellos que no pueden!

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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