El muro de la tortilla

A esta fecha está claro que la mayoría de los estadounidenses, han caído nuevamente en su propia trampa, afirmando su posición en las urnas y votando, aunque por escaso margen de diferencia, para elegir al nuevo presidente de dicho país, el señor Trump.

Bienvenido sea, pensaría la derecha chilena, suponiendo que este asunto les traería nuevos beneficios en sus posturas tradicionales de usufructo del poder, que  detentaban desde la Colonia, heredando los beneficios y bienes de las oligarquías y realeza gobernante de la época.

Y qué equivocados estaban, al encontrarse con un monstruo de mil cabezas que solo se preocupa de su propio cuerpo y ombligo, sin dejar a los siervos, si es que los deja, con sus pedazos de tierra empobrecidas por el mal uso dado a través de los siglos, bajo las condiciones de injusticia que debieron vivir durante mucho tiempo.

Y dado que la historia se repite esta situación casi se parecía a la vivida por los Césares, su imperio y sus pueblos bárbaros, que en este caso no solo estaban fuera de sus murallas y límites geográficos, sino que se ubicaron también en el corazón mismo del Imperio. 

Al no existir los medios de  comunicación que existen hoy, no los pudimos conocer con una mirada más detenida. Sólo nos llegan las noticias de la farándula que debían inventar para entretener, dado que los leones ya no existían listos y presurosos para comerse a los llamados bárbaros. Pero ahora todo eso al parecer cambió al asumir un nuevo Cesar, que cantaba (según dicen), mientras quemaba las ciudades fuera del Imperio. Además quiere un muro grande, alto y largo, que los aísle de todos aquellos bárbaros que están más allá de sus fronteras, sin darse cuenta que mientras ellos quemaban a sus propias brujas, los bárbaros ya habían construido sus pirámides y tenían una civilización de herencia rica y profunda sobre la cual construían su identidad cultural e histórica.

Por eso cuando comienza la construcción del muro los bárbaros del sur tocaban sus flautas y tambores, bailando y riendo, celebrando dicha construcción, convencidos de que el muro se derretiría pues estaba hecho de “tortillas” (alimento básico que ellos comían en abundancia), no dejando de pensar que al otro lado vivían 30 millones de bailarines, hermanos todos, que acompañados de la Virgen de Guadalupe, habían ocupado sus antiguos territorios sin disparar un solo tiro, solo protegidos por la fe que según algunos mueve montañas.     

Po eso da risa ver al Cesar, que cree en su propia prepotencia y mira su ombligo, amenazante en su ira de campaña. ¿Podrá realizar una cosa tan fácil como construir un muro de tortilla, sin haberlas comido nunca? En estos tiempos que comentamos, surgió una nueva esperanza, cuando las Falanges Romanas salieron despavoridas corriendo hacia mejores lugares donde seguir pensando si enfrentarse o no a un nuevo contingente de hombres y mujeres, nuevas generaciones, llamado las América del Sur que pensaban con esperanza en un nuevo mundo donde el César y sus lacayos, los Cesarianos locales, dejarían de abusar con su prepotencia permanente.

La tortilla, sin duda es blanda pero sabrosa, caliente y llena de riqueza, que alimenta a los pueblos que se liberan de los muros de alambres de púas, concreto y electricidad.

Mientras se come la tortilla o el pan, hay que observar a los bárbaros del norte que se desgastarán sin el apoyo de la Guadalupe. 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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