Única alternativa

La comunidad internacional esperaba que el Plebiscito en Colombia fuera un apoyo resuelto al proceso de paz, iniciado formalmente hace 4 años en ese país, que ha comprometido al gobierno encabezado por el Presidente Juan Manuel Santos, y a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, cuyo jefe Rodrigo Londoño, (Timoshenko), fue activo participante en las negociaciones de paz. No fue así al ser rechazado por estrecha mayoría el Acuerdo plebiscitado, en medio de una también sorprendente abstención, cercana a los dos tercios del padrón de votantes.

Si se observan las reacciones ante el resultado, pareciera que ni los partidarios del NO esperaban el rechazo al Acuerdo de Paz, al punto que sin excepción los agudos contradictores de pocos días antes, se reconvirtieron en interlocutores que enfatizaban su compromiso con la paz y su afán de evitar el retorno de la guerra, que se ha extendido por más de 50 años, con cruentos y dramáticos efectos para Colombia.

En ello ha influido decisivamente la actitud del Presidente Santos, quien lejos de abandonar el esfuerzo, fue capaz de retomar prontamente la iniciativa para, en primer lugar, mantener el Alto el Fuego y luego realizar una serie de conversaciones con todo el espectro nacional para reencauzar el proceso de paz en la nueva situación.

Esa tenaz voluntad ha sido apoyada por la comunidad internacional, incluyendo el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz al Presidente Santos, con ello el impacto del NO en su versión guerrista se debilitó y su conflictividad se atenuó, incluso se avanzó en una reinterpretación de su contenido, dirigiéndose el sentido del Plebiscito hacia una rectificación del Acuerdo suscrito entre el Gobierno de Colombia y las FARC, de forma que continúe el proceso de paz.

La paz es el camino de Colombia, es inimaginable el costo que tendría para ese país que se impusiera, como vía de término de esa larguísima confrontación, la opción de una solución militar. Por mucho que algunos piensen que el desarrollo de la tecnología militar, al exigir enormes inversiones, favorece a las fuerzas regulares y debilita las guerrillas, es más sensato y seguro no jugar con fuego.

La paz es la única alternativa. Su vigencia es de un valor sin igual, verdaderamente no tiene precio, cuando se imponen las hogueras de la confrontación bélica las lágrimas no son solución ninguna, finalmente, las naciones y sus pueblos son los que pagan la cuenta. Esta verdad nunca hay que olvidarla, de modo especial, quienes abracen una doctrina humanista, porque siempre existen los que quieren apagar los incendios con bencina.

Desde fines de los noventa, una vez concluida la guerra fría, esa tensión mundial basada en la posesión de un poderoso arsenal nuclear entre la ex Unión Soviética y los Estados Unidos, que por algo se denominó "equilibrio del miedo", se han desatado guerras regionales, en África, en los Balcanes y vastas extensiones del Oriente Medio que han estremecido por sus consecuencias a toda la humanidad.

En particular, las calamidades de una guerra de carácter convencional, en todo caso diferente de todas las anteriores conocidas en los países occidentales, ese choque cruento y de un salvajismo estremecedor como ocurre en las luchas a muerte, se ha instalado ya por más de dos décadas en el Oriente Medio, una zona globalmente decisiva en lo económico por su ubicación y sus riquezas petrolíferas, así como por su  contacto de culturas, religiones y razas que se confrontan sin cesar.

En esa región se radicó el descontrol y el caos que arrasan con la vida y la dignidad humana, suficientes para atestiguar que cuando se impone la violencia bélica, los estadistas pierden la conducción de los procesos políticos, y los reemplazan grupos armados con increíbles perversiones dogmáticas, de intolerancia y fanatismo religioso, racismo y xenofobia. Como el autodenominado "Estado Islámico", desde los que brotan feroces expresiones de crueldad y terrorismo, de las peores que la civilización humana haya sido capaz de inventar en su historia.

Cuando llega la hora que mandan los cañones y los bombardeos, en que ciudades y poblados son destruidos como si fueran simples piezas de montaje fílmico, en que no hay otra que sobrevivir o morir, la conducta humana se distorsiona y puede llegar a ser aberrante, la comunidad social desaparece y la libertad colapsa.

En medio de la desolación los Estados nacionales no resisten y millones de personas se convierten en refugiados desesperados que buscan techo y comida, humillados y sin esperanzas. Por ello, no hay que dar ocasión de prevalecer a los nuevos "señores de la guerra" en el mundo globalizado.

Si se trata de un conflicto armado a gran escala, como el que se instaló en Colombia, los efectos de la militarización de la sociedad, los costos sobre la población civil y el cambio del valor de la vida originados por un conflicto de tal magnitud, provocan consecuencias verdaderamente imprevisibles.

Ese siniestro y terrorífico azar es el que se debe evitar, reponiendo y viabilizando el proceso de paz que tantas esperanzas generó en América Latina y el mundo. Esa es la responsabilidad de los líderes de Colombia y de la comunidad internacional que debe apoyarlos.

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