La maldad

Ishi sobrevivió a solas durante veinte años, tras el exterminio de su tribu, los Yahi, por la acción presuntamente civilizadora de las vanguardias de occidente en el norte de California. Refugiados los sobrevivientes se ocultaron en las quebradas del monte Lassen hasta donde llegó, veinte años después, una empresa constructora de presas. 

A esta nueva intrusión modernizadora sobrevivió solo Ishi, quien es detenido en 1911, merodeando en las cercanías de la ciudad de Oroville (nombre más que apropiado para designar uno de los enclaves de la ya definitiva ocupación del territorio indígena).

Fue entonces llevado al Museo de San Francisco para ser exhibido a un público ansioso por lo exótico. A la hora de su muerte fue objeto de una autopsia. Lo único que había pedido en su condición última era lo que el espíritu de su pueblo mandaba: que su cuerpo llegara íntegro al mundo de los antepasados.

Así lo había hecho ver Alfred Kroeber, el antropólogo que acompañó a Ishi en aquella pesadilla que duró hasta 1916, cuando muere de tuberculosis. 

La autopsia fue una más de las acciones malignas que inspiran a quienes asumen como universales las curiosas definiciones de mundo que les inspiran.

La exhibición de Ishi ocurría en la misma época en que, a fuerza de engaño, alcohol, y notarios, y, a vista y paciencia de jueces y legisladores, el pueblo mapuche era expoliado de sus territorios y de sus derechos.

En nada difiere la situación del machi Celestino en relación a la experiencia de vida de Ishi. Una Corte chilena, wingka en realidad, prohíbe que el machi cumpla con el mandato que le es compulsorio desde el punto de vista de su pueblo. 

No entender la necesidad que tiene de renovar su rewe podría ser visto como expresión de la simple ignorancia de un tribunal (in)competente para dictaminar sobre temas interculturales.

Ignorar el papel y significado del machi y de sus procesos de iniciación es pasar por alto toda la historia documentada de la conquista hasta nuestros días, es dejar de lado los escritos desde Diego de Rosales, Francisco Núñez de Pineda y Bascuñán, hasta nuestros días. Es ignorancia pura y dura. 

El tribunal debe haber tenido a la vista los antecedentes que documentan los requerimientos de iniciación de un machi y de la impronta espiritual que obliga a quien ha sido llamado a cumplir con su tarea. El incumplimiento de la misma lleva a la enfermedad y a la muerte.

Dar vuelta las espaldas a semejante documentación, traicionar el conocimiento adquirido a través de la ciencia, no es ignorancia, (ignorancia imperdonable, creo yo), entre quienes ejercen la tarea pública. Es también incorporar las enseñanzas de la cárcel de Guantánamo a nuestro sistema judicial y penitenciario.

No.

Lo siento, no es ignorancia.

Es maldad pura.   

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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