La colusión de las quejas

Probablemente no hay mayor desgracia para un político dominguero, aparte de no ser reelegido o no poder ocupar una plaza en el directorio de la empresa que, anteriormente, debió haber fiscalizado, que la efervescencia de una cada vez más descontenta opinión pública le arruine sus vacaciones. Azuzado por una especie de destino manifiesto al que ha sido persuadido encarar, no aguanta más y, pese al prudente silencio al que lo conminan sus muy bien pagados asesores, tiene la ocurrencia de responder a esa masa ingrata a la que, está seguro, tiene el deber de educar.

No, esta vez nuestro peculiar verano ni con sus festivales, marejadas, fragatas ni reinas ha logrado acallar el malestar general, la seguidilla de escándalos protagonizados por numerosos próceres de nuestra querida “transición” simplemente no resiste tapaboca alguno. Y ahí está nuestra malherida élite (sí, lo están) quejándose de las quejas de este pueblo mal agradecido. 

Lo interesante es que la unanimidad discursiva de sus personeros más bien podría entenderse como una especie de colusión de las quejas. Una tras otras, en sus influyentes (¿?) tribunas de siempre, van profiriendo un lloriqueo que, para nuestro deleite, insisten en llamar una reflexión seria, pero que resultan ser sólo un revoltijo de lugares sospechosamente comunes. Examinemos su supuesta eficacia y el tinglado que parece ocultar.

Habituados por años a una especie de período de gracia en el que los medios de comunicación se prestaron jubilosamente a actuar como meros relacionadores públicos (con escasas y poco escuchadas excepciones), se entregaron a un gozoso y exclusivo reparto de cuotas de poder, de tal manera que ninguno de ellos perdiera y todos se sintieran ganadores. Diseñaron una institucionalidad en permanente transición hacia algo muy borroso que apenas se distinguía en el horizonte. Acordaron, pero se esforzaron por no acordarse y se aseguraron que ojalá todos olvidaran.

Al igual que sus queridos financistas descubrieron que no era necesario competir, ofreciendo una auténtica alternativa de gobierno al triunfo ominoso del capital especulativo.¿No hemos sido llamados la Corea del Norte del neoliberalismo? Eran lo mismo y tenían el mismo grado de participación en lo que se ha tendido a llamar el mercado de las ideas, con los mismos matices que las etiquetas de Coca-Cola y Pepsi. Si alguien advertía que algo no andaba bien, exhibían, alternativamente los fantasmas de Allende y Pinochet para acallar. Bien hecho. La cosa les funcionó de maravillas por más de veinticinco años. Nadie quería revivir el horror.

Sin embargo, parece que la brújula se les extravió en el convulso mar de este nuevo milenio. La lógica de la guerra fría resultó ser bastante ineficaz como placebo para controlar el tren de olas que significó la multiplicación y consolidación de las redes sociales en un mundo pos todo.

Los sin voz adquirieron de un modo más que sencillo su propia voz y no necesitaban ya la cómoda y almidonada representación de la élite. Y comenzaron a opinar… y demasiado, para su gusto. 

Y esas redes sociales, aparte del obvio pataleo tras años de (auto)represión, trajeron el cuestionamiento y, para mayor escándalo, alternativas reales para articular nuevas organizaciones, lejos de la pandilla de amigotes a los que todavía por pudor se les llama partido. 

La caída de Hidro-Aysén y el Movimiento Estudiantil son el ejemplo más obvio de este proceso. Aunque, últimamente, un nuevo ingrediente viene a tostar más a una clase política que hace de Casapiedra su templo del “servicio público”, como les gusta decir, tengan el ropaje ideológico que tengan. Esas redes, merced a la posibilidad de almacenar y extraer de modo facilísimo la información, favorecen la readquisición de su principal amenaza, la memoria.

De este modo sus delitos tributarios, sus maniobras más que dudosas en la consecución de todo tipo de prebendas y privilegios para sus financistas han quedado más que expuestos... y ya nadie está dispuesto a olvidarlos. Esos cuerpos tácticos anti-minas personales, sus abogados, trabajan para recubrir estos actos condenables de toda suerte de majamamas y galimatías retóricas que buscan revestirlos de no se sabe qué aura de inocencia e incluso martirio. 

Pero la verdad suele ser simple a la hora de presentarse ante todos. Penta, SQM y un largo etcétera sencillamente deslegitimaron no sus carreras o reputaciones, (lo único que les importa), sino la más mínima posibilidad de veracidad y ética de sus discursos. Se han servido de lo público y privado sólo para sus ambiciosos egos.

Sus supuestas cruzadas en pro de la igualdad, la superación de la pobreza y los derechos sociales no son más que un puñado de fuegos artificiales cada vez menos espectaculares y cada vez más sosos.

Basta ver las penosas metáforas futboleras a las que algunos incurren para justificarse.Basta ver lo vacuo de sus artículos e imprecaciones, que siempre terminan por ser traducidos ¿y explicados? por epígonos que no hacen sino agravar la falta. Jugaron con todo el fuego que tuvieron a su disposición y decidieron que éramos nosotros, los electores, los que debíamos quemarnos. Los delitos son punibles para otros, no para ellos, los elegidos. Me gustaría saber por quién.

Algunos, pese a todo, juegan a francotiradores desvergonzados que simplemente disparan contra la indignada multitud inerme y defienden lo indefendible de esta chingana VIP con penosos argumentos, como Axel Kaiser, especie de esperanza blanca de la derecha, quien siempre termina recibiendo de vuelta, a lo Rocky, todos los cornetes que le mandan al rostro, tras cada lamentable exabrupto desde su mullida trinchera mercurial.

No falta quien esperaría un viril mea culpa, de los de verdad, no a regañadientes como el hoy por hoy vapuleado partido más grande de Chile. Una robusta y contundente señal de alto para evitar que esta no danza sino más bien orgía de palos verdes vuelva a repetirse y que la institucionalidad sí garantice lo que supuestamente debe garantizar,la igualdad ante la ley.

Pero no, los Novoa, los Longueira, los Ominami y los Insulza comparten el mismo discurso, confraternizan en el miedo y forjan una alianza cuyos alcances ignoramos; ellos, quienes dicen morar en bandos opuestos, pero que ahora afirman sentirse ultrajados por igual, víctimas de una imaginaria muchedumbre sucia y desdentada que, según afirman literalmente, sólo quiere ver sangre.

Pero está claro quién es el verdaderamente insultado y burlado, el que ha sangrado en serio. Su enemigo común, la cara diabólica que aparece en sus pesadillas no es otro que tú y yo, querida o querido lector.

No están dispuestos a que la ciudadanía les recuerde cómo deben actuar, cómo deben comportarse. Valga pues el recuerdo de la célebre Jantelagen en palabras del escritor noruego Aksel Sandemorse y que, sospecho, es la última verdad de todo esto: “No te imagines que eres alguien, que alguien se preocupa por ti, no te imagines que nos puedes dar órdenes”. ¿En qué sentido la entienden nuestros novelescos directores?

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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