Candidatos díscolos y la banalización de la política

En años recientes veníamos acostumbrándonos a representantes díscolos (as).  Se trataba de actores políticos que, una vez electos, mostraban ciertos niveles de indisciplina respecto de sus coaliciones y partidos. Varios de ellos rompieron definitivamente con sus tiendas políticas originales creando nuevas agrupaciones (es el caso del senador Navarro, por ejemplo), o bien siguen actuando como independientes con fuerte vínculo con sus territorios (el caso del Rojo Edwards, por ejemplo).

La clave para la sobrevivencia de ellos en política es su capacidad de actuar autónomamente de sus partidos. Mientras mayor es el arraigo social en sus territorios, mayor es la posibilidad de actuar en contra de las decisiones del partido, de la coalición o incluso respecto del gobierno de turno.  Se trata de díscolos anclados en sus territorios.

Pero en el actual ciclo electoral advertimos con sorpresa que este fenómeno de los díscolos se produce antes de competir. Veamos tres ejemplos.

El candidato Luis Larraín había manifestado hace algún tiempo su desilusión por el gobierno de Sebastián Piñera agregando que no volvería a votar por él. Sin embargo, apareció inscrito en la lista de Chile Vamos como independiente dentro del subpacto de Evópoli.

La justificación de Larraín fue que el naciente partido Ciudadanos le había ofrecido un cupo, pero como no había logrado constituirse en la Región Metropolitana, para él le resultada muy difícil competir en otra región. Como quería mantenerse dentro de la región, aceptó el ofrecimiento de Evópoli que “tuvo la generosidad de ofrecernos un cupo sin condiciones, que me permite ir como independiente (…). Ir como independiente sin lista es totalmente inviable compitiendo contra listas de 9 personas” (Declaraciones del candidato en su cuenta Facebook).

Aucán Huilcamán presentó su candidatura como independiente dentro del subpacto Humanista. Inmediatamente aclaró que descartaba una alianza con el Frente Amplio, pese a participar dentro de su lista. Anticipaba que se trataba de un paso táctico de tipo personal.

Ya es conocido el caso de Alberto Mayol quien aspiraba a competir como independiente dentro del pacto de Revolución Democrática. El acuerdo final del Frente Amplio fue la inclusión de Mayol como candidato único independiente en el cupo del partido Igualdad. Esto reduciría las opciones de triunfo de Mayol dado que el sistema favorece a quienes participan dentro de listas más competitivas. Señalaba Mayol que “tengo plena conciencia de que en las condiciones que tengo puedo tener una excelente votación y no ser elegible y que no voy en igualdad de condiciones” (El Mercurio 22 de agosto). 

El elemento común en las tres candidaturas es el cálculo electoral individual. Como la suma de los votos por lista es vital para definir los ganadores, resulta muy difícil para un independiente acumular una votación suficiente que supere a la suma total de los candidatos que se presentan en la lista. Si eres independiente, resulta muchísimo mejor arrimarse a una buena sombra (a una lista), y esperar acumular dentro de esa lista la mayor cantidad de votos posibles para resultar electo. Mientras Mayol no logró sumarse a la abundante sombra de Jackson, Larraín y Huilcamán lograron acuerdos tácticos para competir como independientes dentro de un pacto.

Lo anterior se potencia por la personalización del juego político. En los tres casos, la argumentación es esencialmente instrumental: participar dentro de un subpacto o una lista no implica subordinarse a los principios sustentados por una determinada opción política. Como las listas son abiertas y se vota nominalmente, entonces las diferentes candidaturas se plantean desde una serie de atributos ideológicos o carismáticos que son personales, individuales, no transferibles al subpacto o pacto por el que compiten.

¿Es saludable para la democracia sostener esta lógica puramente instrumental de los acuerdos políticos? ¿Da lo mismo ir competir junto a compañeros(as) de lista que no comparten principios programáticos esenciales, visiones de mundo?

Considero que este fenómeno afecta significativamente la calidad de la política y de la democracia. Actuar bajo el supuesto que da lo mismo dónde competir si el objetivo es alcanzar el poder, daña la calidad de los debates y finalmente afecta la gobernabilidad de los sistemas políticos. Las coaliciones políticas requieren ciertos mínimos de disciplina programática para sustentar sus compromisos políticos una vez que son gobierno.

Si la lealtad es instrumental a la obtención de asientos parlamentarios y no respecto de los programas de gobierno, entonces se ve seriamente dañada la posibilidad de cumplir con los compromisos de campaña. Si un candidato presidencial llega al poder apoyado por una lista parlamentaria, pero luego los y las parlamentarias electas de aquella lista actúan incluso en contra de la voluntad del colectivo, la promesa se ve defraudada.

Para superar este problema existen dos soluciones. Primero, así como la ley establece la obligación de las candidaturas presidenciales de presentar un programa, así también se podría exigir que cada lista parlamentaria presente un programa básico de ideas.

Lo anterior permitiría que los electores al menos tengan un marco de referencia de ideas patrocinadas por cada lista. Los independientes dentro de cada lista debiesen suscribir aquellas ideas programáticas.

Segundo, permitir la opción de un voto por lista, de este modo el elector podría apoyar un programa de gobierno de una lista si es que no tiene claridad por qué candidato(a) votar dentro de una lista.   

Solemos criticar la política y las campañas por su falta de contenidos. Pues bien, el fenómeno de los candidatos díscolos lo único que está haciendo es favorecer la banalización de la política y convirtiéndola en un instrumento para el cumplimiento de ambiciones no colectivas, sino que personales. 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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