Cómo inscribir un partido y no morir en el intento

Los partidos políticos han sido, desde hace tiempo, el eslabón más débil de la cadena institucional democrática. Esta debilidad, muy poco perceptible desde lo cotidiano de la vida ciudadana, es un mal en constante aumento.

No son pocos los que se preguntan cómo es que se explica que sean los parlamentarios (en su gran mayoría miembros connotados de una tienda política), los que han aprobado reglas que están dejando en serias dificultades a los partidos para asegurar la mantención de su existencia legal. Y la explicación de lo anterior se encuentra en tres razones, qué son también tres evidencias de las dificultades más profundas que enfrentan las organizaciones políticas hoy por hoy.

La primera razón es muy impactante. Lo cierto es que se aprobaron condiciones de validación partidaria que hubieran sido cumplidas - sin grandes dificultades - hace apenas tres o cuatro años. Lo que ocurre es que ha ido en aumento el deterioro de los partidos también dentro de sus adherentes más próximos (de la imagen externa no hay para qué hablar).

Por si alguien tiene alguna duda al respecto, no tiene más que percatarse del simple hecho de que está resultando más fácil fichar nuevos militantes que refichar a quienes ya lo eran. Para decirlo de una manera ruda: de los partidos tienen mala opinión los que no los conocen, pero más mala opinión de ellos tienen los que los conocen (claro que las honrosas excepciones siempre existen).

La segunda razón que explica el estado de virtual crisis en la que se metieron los partidos por su propia decisión, es que sus líderes son plenamente conscientes de su desprestigio, por lo cual actúan de una manera vergonzante o motivados por una especie de complejo de inferioridad. Simplemente han ido aceptando las reglas que se les imponen, aún a sabiendas de sus errores, parcialidades e inconsistencias.

Lo efectivo es que han dictado normas sobre las sensibles organizaciones partidarias, personas que no tienen la experiencia directa de la militancia o, si la tienen, que carecen del conocimiento práctico que se aprende de haber conducido o administrado un partido. En la legislación aprobada hay mucha más experiencia comparada (entiéndase conocimiento leído) qué experiencia directa. La primera es sólo una parte de lo que se necesita para legislar bien. Algo muy valioso se conoce habiendo intentado mejorar o renovar la organización de un partido, como es mi caso o el de muchos otros.

Pero lo que se puede constatar es que quienes dictaron cátedra sobre qué hacer con los partidos, en todo su trabajo, no han hecho gran referencia a las buenas prácticas que se venían teniendo al interior de estas organizaciones. Al parecer nada bueno podía esperarse de ellos. La ignorancia se cubrió con el desdén. Por eso, de las declaraciones de los reformadores se pueden seleccionar algunos comentarios señeros por su tono de suficiencia y su actitud arrogante.

Sin embargo, nada hay que alegar al respecto. Desde hace mucho, golpear a los partidos es golpear sobre seguro a quienes no se defienden en absoluto. Si alguien los agrede únicamente cosecha aplausos.

Pero si los partidos no se defienden, si no explican las complejidades de la vida partidaria, si no hablan de lo que hacen bien, sólo a ellos se puede cargar como responsabilidad.

Se puede decir que la tercera razón que explica el estropicio el que nos encontramos tiene que ver con los propios parlamentarios. En efecto, ellos hicieron presente en esta ocasión mucho más sus defectos que sus virtudes que, ¡oh sorpresa! también las tienen.

Ocurre que los parlamentarios tienen una importancia desproporcionada respecto de sus respectivos partidos. En ocasiones, la organización partidaria en un territorio está organizada en torno a las figuras predominantes de un diputado o senador. Pero no es este el peor de los casos, porque no deja de suceder que este predominio de un parlamentario se ve acompañado de un languidecer continuo del partido hasta su virtual extinción.

Cómo sea, no es lo mismo ser parlamentario que dirigente político territorial. Aunque desde lejos todos los políticos se vean iguales, lo cierto es que pueden ser bien diferentes entre ellos, según la función que les toca desempeñar. Así, bien puede suceder que un diputado desconozca la realidad compleja de la organización del partido a nivel nacional, y también en su propia marcación, en todo aquello que no lo afecte directamente.

Dicho de un modo simple, sin democracia interna y buena comunicación entre los distintos estamentos al interior de un partido, se puede legislar con evidentes falencias.

En resumen, en  su peor momento en cuanto a evaluación ciudadana, y sometidos a cambios institucionales de gran magnitud, los partidos no han sabido responder a las mayores exigencias de transparencia y probidad, porque están estructuralmente debilitados, se evalúan a sí mismos con los ojos lapidarios o hipercriticos de los demás y, no han podido echar mano de la legitimación interna que da la democracia puertas adentro, porque carecen de ella en grado importante.

Esto no quiere decir que las diversas tiendas políticas responderán de igual modo al desafío de su inscripción. De hecho no todas sobrevivirán. Nuevamente, para recurrir a la simpleza, desde ya se puede anticipar que la diferencia a nivel de sobrevivencia se dará, básicamente, entre dos casos polares: entre aquellos que están juntando excusas, y aquellos que están juntando fichas.  Los primeros pasarán a la historia, y los segundos  a disputar las siguientes elecciones.

¿Porque los partidos pueden diferir tanto en su comportamiento en un momento tan decisivo? Sencillamente porque ha llegado el momento de la verdad. Los que no se inscriban no se deberá a que tuvieron que enfrentar una conspiración de perversos personajes coludidos en su contra. Es porque ya habían muerto y no se habían dado cuenta. Eran sombras fantasmales, sin sangre en las venas, a las que se les pide una muestra de vida para calificarlos entre los existentes, y no las pueden dar.

Los que sean sólo imagen, sólo recuerdos,  sólo pasado o sólo apariencias se quedarán en eso. Son como esos dibujos animados que únicamente caen al precipicio, cuando se dan cuenta que están caminando en el vacío.

El mapa político va a cambiar y mucho. La verdad es que cualquier partido (nuevo o tradicional) se puede inscribir o reinscribir. Lo harán los que pueden explicar qué significa respaldar a un partido, en directo y sin más. Los que, además, tienen que explicar por qué no son tan malos, tan corruptos, están divididos y tan montonera como se dice, no lo lograrán. Es mucho esfuerzo para empezar ahora lo que se debió hacerse hace mucho.

Los que somos cristianos recordamos ahora un mensaje dejado hace mucho tiempo: “dejen que los muertos entierren a sus muertos”.

¿Cómo hacer partido y no morir en el intento? Muy fácil, sólo tienes que demostrar que te has preocupado de los militantes de tu partido antes de que lo exigiera la ley.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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