Cultura, política y Demoracia Cristiana

Una mirada a los últimos 50 años de la política chilena nos señala al tiempo actual como un periodo caótico con desprecio por la tarea parlamentaria y de la tarea pública en general.  Pareciera que nada justifica su existencia y este juicio castigador cae con mayor fuerza sobre los partidos políticos en todo el arco ideológico.  Es verdad que las razones existen, el conocimiento de los errores es más diario y la prensa transmite con mayor rapidez las inconductas personales o colectivas.

Para ser justos, creo que es un análisis objetivo que nadie podría negar, pero es también incompleto y a veces superficial, pero sobre todo sesgado a la luz de los documentos y mensajes que se nos da.

No es verdad que sólo es una situación actual y el viejo semanario Topaze da cuenta de tristes periodos anteriores. En esta oportunidad de rasgar vestiduras y echarnos ceniza en la cabeza valdría recordar el dicho árabe “la copa del árbol no es más que lo que permiten sus raíces”. 

En síntesis, una sociedad individualista, ambiciosa y consumista sin valores porque el dinero es nuestro y frío, cobarde y sin patria, produce líderes con ansias de poder. 

En este cuadro me duele mi Partido, sobre el que los hechos reales o magnificados caen con mayor fuerza, incuria y hasta regocijo de los adversarios que ya han pasado a ser enemigos, incluso, entre nosotros mismos.

A mi entender hay que acogerse a la difícil concepción de cultura, no compartida por todos, de Unamuno y Ortega - explícita maravillosamente por el gran orador político Donoso Cortés - que dice a la letra “capacidad de las instituciones de mantenerse conforme a su identidad fundacional adecuada a sus raíces actuales”. Si no es así, se pierde y es derrotada.

En un Partido personalista como la Democracia Cristiana chilena, eso exige claridad en su ideario, coherencia en su actuar y coincidencia entre la conducta de sus miembros y la conducta de sus dirigencias en todos sus niveles.

En mi opinión personal esto ha sucedido a nuestro Partido.  Alguien me responderá que todos los sectores internos recurren a este argumento. Es verdad y por eso se requiere un pronto Congreso, antes de Juntas o elecciones. Mi personal opinión es que la DC no ha mantenido su compromiso fundacional.

Nacimos como Partido popular y nacional y no de centro arbitrador o bisagra.

Nacimos como vanguardia social y no como oxígeno de un capitalismo caduco y hoy abrumador.

Nacimos para derrotar la burguesía como diría León Bloy y una alianza con ella es contraria a nuestro ADN.

¿Por qué entonces nos derrotan cuando levantamos las banderas de la ética?

¿Por qué no nos creyeron, incluso a quienes más fuerte hablaron de ella? Porque no hubo coherencia. La ética exige esa coherencia fundacional que aquí se perdió entre las palabras y los hechos. 

¿Por qué tanta incuria y violencia para juzgarnos? Porque dijimos que éramos distintos y cumpliríamos con todos los caminos con el hombre y la sociedad y no sólo con algunos de ellos según nos convenga.

No dicto cátedra, no estoy en la dirigencia, pero tengo la fe  en el Partido en el que he vivido siempre.

No me iré porque tengo fe en el futuro. Lo poco que puedo pedirles a mis camaradas es que recuerden que nacimos para el pueblo, por el pueblo y con el pueblo.  No somos centro, ni centro progresista.  Eso es una oximoronia.

Las dificultades las superaremos, pero cambiar Chile requiere apertura de alianzas desde nuestra identidad progresista y sin abrir caminos solapados hacia la derecha.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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