El color (teñido) del cristal

Ya lo vimos con la muerte de Fidel Castro, la tragedia de los jugadores del Chapecoense, los inmigrantes o cualquier otro tema que pudiera generar más de una opinión en cualquiera de sus aristas. Los hechos no son objetivos, sino la excusa de una opinión, como un lienzo sobre el que el artista desliza los pinceles de la forma que le apetece o la hoja en blanco sobre la que se dejan caer las palabras.

No existe ya en estos tiempos una verdad única, y si ya estábamos determinados por el color del cristal a través del cual miramos, cuando entran en juego las redes sociales con sus pasiones anónimas y amparadas en la impunidad le agregamos al cristal un color adicional originado en nuestras propias creencias, un tinte extra a su opacidad habitual.  Como no hay una verdad única, tampoco importa la objetividad al momento de arrojar nuestra mirada opinante sobre los hechos.

Sin duda que esta situación afecta la capacidad de encontrar acuerdos, porque junto con el verdadero libertinaje que nos hemos permitido a nosotros mismos para mirar las situaciones como nos parece mejor, también creemos tener la libertad para despreciar olímpicamente la mirada de los demás.

Ya no nos interesa el consenso, como sucedía a comienzos de la transición en los ’90, cuando pensábamos que era necesario ceder parcialmente en las posiciones de cada uno para salvaguardar la democracia, que en esos años parecía tener la calidad de un bien superior para todos, después de tantos años de no tenerla.

Pero ahora, cuando la democracia y el entendimiento no parecen urgentes, cuando han surgido actores sociales que no supieron lo que era vivir en la dictadura y la confrontación, pero también ahora cuando muchos se sienten engañados por lo que se hizo en nuestro nombre y en el del acuerdo social, resulta que ya no hay un consenso en apreciar valores como la propia democracia y el respeto por los demás, y menos si los líderes de opinión nos muestran a diario que la tolerancia no es una virtud necesaria a pesar del discurso.

Se hace necesario entonces volver a reconocer la importancia de la capacidad de negociar el contenido de algunos acuerdos sociales básicos. No es necesario pedir un consenso en torno a ideas como el modelo político o el económico, sino simplemente sobre la necesidad de ponernos de acuerdo en todo lo que nos permita convivir de forma civilizada, y hay que entender el término “forma civilizada” como no andar tirándonos peñascazos unos a otros ni estar insultando al que piensa distinto por ese sólo hecho, que es precisamente lo que hacemos cuando ocurre cualquier noticia sobre la que es posible polemizar. Eso solo ya es un mínimo que parece difícil de alcanzar.

De esta forma, las posibilidades de entendimiento se van diluyendo y haciéndose cada vez más improbables. Se trata de imponer nuestra visión del mundo sobre las de los demás, aunque para ello tengamos que prescindir de reglas básicas de la democracia.

Lamentablemente, en muchas ocasiones estas posturas que llevan en si mismas el germen del totalitarismo ni siquiera obedecen a una convicción filosófica razonada sino que surgen de las pasiones más primitivas, del querer estar en el mismo bando de los que parecen como innovadores o rupturistas por el solo hecho de oponerse a una “normalidad” que no le gusta a todos.  

Se trata de destruir, no de construir, como si el ideal anarquista de romperlo todo con el propósito de renacer desde las cenizas fuera una aspiración socialmente aceptable, olvidándonos que, como raza humana, estamos indudablemente mejor que en los tiempos de las cavernas o del oscurantismo medieval.

Es plausible, y muchas veces necesario, revisar lo que hemos hecho como sociedad, las creencias que nos sustentan y los valores que nos sostienen, pero reemplazarlos con nada es claramente un método inservible, y a eso hay que oponerse con energía, no para defender un orden social que contiene muchos errores e injusticias sino para mejorarlo. 

Destruir por el simple afán de rechazar lo que no nos gusta es un infantilismo y un lujo que no se pueden permitir los países.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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