El gran problema de la DC

                                 

Con motivo de las recientes elecciones presidenciales y parlamentarias, y a propósito del sin duda no previsto resultado obtenido por la democracia cristiana, han surgido variadas opiniones y análisis sobre lo sucedido, lo que se ha visto doblemente incentivado por lamentables conductas y declaraciones de algunos de sus dirigentes.

Sin desmedro de algunos artículos muy interesantes ya conocidos, en estas líneas quisiera asumir una perspectiva y tesis que ha sido escasamente mencionada. Si alguien la considera oportunista, quisiera señalar que me avalan varias de mis publicaciones anteriores sobre el tema, las que incluso, a la luz de los hechos, surgen hoy como una de las explicaciones más que plausible de lo sucedido.

Pero, me parece imprescindible referirme previa y brevemente a un aspecto que si bien ya ha sido persistentemente mencionado, difícilmente puede obviarse.

Se trata de una cierta anomia ética y moral que evidencia nuestro partido y que se expresa en conductas y relaciones personales que parecen responder a una tensión sistemática entre el individualismo vs. el sentido comunitario, entre los intereses por defender parcelas de poder vs. la búsqueda por enaltecer y desplegar nuestras ideas solidariamente.

Una de las expresiones de esta crisis valórica, ha sido la evidente “fagocitación” que un grupo importante de parlamentarios hicieron de nuestra gran candidata presidencial Carolina Goic. En esto, las cifras y un análisis electoral mínimo, son más que elocuentes.

Sin embargo, y esta es quizás la tesis central de este artículo, además de lo anterior y como un tema que a mi juicio nos atañe y afecta más estructuralmente y que hemos negado y/o mañosamente apartado o mimetizado, nos encontramos con una DC que se ha convertido en un partido de administración, que ha postergado y casi olvidado su rol de ofertar y abrir caminos sobre el futuro del país a partir de los sólidos principios que siempre nos han inspirado.

El querer asociar nuestra declinación electoral a lo más cerca o lejos que estemos en una coalición con el partido comunista, me parece un simplismo, un análisis pertinente para los 70 y por cierto una falta severa de autocrítica y una muestra de inseguridad en las cosas que tenemos para decirles y plantearle a los chilenos desde nuestras convicciones.

A continuación quisiera ilustrar lo sostenido en los párrafos  precedentes.

La democracia cristiana jugó un rol crucial en los gobiernos conducidos por la coalición política conocida como Concertación. Fue precisamente durante estos primeros años después de la dictadura militar que el país se reencontró con la democracia e inició un camino de reconstrucción jurídico-institucional, social y cultural. Sin duda, es un tiempo de grandes logros y de recuperación de múltiples derechos para los ciudadanos.

No obstante, junto con las primeras décadas del s.XXI , se observa un fracaso objetivo en la ecuación crecimiento con igualdad postulada por los gobiernos concertacionistas y, en los hechos, se asume que lo esencial es el crecimiento económico, que éste depende fundamentalmente de la iniciativa privada (con importante presencia de capitales extranjeros) y que el Estado sólo juega un rol frente a las ¨eventuales imperfecciones¨ del mercado, sin ninguna participación importante en el desarrollo, salvo la implementación de políticas focalizadas de protección para los grupos y sectores más postergados por el propio modelo socio-económico.

Diferentes estudios nacionales e internacionales comienzan a mostrar que el mayor crecimiento alcanzado en la última parte de los 90 y comienzos del 2000, es consecuencia preferentemente de las condiciones internacionales y particularmente de los precios muy favorables de nuestro commodity (el cobre), pero, todo ello también a costa de una agresiva concentración de la riqueza y una tremenda desigualdad.

Se trata de una injusticia que se fue instalando en la sociedad chilena que, además, tuvo como una de sus evidencias más paradigmáticas, lo que fue conocido como el “abuso sistemático de los abusadores”. AFP, ISAPRES, colusiones varias y la educación como negocio, son los casos emblemáticos.

Aunque a muchos les moleste que se diga o bien lo desvirtúan, lo cierto es que el modelo neo-liberal predominante  había dado lugar a una ecuación entre Estado, Mercado y Sociedad (civil) absolutamente asincrónica e incapaz de responder a las necesidades más sentidas de la ciudadanía.

Como dice la CEPAL en su publicación “La hora de la igualdad” (2010), “la ecuación entre Estado, mercado y sociedad de las últimas décadas, se ha mostrado incapaz de responder a los desafíos globales de hoy y de mañana”. Aún más, dicho texto agrega algo que muchos han olvidado , (que) “la igualdad social y un dinamismo económico que transforme la estructura productiva no están reñidos entre sí”.

Con posterioridad al brillante gobierno de don Patricio Aylwin (en un contexto extremadamente complejo) y frente a la nueva realidad que surgía a medida que se continúan los gobiernos de la Concertación, el PDC pareciera haber ido perdiendo la capacidad de asombro y se “rutinizó”, poniendo especial énfasis en administrar lo que ciertamente se había avanzado en la reconstrucción democrática, pero sin internalizar los severos problemas de desigualdad e injusticia social que se habían ido plasmando en el país.

Nos esmeramos en ser reconocidos como un partido de centro, casi como una obsesión, y no cuestionamos ni actuamos “contestatariamente” frente al tipo de relaciones socio-económicas y políticas que se instalaban en nuestra sociedad.

Más que cuestionar diferentes ámbitos del orden establecido, nos fuimos desperfilando en la acción y en la falta de prestancia  frente a la ciudadanía para ser los primeros y más entusiastas impulsores de las transformaciones que requería nuestra sociedad.

En este sentido, el desperfilamiento del partido, más que tener que ver con habernos o no insertado en tal o cual coalición política, ha sido producto de nuestros temores, indecisiones y transacciones en nuestras acciones políticas, que ha llevado a que la gente nos perciba como un partido sin iniciativa ni convicciones para construir una sociedad más justa y superadora de la actual situación socio-económica .

En un mal entendido concepto de realismo político, han tendido a predominar estilos conciliadores y eclécticos, bajo el equívoco expediente de que ello es sinónimo de equilibrio, responsabilidad y ecuanimidad política, terminando por “acostumbrarnos” a lo existente y mimetizándonos con la cotidianeidad, lo cuántico electoral y la burocratización partidaria.

La DC ha experimentado una suerte de mutación desde un ethos político-ideológico, hacia un pragmatismo y/o realismo  que echa por tierra todos los intentos transformadores que deberían ser inherentes a nuestro proyecto político como partido en el Chile de hoy.

Yo me pregunto, ¿no es evidente que todo DC que conociera bien su doctrina e ideología y que a partir de ella leyera las características y tendencias socio-económicas, políticas y culturales del Chile de hoy, tendría que coincidir con muchos de los planteamientos del Frente Amplio?

¿Por qué no fuimos nosotros oportunamente capaces de levantar estas banderas y propuestas, que inequívocamente nos mandata nuestra razón de ser e identidad?

En estos días de debate y clarificación acerca de los resultados electorales del 19N y a propósito de la precisión exigida a las propuestas de los candidatos para la segunda vuelta, casi todo el mundo comienza a “descubrir” que estamos, a lo menos, frente a dos miradas de país muy diferentes, en lo que se refiere a prioridad en las metas, en los estilos de gestión y en el sustrato valórico-cultural en que ellas se apoyan.

Hace rato que la mayoría de las controversias en el país son definitivamente ideológicas y pareciera que ello nos asusta y hemos terminado soslayándolo, algunos con claros intereses personales, desapareciendo como partido del debate de fondo y permitiendo que otros, legítimamente por cierto, hayan ocupado ese espacio.

Si somos capaces de restablecer las “afinidades electivas” en nuestra organización, si retomamos el ethos que nos ha caracterizado como partido durante largo tiempo y, sobre todo, si con decisión y sin complejos trabajamos, teórica y prácticamente, por transformaciones que hagan de Chile un espacio más justo, estaremos adentrándonos en un círculo virtuoso en que la ciudadanía nuevamente nos reconocerá y valorará como lo ha hecho en gran parte de nuestra historia partidaria.    

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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