El Once tenía once

Tengo el recuerdo fresco y nítido de esos días.

Mientras los niños revoloteábamos entre los ciruelos en flor, los adultos mantenían una animada conversación en la mesa bajo el parrón. Movían las manos haciendo ademanes, alternaban el sorbo de vino con una chupada al cigarro, las mamás recogían los platos sucios y juntaban los restos en una fuente de aluminio. Los labios entintados de los papás, sus ojos brillantes, los rostros severos y preocupados, las alambicadas teorías que ensayaban para explicar lo que veían, lo que pasaba, lo que vendría.

-Carlos, va a haber un golpe de estado y va a ser terrible.

Yo estaba pendiente, dividido entre la pelota y las conversaciones de los viejos que presagiaban lo inevitable. Era el primer asado de septiembre, habíamos ido a ver a unos amigos de mis papás a una parcela ubicada en algún lugar entre Padre Hurtado y Melipilla, no recuerdo exactamente dónde pero sí esa anubarrada tarde de domingo que regresamos a casa en el frágil Austin Mini de mi papá con esa oscura advertencia resonando en mi cabeza.

Algo despertó en mí ese día, una tremenda curiosidad por si el presagio se cumpliría. Como que con esa pieza completé el rompecabezas compuesto por imágenes vagas y sensaciones infantiles, vívidos recuerdos y escuchas de conversaciones ajenas en los almuerzos familiares: la tele, las icónicas noticias en blanco y negro, las portadas de los diarios que nunca faltaron en mi casa.

Se juntaron en mi precoz curiosidad el asesinato de Schneider, la inauguración de la casa del tío Leo, los libros de Quimantú, los artículos de mi revista Mampato, las canciones de los Quila y de Favio, de Adamo y de Música Libre todas sonando como una misma melodía.

También el programa  “A esta Hora se Improvisa”, los diseños de los hermanos Larrea, el almacén de la esquina de la casa con Don Gerardo avisándonos que había llegado el aceite a granel, el pan de harina negra o el chancho chino, Fidel Castro en el Estadio Nacional, la “araña” de Patria y Libertad, los “MIR, MIR, MIR”; el asesinato del comandante Araya, el Tanquetazo de junio, los militares en el gabinete, las declaraciones incendiarias, los rayados en las calles, el estrés de mis padres.

Todas esas piezas cuadraban con el destino ineludible de un país divido, de una sociedad llevada al extremo de la división inserta en un mundo enfrentado por las fuerzas de una fría guerra donde las potencias que se disputaban la hegemonía de su propio modelo económico, político y social. Como si fuera poco, sumábamos la debilidad de un sistema político nacional construido desde la independencia por el conflicto permanente de una oligarquía propietaria y  una impaciente clase trabajadora demandando mayor justicia social.

Yo que me encuentro tan lejos,

 esperando una noticia,

 me viene a decir la carta

 que en mi patria no hay justicia:

 los hambrientos piden pan,

 plomo les da la milicia, sí

Esa noche me quedé dormido con el olor a parafina de la estufa negra cilíndrica recién encendida y el de los cigarrillos Hilton que mis papás fumaban en el living conversando en un tono bajo lo que todos conversaban desde el día mismo en que Salvador Allende fue elegido presidente.  No recuerdo si fuimos o no al colegio el día lunes, mi mamá dice que sí, yo creo que no. Nadie estaba ajeno a lo que pasaba en el país, y de alguna manera los acontecimientos dramáticos vividos esos meses y semanas y el aterrador vaticinio del amigo de mi papá me hizo tomar conciencia de lo que pasaba con demasiada nitidez.

No entendía mucho ese clima de agresividad que se respiraba en el ambiente, sé que había que hacer colas, que había violencia en las calles y que el Presidente tenía una frágil mayoría que apenas le permitía gobernar. Había abundante material de folletería de los países soviéticos, recuerdo un álbum con imágenes de Ucrania y Bielorrusia, yo dibujaba las banderitas de los países y los paisajes luminosos de campos de trigo, segadoras y rusos sonrientes con hoces y martillos. No entendía mucho pero lo intuía todo. Mis papás habían votado por Frei el 64 y por Tomic el 70, el punto medio parecía sensato en una familia de clase media a fines de los sesenta entusiasmada por el cambio social pero no dispuesta a perder sus pequeños privilegios de clase aburguesada.

Eran tiempos confusos. Recuerdo los caceroleos. Eran épicos, era una protesta ruidosa y heroica para reclamar a un gobierno incapaz de solucionar los problemas, pero al mismo tiempo, todos sabían que había gente que acaparaba y que los sectores más momios boicoteaban al gobierno.

Allende me caía bien, lo encontraba parecido al Tata Alberto. Era como un personaje de película. Semanas previas al Golpe se había realizado la Chilexpo, una Feria tipo FISA que se organizaba en esos años en la Quinta Normal, mi papá nos llevó a visitarla justo el día que se inauguraba. No nos dejaron entrar si no fuera por la intervención del mismo Allende que llegaba con su comitiva. Como un acto de tierno populismo se acercó a nosotros y nos estrechó la mano. Con un gesto paternal además nos acarició suavemente las cabelleras e intercambió unas brevísimas palabras con mi papá, que lo saludó con respeto.

No recuerdo mucho más, pero no he podido olvidar esa mirada cálida y transparente con la que nos recibió. Hasta hoy el mejor recuerdo que tiene mi viejo de esa época es esa imagen.

Allende era un caballero,  dice todavía mi papá pese a haber sido opositor a la UP.

Éramos niños, pero éramos conscientes y preocupados en un país cuyo nivel de conflicto nos obligaba a no permanecer indiferentes. La lectura de la revista Mampato, que nos disputábamos todos los miércoles con mi hermano Carlos Felipe, era una ventana al mundo, aunque teníamos prohibición de recortarla era un tesoro para los trabajos del colegio. De alguna manera, Mampato, pese a su carácter infantil, era también tributaria de esa época. Intuía que las cosas que allí se escribían, las historias, las historietas, los temas, correspondían a esa época y no a otra.

Era una época de efervescencia democrática pero a la vez de incertidumbres: desaparecía el colonialismo en África, no sin cruentos enfrentamientos entre URSS y EEUU, enfrentamientos que también veíamos en Vietnam o en Corea unos años antes; la primavera de Praga, el asesinato de Kennedy (aún fresco en la memoria de mi hogar, tanto como si mis padres hubieran votado por él), las imágenes imperecederas en el estar de mis abuelos de Neil Armstrong poniendo el pie en la luna, el estreno de “Odisea del Espacio” en el Cinerama del Santa Lucía, “Vacaciones en Rusia” viajando en un trineo a través de los hielos siberianos, los hippies de Woodstock, los singles de Los Jaivas, el Imagine de John Lennon dando giros en el pick up de la casa, el disco Tapestry de Carole King con las primeras canciones en inglés que memorice.

Come gather 'round people

Wherever you roam

And admit that the waters

Around you have grown

And accept it that soon

You'll be drenched to the bone

If your time to you

Is worth savin'

Then you better start swimmin'

Or you'll sink like a stone

For the times they are a-changin'.

Se presentían vientos de cambio, cambios que por cierto a nadie eran indiferentes. Algunos los aceleraban y otros los detenían.

El once yo tenía once años. No nos mandaron al colegio, no sé si porque ya se sabía lo que estaba pasando o porque las clases estaban suspendidas. Era un día frío y nuboso. La tele estuvo encendida desde siempre. Mi papá se había ido al centro y mi mamá estaba nerviosa. La radio Minería describía el movimiento de tropas. Los periodistas agazapados entre las ligustrinas de la Plaza de la Constitución daban mayor realismo a los hechos; un llamado de teléfono de mi papá fue la confirmación de que se trataba del tan esperado Golpe de Estado.

La mañana fue cambiando de color, subió la temperatura hacia el mediodía y la sensación de alivio entre los vecinos se transformó de a poco en un tono de preocupación. El tío Eric, democratacristiano y tibio partidario del Golpe, le dijo a mi mamá en el antejardín que esto iba a ser horroroso. Todo era caos y duda.

Cuando nos enteramos de las amenazas de bombardeo a La Moneda y luego el desalojo de los funcionarios cundió el pánico en el pasaje; la Sra. Clarisa de la casa del fondo gritaba aterrorizada como recordando los antiguos bombardeos de su Alemania natal. Víctor, su hijo que trabajaba en la UTE, llegó muy asustado al barrio con noticias acerca de fusilamientos. No se dimensionaba si los muertos eran terroristas fallecidos en enfrentamientos o inocentes apresados por los militares. No se sabía nada. No se quería saber.

Desde temprano me puse a escribir, como si fuera un reportero. Creo que ese día decidí ser periodista. Escuché radios y ví tele, por sobre todo escuché las conversaciones de mi mamá con los vecinos que iban y venían, los reportes de mi papá desde el centro, los llamados de mis abuelos y tíos desde distintos lugares de Santiago. Desde el techo de mi casa fui testigo directo de cómo los aviones hawker hunters soltaban los torpedos para bombardear Tomás Moro. El veloz silbido de los proyectiles sobre mi cabeza disparados hacia la casa de Allende apenas pocas cuadras al norte en línea recta del vuelo de los cazas.

Si bien no hubo champán en el barrio si un alivio generalizado, un tímido alivio que muy pronto se transformó en preocupación. Se supo que Allende se había suicidado. Fue lo que primero se dijo en la tele y la radio. Todo tan rápido, si recién habíamos escuchado sus legendarias palabras en radio Magallanes. Parecía que Allende leía, eso me había llamado la atención: su seguridad sin ningún tartamudeo, nada de zozobra, menos miedo. Era un discurso consciente, como queriendo dejar un mensaje para la Historia. Lo escuchamos atentos en la casa. Mis hermanos jugaban en la pieza y yo con mi lápiz en mano intentaba inútilmente transcribir esas palabras en mis hojas perforadas. Pero Allende había muerto.

Entre tes y tes alguien dijo que lo habían matado, que un pelotón entró a la Moneda y que habían matado al Presidente.  Claro, no era un juego, no podía ser de otra manera un Golpe es un Golpe no un mero trámite en que unos le quitan y les dan el poder a otros. Un vecino había escuchado en onda corta que habían asesinado al Presidente, lo decían en una radio francesa u holandesa. Ráfagas de ametralladoras a lo lejos, disparos aislados hacían vibran los vidrios de la casa, el día volvió a nublarse ¿habrá sido por el humo de las bombas?

Ese día tuve pena. Mi papá no estaba en casa y mi mamá estaba nerviosa. Sabía que algo grave había pasado. Habían matado al Presidente, o eso decían, y no se sabían bien quien gobernaba. Una Junta Militar, dijeron. Al final del día con el edificio presidencial humeando y con algunos bandos lanzados por las pocas radios que quedaban al aire se configuraban mejor el cuadro.

Cuatro generales, descritos siempre con sus apellidos paterno y materno, aparecían lenta pero consistentemente como los responsables de la “liberación”, una Junta de Gobierno que amenazaba en tono violento al mismo tiempo que hablaba de reconstrucción y unidad.

Estaba claro que sólo algunos estaban invitados a construir esa unidad, los ganadores, los que escriben la historia. Una especie de refundación de Chile a partir de la eliminación de toda memoria histórica donde los Diego Portales y los Bernardo O’Higgins aparecían con renovados bríos en el panteón inmortal de la tradición patriótica. Orden y patria parecían ser los nuevos sustantivos que debíamos conjugar.

Todavía esos apellidos no significaban nada. Ni siquiera se sabía si valía la pena recordarlos, luego de unos días ¿pondrían al presidente del Senado? ¿Llamarían a elecciones en forma rápida? ¿Asumiría el ex presidente Frei?

Había una sensación de que había ocurrido lo inevitable, y ante lo inevitable, pareciera que no hay antídoto. Pero pese a los presagios, no imaginamos lo que con el tiempo se comenzaría a saber, algunas evidentes y otras no tanto: las inmediatas restricciones públicas, los allanamientos, las detenciones, el rumor de muertos flotando en el Mapocho, las persecuciones a gente inocente. Más tarde la búsqueda infructuosa de detenidos, el exilio, la tortura, los crímenes, las cárceles clandestinas, los centros de detención, las fosas comunes, las leyes de fuga, Lonquén, el Víctor Jara acribillado, las noticias que llegaban desde el Exterior.

¿Se justificaba tanto horror tras el Golpe de Estado? Se preguntaba la gente, incluso muchos de los primeros simpatizantes del régimen.

Con el tiempo mi papá se derechizó y mi mamá se izquierdizó. Cuatro años después se separaron. No fuimos capaces como familia de tener un pensamiento común. Todavía tengo tíos y primos que se hacen los lesos con los temas de DD.HH. y otros que trabajaron y lucharon por derrotar a la Dictadura. Yo mismo asumiendo un rol activo en la recuperación de la democracia. Si bien todos sabíamos que pensábamos, preferíamos no discutir de política en los cumpleaños de los abuelos, en las sobremesas familiares, hasta bien adentrados los 80.

Epílogo.

Aún conservo las cuatro hojas que alcancé a garabatear reporteando el Once. Son impresiones vagas de un niño de once años. Erráticas y confusas en su interpretación, claras y definitivas en la descripción de los hechos. Como si los acontecimientos que rodearon a ese 11 de Septiembre hubieran provocado en cada uno de nosotros un despertar al mundo, el despertar doloroso a un mundo cruel y real en que el odio y la intolerancia se nos aparecía con brutal fuerza.

El 11 yo tenía once y a pesar de los años tengo en la memoria con gran nitidez las dramáticas ambigüedades por las que transitamos en esos días. Ya el miércoles volvimos a revolotear en el patio de la casa, subíamos al níspero y hacíamos caminos para los autitos, andábamos en bicicleta por la cuadra con la advertencia reiterada de mi mamá de que no nos alejáramos mucho del barrio.

A la hora del toque de queda nos encendía la luz de afuera para que entráramos a tomar once, hasta ahí llegaba la pichanga. Hasta ahí llegaron los sueños de un país con ideales, hasta ahí los sueños de un país con héroes y sueños imposibles.

El 11 yo tenía once y aún resonaba en mi cabeza el fatídico presagio del amigo de mi papá. Iba a haber un Golpe de Estado y éste iba a ser terrible.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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