Hecatombe

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 “No tiene excepción en la historia la ley que lleva a los pueblos a la hecatombe cuando retardan una evolución necesaria”, manifestó el Presidente Arturo Alessandri Palma en su discurso de promulgación de la Constitución de 1925, que El Mercurio de Valparaíso oportunamente publicó in extenso en su reciente edición de 190 aniversario.

Notable sentencia política de uno de los protagonistas de la crisis que en ese momento y de esa manera se resolvía poniendo fin a la venal república parlamentaria surgida tras la contrarrevolución de 1891, controlada por la oligarquía agraria que “retardó su evolución necesaria” hasta que finalmente ésta se impuso por la fuerza. Es precisamente la disyuntiva que enfrenta hoy el sistema político “de transición” surgido tras el fin de la dictadura de Pinochet.

Los abusos revanchistas y distorsiones heredados de la brutal contrarrevolución de 1973 fueron morigerados pero no corregidos después que un alzamiento popular en los años 1980 puso término a la dictadura. Siguen campeando por sus fueros los “Hijos de Pinochet”, como los denominó un periodista talentoso que hasta hace poco fue ministro de Estado, vástagos de la vieja oligarquía que por la fuerza de mano ajena recuperaron transitoriamente la hegemonía que aquella perdió irremisiblemente hace medio siglo.

Se han apoderado de los riquísimos recursos naturales que nos pertenecen a todos y han formado oligopolios en todos los mercados. Cuál jeques sin turbante viven principalmente de sus rentas, ahogando el surgimiento de la moderna economía capitalista que bulle en decenas de miles de PYMEs que brotan sin cesar de la moderna estructura urbana y asalariada del Chile de hoy.

No contentos con apropiarse de excedentes de explotación que según el Banco Central equivalen a más de la mitad del producto interno bruto, super explotan a los trabajadores escamoteando un tercio de los salarios mediante ahorro forzoso en las AFP, educación pagada y créditos de consumo usurarios.

Esos son los problemas gruesos que hay que resolver hoy. Ni más ni menos. Acabar con la super explotacion, recuperar los recursos que son de todos y poner coto a los abusos de los monopolios, para lo cual es indispensable que una nueva constitución restituya al pueblo la soberanía que le pertenece.

Sin embargo, al igual que sucedió hace un siglo con la corrupta república parlamentaria, el sistema político surgido tras la caída de la dictadura ha sido capturado por el dinero de los ¨Hijos de Pinochet” y ha “retardado esa evolución necesaria”.

Por eso camina derecho “a la hecatombe” que protagonizó Alessandri Palma. Es una “ley que no tiene excepción en la historia”, como sentenció el ex presidente. Nadie puede llamarse a engaño.

La principal responsabilidad, por cierto, la tienen los partidos, medios de comunicación, políticos, intelectuales, tecnócratas, comentaristas, etc., de derecha que representan abiertamente a los “Hijos de Pinochet”. Pero ellos han contado y cuentan con la anuencia de sus pares anti pinochetistas que se acomodaron al actual estado de cosas todavía convencidos que viven en el mejor de los mundos.

Estos últimos han olvidado la ley esencial de la política que señala que la “medida de lo posible” está determinada siempre por el ciclo subyacente de agitación popular. Lo que es prudente en períodos de calma chicha deja de serlo cuando la ciudadanía empieza a activarse y resulta suicida cuando ella está indignada como en la actualidad. Y viceversa.

En momentos como los actuales, quienes tienen el deber de conducir a la ciudadanía se ven en la necesidad de adelantar sus consignas de modo de encarnar los anhelos y esperanzas del pueblo para lograr conducirlo a buen puerto. Desempolvando aquella parte de su esencia que es Jacobina, es necesario que el sistema político se ponga de acuerdo para actuar con toda decisión y hacer lo que hay que hacer. 

Solo de este modo es posible evitar que la justa ira del pueblo sea capturada por truhanes y desviada contra aquellos que por ser diferentes y más débiles son convertidos en chivos expiatorios de la turba encanallada. Con un pueblo enardecido resulta bien tenue la línea que separa esta actitud criminal y suicida, del heroísmo masivo más sublime: todo depende de si la indignación popular cae presa del temor o por el contrario, afirma bien la esperanza.

La ciencia política clásica calificaba de “cretinismo” el olvido de estas viejas verdades. Más recientemente, Wolfgang Münchau, editorialista del Financial Times y uno de los críticos más lúcidos de las elites “liberales” de los países desarrollados, dice que le recuerdan aquella infame definición de la locura: hacer lo mismo una y otra vez y esperar resultados diferentes. 

En una de esas, por acá le hacen más caso al León de Tarapacá. 

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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