La ancha franja de la nada

Dicen que la franja política televisiva para las campañas presidenciales no sirve de mucho. Que en general la gente ya sabe más o menos por quién votar, y si no sabe, no lo decide por lo que se plantee en la franja. Sin embargo, la exposición mediática, más allá de los discursos propios de un político, sirven para “hablar del tema”, poner a los candidatos en vitrina, que los olvidados recuerden, que los desconocidos se conozcan, no por la franja propiamente tal sino por el comidillo mediático que las rodea.

Los canales hacen esfuerzos lo más creativos posibles por hacer debates, apuestan a tener los periodistas más incisivos, aquellos que les aflore todo su caudal de cuartopoder por los poros, para sentirse versiones actualizadas de Bob Woodward, Carl Bernstein, Michael Rezendes o Walter Robinson, paladines de la justicia y la libertad, de la verdad informativa como si ésta fuera una pieza única, precisa, exacta, una joya de museo. Sin embargo, muchas veces estos reporteros investigadores, arqueólogos de la verdad informativa, están más preocupados de lo filoso de sus preguntas que de la necesidad de una respuesta útil para los electores.

Es por eso que en los debates, foros, entrevistas, el proyecto de país no está, o está poco, apenas se vislumbra, nos quedamos con la boleta trucha de la personera del sueldo reguleque, la información de las empresas de los nietos, las reyertas entre socios de un mismo pacto.

Son de esas cosas de las que se conversan al día siguiente, de fútbol y de eso; de eso se construyen los memes, incluso de eso hablan los informativos de Internet, de la red social, del pelambre, del buylling político. La gente quiere sangre, un Matamala incisivo, un Villegas insidioso, si es mi candidato atacado, las penas del infierno al periodista, el Pulitzer en cambio, si es el adversario el atacado.

No quiero ser injusto, al menos hoy los periodistas se sienten más irreverentes a la hora de señalar con el dedo, de cuestionar a las autoridades.

Hasta hace no mucho la clase política (y empresarial y religiosa y militar) imponía un respeto demencial ante la opinión pública. Un temor absurdo. Años de autoritarismo grabado en sangre en nuestra memoria. Se les trataba de guante blanco.

Aún recuerdo a Honorato micrófono en ristre preguntándole a Lucía la hija, respecto de su padre retenido en una clínica londinense, ¿Lucía, cómo está el papá? a propósito del estado de salud del dictador. Un tono amable, cercano, familiar para referirse al susodicho acusado de tantos males.

Bueno, eran los estertores de la dictadura, los últimos años del descalabro emocional, la resaca de los tiempos del miedo. Hoy no hay miedo, como reza indignante el slogan comercial de TVN a propósito de la Copa Confederaciones, es un “sin miedo” absurdo, arrogante, impuesto por el fútbol chileno que por un par de merecidas copas se cree campeón mundial, es decir la arrogancia arribista del que nunca tuvo nada y cuando roza el éxito de la fama y el dinero se cree - ahora sí - el jaguar del balonpié.

Ese es el síndrome de nuestra cultura. Me parece bien creernos el cuento, me parece muy bien ser optimistas. Comparto, por cierto, la necesidad urgente de querernos más, de hacernos cariño, de darnos ánimo, pero algo me dice que tanta soberbia no es recomendable en el tiempo.

Como en el fútbol o en la política, es ésta también la soberbia de los medios, de la altanera postura de los estudiantes que volcados a las calles reclaman cambiar todo o de la comodidad de los de siempre dispuestos a defender sus privilegios, arrogándose el derecho popular, una especie de positivismo nacionalista emanado del Cielo.

Y ahí están. La hija de Iturriaga Neumann clamando justicia; asambleísmos sin razón; defensores del que está por ser concebido; pancartas pintarrajeadas; protectores de su capital individual amasado afuera; los derechos humanos de los animales; vecinos endeudados habitacionalmente; locutores de fútbol sobregirados y verborreicos; machistas desatados tirados al suelo; molotoves a diestra y siniestra; carabineros haciendo fila en tribunales y un larguísimo etcétera de esta fauna propia de un bestiario posmoderno.

Todos ellos cómplices de la fragilidad de nuestra democracia de frases hechas y ausencia de relatos, de políticos apernados y de sonrisitas vacías trasmitidas en cadena nacional a eso de las 9 de la noche para musitar una verdad a medias que a nadie interesa, de una ideología que tampoco existe, de la ancha franja de la nada.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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