La DC en una hora decisiva

La Democracia Cristiana ha salido de su Junta Nacional con el sabor amargo de un problema no resuelto, y habiendo entrado en una situación muy crítica de la que debe saber salir bien y rápido. Ante todo, la dirigencia falangista ha sentido el peso de enfrentar un conflicto habiendo fallado, como comunidad, en el tratamiento fraterno que casi nunca está ausente en las discusiones internas por álgidas que sean. De allí la extendida frustración y tristeza que recorre a las filas militantes, sin excepción.

La única manera que se conoce de salir de atolladeros de estas dimensiones es reconocer los errores cometidos, desandar el mal camino avanzado y retomar la senda del buen sentido con prontitud.

De partida, no hay que dejar que se pierdan los aciertos que tuvo el encuentro DC del 29 de julio. Básicamente la Falange ratificó sus compromisos previos de respaldo al gobierno, su pertenencia a la centroizquierda y su deseo de recrear la coalición mayoritaria capaz de ofrecerse como alternativa a la derecha.

Si mal no se recuerda, en los días previos, los medios de comunicación ya habían dado por casi resuelto que el PDC pactaría con partidos ubicados fuera de la coalición de gobierno, y solo especulaban con cuáles y cuántos de ellos se establecería el nuevo entendimiento. Nada de esto ocurrió.

Las propuestas de la Directiva, ratificadas y respaldadas por el Consejo Nacional, fueron ampliamente ratificadas en la Junta Nacional por votaciones que superaron largamente el setenta por ciento. Por esto, se acordó ir en una lista concordada con la Nueva Mayoría en el caso de los Consejeros Regionales (antesala de la elección de intendentes o gobernadores regionales) y con la IC y el MAS en la lista parlamentaria. Es decir, la DC no se cambió de vecindario, aunque la relación con sus vecinos ha tenido mejores momentos.

El punto polémico estuvo en otro lado. Sin extenderse a dilucidar cómo es que se llegó a ubicar allí, lo cierto es que, el epicentro del debate político se situó en la mantención o rechazo de la candidatura del diputado Ricardo Rincón, debido a acusaciones de violencia intrafamiliar. Carolina Goic estableció este punto como una prueba decisiva para el respaldo de su candidatura. Se produjo una votación adversa, lo cual la motivó a dejar en suspenso su opción presidencial.

Como siempre que se soluciona mal una disyuntiva, la discusión ha quedado no solo abierta, sino tal vez agravada. Si el dilema es ético y compromete la opción presidencial DC, lo que queda es un debate reforzado sin un canal institucional claro para zanjarlo. Es decir, la situación empeoró.

Pero aquí es donde hay que detenerse siquiera un momento para evaluar donde estuvo el error colectivo. Para mi es evidente que la dificultad mayor estuvo en la forma escogida para resolver la polémica. Y el problema consistió en que se empleó un procedimiento tradicional de resolución de conflicto ante un órgano colegiado de nuevo cuño. El tratamiento no correspondía con el paciente o, si se quiere, el remedio era el apropiado para otro enfermo.

Me explico. Desde tiempos verdaderamente remotos, la DC enfrenta sus decisiones de Junta mediante el método de “contarse” previamente. Esto quiere decir que, antes de enfrentar un conflicto de lleno, una colisión frontal, lo que se hace es escoger una votación procedimental, de método, previa a la materia que se trata, que permite reconocer mayorías y minorías.

En este caso, el método oblicuo escogido fue definir si los candidatos a parlamentarios (todos ellos) eran escogidos en bloque o, alternativamente, en votación individual. De este modo, si se escogía la alternativa “en bloque” el conjunto de los candidatos quedaban aprobados (Rincón entre ellos) y, alternativamente, si se escogía la votación individual, era evidente que en una votación posterior el actual diputado perdería. Idealmente este procedimiento permitía que la derrota directa no se produjera, el seguro perdedor desistiera de su candidatura y todo solucionado.

El único problema era que nada de esto opera en la actualidad. Es un procedimiento para otra época y para otros actores. Aunque muchos no se den cuenta, la política se está renovando y, junto con ella, los partidos también.

El promedio de edad de la dirigencia ha descendido, las instancias de decisión tienen un cuarenta por ciento de mujeres, las direcciones regionales son nuevas. En el caso de la Junta del PDC, hay un número significativo de integrantes para los cuales esta es la segunda o tercera vez que asisten a un evento de estas características. Son líderes renovados a los que nadie les ha explicado cuales son los métodos “tradicionales”, o que enfrentan las resoluciones a tomar de otra manera.

Como sea, lo que vieron los dirigentes regionales es que se les había pedido un listado de candidatos, que habían cumplido la tarea encomendada, que les había costado mucho elegir y descartar aspirantes y que no querían ver alterada su decisión. Lo que se les preguntó fue si ratificaban 380 postulantes a senadores, diputados (uno de ellos era Rincón) y consejeros regionales que eran, ni más ni menos, los que ellos mismos habían propuesto. Y votaron en conciencia respecto a eso.

Por cierto, el escrutinio tuvo el ambiente tenso propio de un debate nacional. Pero en una misma votación, los delegados expresaron su parecer respecto de distintas cosas. Algunos votaron entre Goic y Rincón, y otros a favor de las propuestas de regiones que no querían que nada se alterara. Es decir, una parte importe sufragó por lo que pasaba por los 379 postulares distintos a Rincón. Cuantos decidieron por uno u otro motivo nunca lo sabremos. Tanto es así que se podía estar con Goic y votar de un modo que la afectaba negativamente por motivos estrictamente locales. De tal confusión no podía salir nada bueno y nada bueno salió. La responsabilidad de que eso sucediera es colectiva.

La lección a asumir es doble. Por una parte es necesario, al interior del PDC, como de todo partido, saber poner en sintonía renovación dirigencial con métodos actualizados de toma de decisión. Los propósitos tienen que concordar con los procedimientos, de otro modo las mayorías no se expresan limpia y unívocamente como deberían.

En segundo lugar, y mucho más importante, los partidos tienen que saber que no pueden tomar decisiones solo pensando en el universo de sus militantes, sino en todos los que miran con interés o simpatizan con un partido. Estoy convencido que Goic perdió una votación pero que empatizó con los ciudadanos. Pocas veces la DC - o cualquier partido - es motivo de conversación familiar a lo largo del país, y eso es lo que ha pasado ahora. Del desenlace de este auténtico drama compromete el futuro completo de la Falange.

Ningún ser humano está exento de errores, las instituciones tampoco. Pero nada impide aprender y enmendar. No veo razones para que Carolina Goic deje la presidencia de la DC, y me parece que la candidatura presidencial, si se centra en valores, tiene mucho que decirle al país.

Goic es una líder, no se conocen líderes que no sufran derrotas, pero la medida de un conductor está en la capacidad de superar lo que otros no podrían. Ella encontró a la DC en una crisis, le dio esperanza y rumbo, no es cosa que la deje ahora en medio de otra crisis. Goic tiene que ser más que un paréntesis y, sin duda lo es.

La Democracia Cristiana también tiene que cambiar. Las decisiones se pueden tomar por muchos caminos sin llegar al drama. Todos tienen una razón que defender, pero también tienen un partido que preservar y que mejorar. El primero que recuerde que el bien común existe y que la fraternidad es necesaria practicarla, habrá encontrado el buen camino.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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