Ofendida

Hace bastante tiempo que no había tenido una larga conversación con mi abuela.Hoy por la mañana me topé con ella y cometí un grave error. Le pregunté, ¿cómo estás, cómo te has sentido? Bastaron unos segundos para comprender que había metido la pata. El primer síntoma fue ver cómo le brillaron sus ojitos con la pregunta.

"Querido nieto, dime una cosa. ¿Tienes unos minutos.?" ... Jaque!!

Qué podía contestar sino un "por supuesto abuela, ...para ti todo el tiempo".

Tomó un sorbo del café que tenía en sus manos y comenzó diciendo.

"Hace ya mucho tiempo que siento incomodidad con la marcha general del país.No me ha sido fácil identificar de dónde viene, quién la produce y qué es realmente lo que siento".

Hasta aquí vamos bien pensé. De hecho, esta frase casi idéntica se la había escuchado ya a varios amigos.

"Querido nieto. Hoy lo he descubierto y me siento aliviada de poder contártelo. Me ofenden las acciones de quienes ostentan posiciones de poder, autoridad o representación . Es cierto que existen honrosas excepciones, y es más cierto que son, claramente, una minoría".

Bueno. Era una declaración fuerte pero aún neutra. Pero mi abuela continuó diciendo.

"La gran mayoría de los poderosos emiten juicios sin dar a conocer el contexto que estos tienen o tuvieron asociados. Desinforman para presentar los hechos de la forma que les conviene. Realizan actividades para dar impresiones y no consecuencias. Redactan leyes y decretos con escaso estudio, preparación o deliberación. Plantean explicaciones sin fundamento y son alérgicos a los estudios concienzudos".

"En fin, nuestras autoridades, nuestros legisladores, en resumen, todos los poderosos, no han estado a la altura de nuestras expectativas. Nosotros, los representados, los que estamos sometidos a la autoridad, los que respetamos el orden establecido, hemos sido constantemente ofendidos".

Yo, a estas alturas, observaba con los ojos y la boca abierta a mi abuela y no me atrevía a decir palabra.

"A ellos les cuesta entender nuestros sentimientos, nuestro enojo, nuestra apatía, esta indiferencia que se acrecienta día a día y que, mezclada con nuestra incredulidad y hastío, han constituido el clima que hoy estamos viviendo".

Abuela, ¿no será una exageración lo tuyo? ¿De verdad tú crees que este diagnóstico es una buena descripción de la realidad ?

Mi abuela ni se inmutó con mis preguntas. Seguro consideró que no valía la pena, y sin más continuó.

"A veces pienso que creen que lo han hecho bien. Deben pensar que somos unos mal agradecidos, que no entendemos, que deberíamos conformarnos. Estoy ofendida y todos nosotros deberíamos estarlo".

Luego de esta sentencia intenté balbucear algo... No alcancé.

"Hemos sido despreciados, humillados, ninguneados por sus palabras y por sus acciones. Es hora de que entiendan que están ahí para cumplir con sus deberes, que sus cargos son de servicio público y que están para demostrarnos, día a día, que merecen el honor que les hemos entregado".

Cuando pensé que la cosa podía empeorar y que tendría que escucharla haciendo un recuento de todas las chapucerías de los últimos tiempos, mi abuela volvió a sorprenderme.

"Yo, como una más de los Administrados, tengo la convicción que todo esto es posible de remediar. Todos los poderosos, aquéllos a los que hemos elegido, como también los otros, deberían pedirnos perdón y trabajar duro para intentar ser los mejores y así remediar el mal causado".

Terminó de decir esto y, sin más, desapareció. No me dejó derecho a réplica.

Yo me quedé pensando mientras terminaba mi taza de café, que mi abuela tiene toda la razón. Mi única duda es si esta "ofensa" que ella describe se puede aún remediar.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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