Piñera Presidente, una derrota cultural

Piñera Presidente representa  un triunfo cultural para la derecha, más que electoral o político. Las siguientes son las razones que me hacen sostener lo anterior.

Una breve aclaración previa, la palabra cultura proviene del latín “colere” que significa cultivar, refiere al cultivo del espíritu humano y de las facultades intelectuales de hombres y mujeres.

La cultura es una especie de tejido social que abarca las distintas formas y expresiones de una sociedad determinada, esto es, las costumbres, las prácticas, las maneras de ser, los rituales, los tipos de vestimentas y las normas de comportamientos son algunos de los aspectos que se incluyen en ella; permite a las personas desarrollar la capacidad de reflexión sobre si mismo, ya que a través de ella se disciernen valores y se buscan nuevas significaciones a los fenómenos.

Chile de la mano de Augusto José Ramón cambió y mucho más de lo esperado, tanto así que hoy estamos llenos de pequeños Pinochet que nos imponen su arbitrariedad, su falta de respeto y de consideración, en las relaciones más cotidianas: empresarios, políticos, profesores, curas, pastores, conserjes, cajeros, autoridades, micreros, policías, y un largo etcétera. Es un fenómeno cultural del Chile de hoy la arbitrariedad.

Pero no sólo eso, sino que también la sociedad chilena asumió un modelo cultural cuya base está en el consumismo, la competencia, el individualismo y con ello la falta de solidaridad.

Así no parece importar mucho que medios se usen para conseguir el otro gran objetivo de la sociedad: dinero. La obsesión por la riqueza y el consumismo tienden a relajar las normas que rigen la relación con el dinero, convertido en el gran  dios contemporáneo. Los pobres y marginados ven en el su camino de liberación y no en las utopías de igualdad.

En una sociedad de esas características, se hace común la inmoralidad en los negocios, léase colusiones empresariales, el tráfico de influencias, las elusiones en el pago de impuestos, el incumplimiento de las leyes laborales y la conexión siempre difícil entre política y negocios.

Todos esos fenómenos son expresiones cotidianas del individualismo competitivo, que no conoce otro precepto moral que el cuidado del interés propio. Lo anterior, sumado a la crisis de las Iglesia Católica, deja a nuestra sociedad sin controles morales, que son los reguladores básicos y esenciales de las conductas públicas y privadas.

Sin duda un fenómeno mundial, que en nuestro país validó fundamentalmente la concertación de partidos por la democracia, que en sus gobiernos, legitimó el neoliberalismo ante el pueblo y pensó que el desarrollo pleno del mercado, la política de los acuerdos y un cierto consenso social que se instalaba en los discursos y esencialmente en  las prácticas políticas de los partidos, dejando afuera de cualquier proyecto a las organizaciones y los movimientos sociales, eran el camino correcto hacia un supuesto desarrollo.

Sus dirigentes no fueron capaces de darse cuenta (o tal vez fue una opción pensada) que esto traía aparejada una consecuencia fundamental, la construcción de un modelo cultural del libre mercado.

No es extraño entonces que, ante el debilitamiento de la cultura de la solidaridad y el ascenso de la cultura del individualismo y el dinero, sea el magnate, quien pese a sus grandes incapacidades valóricas y sus mentiras sistemáticas, quien triunfa.

Parafraseando a Moulian, “sociedades con grandes desigualdades sociales, muestran que la ética individualista se ha impuesto y que esas formas suntuosas del consumo se ven como un derecho. Eso revela un debilitamiento de la influencia de ciertas temáticas colocadas por las ideologías religiosas o políticas progresistas, entre ellos los temas de la solidaridad o de la justicia social. Pero también el consumo hedonista de los sectores populares o de las capas medias bajas se relaciona con el síndrome individualista.”

La tarea es ardua para el progresismo, la reconquista del poder supone enfrentar y vencer la cultura del individualismo con una cultura de la solidaridad.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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