Recuerdo de Alejandro Rojas

Se ha cumplido un mes del fallecimiento de Alejandro Rojas Wainer en la ciudad de Victoria, en Vancouver, Canadá, a la edad de 73 años, y la Universidad de Chile, por iniciativa del rector Vivaldi, efectuó el 16 de mayo un emotivo acto en su memoria, al que asistieron Marcela, su hija mayor, y muchos amigos y compañeros de Alejandro.

Lo conocí en 1967, cuando era presidente del centro de alumnos de Odontología, de la Universidad de Chile. En esos años, ingresó a las juventudes comunistas y se convirtió pronto en un dirigente muy destacado. Estuvo en primera línea en nuestro Mayo del 68, el momento de apogeo del movimiento por la reforma universitaria. Eran los años del gobierno del Presidente Frei Montalva, quien lideró el proyecto de cambios conocido como “revolución en libertad”.

En ese período, se profundizó el debate acerca cuál era la vía más apropiada para que Chile construyera un orden social más justo. Sin embargo, las diversos sectores partidarios de los cambios estaban demasiado convencidos de la superioridad de su propia visión.

En 1969, se produjo un hecho revelador de lo que no percibíamos entonces: el regimiento Tacna del Ejército, con el general Roberto Viaux a la cabeza, se amotinó contra el gobierno de Frei, lo que creo una situación de extrema tensión en el país. Ese día, la Fech, presidida por un democratacristiano (Jaime Ravinet) y la CUT, presidida por un comunista (Luis Figueroa), unieron sus fuerzas para rechazar el intento golpista, que finalmente fracasó.

Elegido presidente de la Fech, desempeñó un papel relevante en la campaña presidencial de Salvador Allende en 1970, cuyo triunfo creó grandes expectativas de una vida mejor en los sectores postergados, lo cual se asociaba sobre todo a una específica metodología sobre los cambios económicos. Alejandro tuvo una relación de confianza y simpatía con el presidente Allende, con quien hasta intercambiaba bromas.

En los años de la UP,  lo veo encabezando los trabajos voluntarios de la Fech en los meses de verano; lo veo también hablando con vehemencia en innumerables asambleas y foros de discusión; lo veo conmovido después de asistir a la primera presentación de la Cantata Santa María de Iquique por el conjunto Quilapayún dirigido por su gran amigo Eduardo Carrasco; lo veo organizando las brigadas de estudiantes que ayudaron en la carga y descarga de alimentos durante el paro de los camioneros y comerciantes, en octubre de 1972. En fin.

En ese tiempo, parecía no haber dudas acerca del horizonte hacia el que debía avanzar Chile. Hubo una expansión de los anhelos de igualdad, pero poca comprensión de los complejos retos que planteaban los cambios. Aquellos fueron años de pasión y entrega a la causa revolucionaria, lo que significó que Alejandro y otros dirigentes juveniles sacrificaran sus estudios universitarios.

En marzo de 1973, Alejandro fue elegido diputado por Santiago en representación del PC, cargo que asumió en mayo. En los meses siguientes, cuando la inminencia del desastre estaba en el aire, Alejandro contaba que al desplazarse por las calles de Santiago experimentaba en carne viva la dura polarización de la sociedad: los allendistas lo saludaban con el puño en alto y los opositores a la UP lo insultaban con manifiesto odio. Los conflictos se agudizaron hasta un punto crítico y, entonces, para nuestra desgracia, se debilitaron las bases del régimen democrático. A continuación, se rompieron los diques.

En la mañana del 11 de septiembre de 1973, cuando ya se escuchaban las marchas militares por las radios, Alejandro se dirigió a la Facultad de Filosofía y Educación de la U. de Chile, el antiguo Pedagógico, en Macul, donde ya se habían concentrado numerosos estudiantes a la espera de información. Muchos pensaban que el país se enfrentaba a un episodio parecido al levantamiento del Regimiento Blindados N°2, ocurrido en junio, y que fue sofocado por tropas del Ejército dirigidas por el general Carlos Prats. Todos los accesos a la facultad quedaron bajo control de los estudiantes, y Alejandro decidió permanecer junto a ellos.

La decisión era apoyar de alguna manera al Presidente Allende, pese a que se ignoraba por completo la dimensión del levantamiento militar. A pocos metros de la facultad, funcionaba unas dependencias de la Fuerza Aérea, y era muy alta la posibilidad de que los efectivos militares tomaran por asalto el recinto universitario.

Fue entonces que un respetado académico de la facultad, el profesor Fernando Ortiz Letelier, dirigente además del PC, actuó con enorme responsabilidad y ordenó a Rojas y los demás dirigentes estudiantiles que desalojaran completamente la facultad. Debió recurrir a toda su autoridad política para imponerse. Les explicó que estaba en marcha un movimiento militar en gran escala. Finalmente, los estudiantes procedieron a evacuar el recinto. Es probable que ese día el profesor Ortiz haya salvado no pocas vidas.

Nada revela más elocuentemente la catástrofe del 73 que el hecho de que se volvió relativo el valor de la vida humana. Fue el derrumbe del patrimonio de civilización acumulado por varias generaciones, uno de cuyos pilares era el recurso de habeas corpus, anulado de hecho a partir del día 11.

El bando N°10 de la Junta Militar notificó a Alejandro Rojas que debía entregarse a las nuevas autoridades. Entonces, ya no pudo volver a su hogar, y empezó a saltar de casa en casa, protegido por camaradas y amigos, entre ellos el músico Eulogio Dávalos. E

n noviembre, cuando las patrullas militares controlaban las calles de Santiago, Alejandro abandonó  la casa de Josefa Errázuriz, en la que había permanecido varias semanas, y se desplazó hasta la embajada de Finlandia, que representaba los intereses de la RDA. Lo acompañaron en un vehículo hasta la entrada de la embajada dos amigos entrañables, la doctora Cecilia Sepúlveda y su esposo, el sociólogo Hugo Rivas.

Alejandro partió al exilio en la Navidad del 73. Sus responsabilidades políticas lo condujeron a Praga, Checoslovaquia, donde pasó a desempeñarse como vicepresidente de la Unión Internacional de Estudiantes. Vivió en ese país entre 1974 y 1976. Allí nació su hijo Daniel. La experiencia de conocer un país del llamado socialismo real fue determinante para que él reivindicara su autonomía intelectual y consiguientemente política.

Dejó Checoslovaquia y se trasladó a Ginebra, Suiza, donde trabajó en oficios modestos como la venta de café en los trenes para poder estudiar ciencias sociales entre 1976 y 1978. En ese período, jugó un activo rol en la denuncia de los crímenes de la dictadura de Pinochet ante la Comisión de DDHH de la ONU, con sede en Ginebra.

En 1979, Alejandro se instaló finalmente en Canadá, un país del que aprendió mucho y en el que nació su hijo Tomás. Alcanzó los grados académicos de máster y doctor en filosofía (PhD), con mención en sociología, otorgados por la Universidad de York, en Toronto. Dedicó su tesis de doctorado al análisis crítico de la experiencia de la UP. Luego, vino un viraje en sus intereses intelectuales y pasó a identificarse con los fundamentos de la ecología.

En ello, influyeron sus vivencias en un país en el que la cultura ambientalista era muy fuerte, pero también su fructífera relación con algunos representantes de la sensibilidad ecologista en Chile, como Bernardo Reyes, Juan Pablo Orrego y Manuel Baquedano, grandes amigos suyos.

Alejandro estudió la relación entre los sistemas alimentarios, el medio ambiente y la agricultura sustentable. Sus investigaciones lo llevaron a concluir que el desafío vital era entender las cualidades transformadoras del alimento en la vida de las personas, y por ende, atender nuestros vínculos con la tierra.

Entre 1985 y 1992, fue profesor auxiliar de la Facultad de Estudios del Medio Ambiente en la Universidad de York. Luego, integró el Departamento de Biología Aplicada y Estudios Integrados en Sistemas de Terreno y Alimentos, en la Universidad de British Columbia, en Vancouver.

También efectuó estudios de pos-doctorado en antropología ecológica. En 2010, fue designado junto a otros 15 académicos, como líder científico en British Columbia. Dedicó muchas energías al proyecto “Comer y pensar verde en la escuela”, y tuvo la alegría de transmitir esa experiencia en la U. de Chile, en los últimos años. Su entusiasmo ecologista era contagioso. Vibraba al relatar sus experiencias en la creación de huertos en las escuelas.

Alejandro tuvo la posibilidad de recapitular lo vivido, lo soñado y lo aprendido. En el libro “Conversaciones con la Fech” (1988), de Ricardo Brodsky, formuló una inequívoca autocrítica acerca de su responsabilidad en los años previos al golpe de Estado.

No escabulló el reconocimiento de su participación en un estilo de hacer política que, según sus palabras, era excesivamente confrontacional y dificultaba la formación de consensos amplios para proteger la democracia chilena de los intentos golpistas.

A su juicio, "la solución de este problema era la creación de nuevos y más variados mecanismos de participación, representación y construcción de consenso, y, por ningún motivo, el establecimiento de una tiranía que cerrara todo el espacio de nuestra democracia representativa. Se necesitaba una democracia más profunda, no la eliminación de la democracia".

Con Alejandro cotejamos muchas veces nuestras vivencias y lecturas, nuestras visiones de la evolución de Chile y el mundo, tratando de evaluar lo que habíamos aprendido en el camino. Hablábamos de la exigencia de pensar sin concesiones. Discrepábamos en esto o aquello, pero coincidíamos en lo esencial: la necesidad de no cejar en la lucha por una sociedad más justa, más humana y solidaria, aspiración necesariamente ligada a la defensa de las libertades. Coincidíamos en que el corazón de cualquier proyecto de progreso debía ser la defensa consecuente de los derechos humanos en todo tiempo y en todo lugar, y el compromiso con el régimen democrático.

Alejandro Rojas fue un hombre íntegro y generoso. Un alma noble sin duda, que dejó una nítida huella de humanidad entre nosotros.

Al final de la dictadura, publicó un trabajo titulado “La política como celebración de la vida y como construcción de espacios de esperanza”, lo que a su juicio exigía reconocer que la sociedad es multicolor, articular los fines y los medios, y perfeccionar el régimen de libertades. En su homenaje, celebremos la vida y construyamos espacios de esperanza.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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