Ezzati, una vez más

Una vez más ha sorprendido al pueblo católico y no católico las declaraciones de Ricardo Ezzati.

La ciencia médica y destacados profesionales de sexología, psicología y pedagogía se han ido preocupando, cada vez más, por los transexuales y en especial por los niños  y su vinculación con el entorno familiar, social, educativo, legal y sanitario con los que le corresponde enfrentar su condición, condición que ellos no buscaron.

Los transexuales reciben permanentemente rechazos humillantes por parte de la sociedad y muchas veces de su propio entorno familiar.

La condición de transexual no es una decisión personal, puesto que el individuo nace con esa característica de sexualidad a la que ellos no optaron. Fue Dios, quien en su plan de vida para la humanidad nos entregó también esa posibilidad.

No podemos atentar en contra de su voluntad puesto que al igual como nos creó hombre y mujer, también permitió que una pequeñísima minoría nacieran con una identidad distinta.

Cada vez es más evidente y así lo constatan los estudios más avanzados, que la transexualidad no se adquiere y que, además, no es posible revertirla.

La identidad sexual está completamente asentada desde los primeros años de vida como característica inherente y propia de la persona, haya nacido hombre o mujer, pero que en su corazón, en su mente y en su comportamiento de vida, no se sienten identificados con lo que su cuerpo representa.

En la mayoría de los casos la transexualidad se descubre en algún momento de la infancia. Al nacer y en los primeros años de vida nada aparenta lo que posteriormente les ocurriría al constatar, especialmente en su entorno más cercano, como el niño o la niña  comienzan a expresar un comportamiento no normativo a su género o una insatisfacción profunda respecto al sexo con el que llegaron al mundo.

El sufrimiento de estos niños es inmenso ante el rechazo de los demás y optan por esconder su condición de género que les nace de lo más profundo de su alma, especialmente cuando advierten ese rechazo al comportarse genuinamente como ellos lo sienten y no como se espera de ellos en su entorno.

Por su parte, los familiares cercanos, ya sea por vergüenza o desconocimiento, tratan de esconder o negar cuando perciben que el niño o la niña, manifiestan inconscientemente actitudes y comportamientos diferentes a los que se les asignó al nacer.

Cuál debe ser nuestra actitud cristiana ante tanto sufrimiento y dolor? ¿Sumarnos a las burlas descalificadoras y la exclusión social?

Qué haría Jesús en nuestro lugar al constatar en algún hermano nuestro su condición de transexual?

Por cierto que no diría ni actuaría como lo ha hecho el cardenal Ezzati.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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