¿Prohibido amar?

Según la última encuesta de Latinobarómetro realizada a principios del año en curso, la aprobación del Catolicismo en los chilenos registró un significativo descenso, desde un 80 % en 1996 a un 36 % durante el 2017.

Resalta la notoria diferencia con respecto a otros países del continente (salvo Uruguay cuyas tasas son similares a las nacionales), cuyo promedio de aceptación se encuentra en torno al 55 %.

¿Qué sucedió en estos años para tan abismante caída?

¿Dejamos de identificarnos como un pueblo mayoritariamente "católico"?

¿Es la respuesta natural ante actos de violación a los derechos humanos?

¿Es sólo la repercusión del caso Karadima, la adhesión a los nuevos Pontífices, o la combinación de ambas?

¿Es la consecuencia del notorio encubrimiento de abusos a la inocencia humana?

Claramente todas las interrogantes mencionadas son válidas y, en mi opinión, hay un detalle aún más profundo y sutil, que tiene que ver con nuestra intimidad personal y la relación con el mundo en que vivimos.

En los años '70 gran parte del país fue víctima de una extrema represión, caracterizada por la ausencia de valores tan importantes como la capacidad de expresarse y manifestarse libremente, situación que impactó especialmente en una limitada autoestima, personalidad y valoración.

Algunos lograron escaparse de esta tormenta, otros sólo vieron en la sumisión la única expresión del amor por sí mismos.

A posterior, el país paulatinamente comenzó a expandirse, a mirar con ojos de admiración los positivos avances dentro del orbe y, principalmente, a despertar al hecho que éramos dignos de crear, comunicar, hacer y, porqué no, gobernar.

Nuevas caras comenzaron a encaminarnos hacia la democracia, nuevas influencias y pensamientos irrumpieron generando diferentes shocks respecto a nuestra auto imagen y como queremos ser vistos por los demás, nuevas manera de sentir la vida en profundidad aparecían como disponibles.

¡Qué tremendo cambio se ha generado en la sociedad en las últimas décadas! Sin embargo, algunas instituciones no han percibido este movimiento y, en su ceguera, han intentado mantenernos atados al castigo, culpa, dolor, inclusive adorando ilusoriamente a un hombre de amor, colgado sufriente sobre una cruz.

Muchos nos cansamos de eso, de vivir culpándonos, auto criticarnos por todo y ante todo, de entrar a un lugar donde el frío se siente desde el principio hasta el fin de nuestras entrañas.

A lo mejor, espontáneamente estamos cultivando una nueva religión, donde no son necesarios los conceptos sino el "lenguaje del corazón"; en el amor de pareja, en una sencilla cena en familia, en un taller de arte o escritura, en el respeto de los animales y naturaleza, en la dignidad de niños y ancianos.

Quizás, nos cansamos de "darnos la paz" sin ninguna intención amorosa detrás, salvo cumplir con un estricto protocolo.

Quizás, nos cansamos de una religión de elite.

Quizás, nos cansamos del silencio a cambio del ostento de poder.

Quizás, nos cansamos y decidimos comenzar a amarnos y respetarnos desde otra perspectiva.

El país ha evolucionado, con uno que otro fallo; sin embargo, de ser un "país culposo" estamos dándonos poco a poco la oportunidad de vivir sin creencias auto impuestas y percatándonos del principal templo que todos disponemos "la vida misma".

Esta caída en los indicadores es un ¡basta!, es un nunca más digo "si" cuando realmente quería decir "no", es una declaración sincera de nuestro pueblo que indica "no me engañes más con palabras" demuéstralo con actos y humilde dedicación.

Espero que nos olvidemos que está "Prohibido Amar". Que en definitiva, el amor es muy diferente a la culpa y  la represión.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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