Scicluna ante la complicidad y el encubrimiento

Se acusa al obispo Barros de presenciar los abusos sexuales de Karadima, ser partícipe activo del enjuiciamiento de víctimas, hacer desaparecer una carta denuncia de estos abusos y de activo defensor de Karadima, aduciendo motivos ideológicos de izquierda, viajando a Roma y articulando a otros a escribir cartas en defensa.

Quien, sin ser autor, coopera de distintas formas en abusos, desde avalar lo que ve, proteger el escenario donde ocurre, silenciar toda voz discordante, ser testigo mudo y hasta ejecutar actos sin los cuales no habría habido abuso, es cómplice y sostiene un acuerdo al menos implícito de voluntad con el abusador.

Si luego, incluso pasado mucho tiempo, hace acciones que impiden  conocer los hechos, o defiende la inocencia del abusador dando testimonio falso y acusando a las víctimas de mentir, entonces además es un encubridor.

Hoy valoramos los cuidados preventivos del abuso al vulnerable. 

Abuso de poder, abuso sexual, abuso de autoridad, abuso sexista, abuso policial… ab-usus, ab-uti… Excederse en las posibilidades más propias de alguien. Se abusa desde una posición de supremacía. La historia muestra que el abuso se naturalizó en muchos ámbitos.

Los reclamos, antes en Boston y ahora en Osorno, ponen luz donde había sombra y ceguera. Solo ha iniciado este proceso de hacer claridad, pues el abuso sigue operando como herramienta eficaz de resultados de la más diversa índole. No solo sexual.

El abuso opera a partir de un interés intenso y persistente del abusador, sin considerar el bien de la persona. La primacía la tiene su hacer y goce, por sobre el ser del otro. El otro está al servicio, reducido, sometido y descompuesto en su dignidad. Es llevado más allá del límite existencial en donde sabe quién es.

Quien abusa arranca del abusado ese saber íntimo de su pertenencia e identidad, dejando confusión y silencio que pueden durar décadas. El abusador se ha otorgado a si mismo poderío sobre la verdad de ese saber íntimo convirtiéndolo en placer y ganancia para sí.

Esencialmente el abuso es un poder destructivo que descompone el habitar común, pues usurpa del ser en el que pertenecíamos juntos y diferenciados. La usurpación se vuelve cotidiana y normativa, se hereda como privilegio de abusador a discípulo e iniciado.

Quien usurpa se entiende a si mismo no desde su co-pertenencia en el ser común, sino desde una creencia idolátrica sobre si mismo en tanto elegido como destinatario de lo usurpado, incluso como si su usurpación fuese beneficio para los abusados.

Experimenta satisfacción y no culpa. Los abusadores se sienten dadivosos, pues “dan oportunidades” para que sus sometidos alcancen una nueva dignidad y pertenencia.

El arzobispo de Malta tiene, sustancialmente, la misión de restituir lo usurpado y acabar el negocio del abusador y de sus secuaces. Parece tarea imposible y Karadima no ha concluido. La negativa del obispo Barros es a no ver la usurpación, pues solo reconoce su lugar en el poder sagrado y a sus incondicionales seguidores.

Quizá cuando vea y clarifique su propia pertenencia e identidad, verá cuán deteriorada está su propia dignidad en el destino común. Tarea imposible - para Dios nada hay imposible - pues no es solo un obispo, o algunos obispos, sino un esquema institucionalizado del abuso. No puramente en la institucionalidad clerical católica, sino en como se instituye el hacer cotidiano de grupos humanos exentos de pensamiento crítico.

Cuando el abuso ocurre en un espacio donde el asombro por lo sagrado convoca a muchos, el abusador abusa también de lo sagrado, descompone la dignidad de lo sagrado usándolo más allá de su límite, al servicio de su particular placer.

El poder sagrado del abusador se auto-protege del pensar crítico reclamando obediencia, sometimiento de la conciencia y sacrificio del cuerpo. Amenaza de acusar y enjuiciar al traidor, al descarriado que se resiste. Y esto dice obispo Barros que no vio.

Efectivamente, no lo pudo ver y todavía no lo ve, pues solo sigue viendo su necesidad de poder sagrado, su puesto en la jerarquía a costa de los abusados y de la comunidad.

La tarea del arzobispo Scicluna tiene como efecto una oportunidad para que vislumbremos que las instituciones deben ponerse al servicio de la dignidad de ser. No lo contrario. Pero ésta ya es tarea para muchos. Si en lo inmediato nada cambia, serán determinados personajes quienes pierdan la oportunidad de participar en la tarea de dignificar las pertenencias humanas.

No hay marcha atrás, ahora vienen las definiciones: cuidadores del ser o abusadores. Cuidar a costa de medrar resultados, o seguir prefiriendo abusar, excediendo las posibilidades de personas vulnerables.

Cierto, el abuso no es patrimonio del clero católico. El abuso es una posibilidad enferma de pertenecer, en cualquier contexto en que se dé. Que un abusador encuentre oportunidades en el clero católico o en otro espacio donde el asombro por lo sagrado convoca, le hacen alguien especialmente dañino y peligroso.

Sin duda las remociones de cargos serían buenas señales, pero insuficientes si no se piensa críticamente aquello institucional que favorece oportunidades a abusadores que usurpan y deprendan morbosamente para su goce particular.

La Iglesia, comunidad de creyentes convocada por el Espíritu en Cristo, sufre. La institucionalidad clerical pasa por una crisis mayor. Se oscureció su esencia, servir. El abuso requiere poder. El servicio hace vulnerable. 

Parapetados en el poder, las defensas corporativas operaron automáticamente para no ser vulnerados. Osorno no se rindió, no fue sumiso al abuso de poder. Tuvo que venir de Malta un servicio de escucha y acogida… tan vulnerable que padeció.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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