¿La Copa? sólo por los nietos

Ismael Llona
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Por mis nietos qué bueno que ganó Chile a Argentina.

Por mis nietos, que creen que el fútbol es un deporte, lo juegan todas las semanas y lo ven en la TV cada vez que los dejan, después de hacer las tareas. Que son hinchas de Chile, de Vidal y sobre todo de Medel. Que saben, porque se lo hemos contado, que existió Elías Figueroa, uno de los dos mejores defensas centrales del mundo; Sergio Livingstone como arquero; Leonel Sánchez como extremo izquierdo; René Orlando Meléndez y Jorge Robledo como centros delanteros, y Jorge Toro como armador. Que saben harto de Zamorano y de Salas.

Por mis nietos, que dibujan perfecto futbolistas desde muy pequeños, que relatan partidos europeos desde los 5 años, que arman selecciones en sus cuadernos, no sólo de Brasil y Argentina sino también de España, Holanda, Inglaterra, Italia y otros. Que son eximios entrenadores desde los siete años de edad. Que conocen y analizan cada jugada, cada polera y cada par de zapatos o zapatillas de los seleccionados de aquí y de afuera. Y que valoran, como lo más, el regalo de una pelota aunque sea comprada en la Estación Central. Por cierto una polera. Tienen de Peñarol y Nacional, de River y Boca, de Liverpool y Chelsea, de Barcelona y Real Madrid, de Argentina y Brasil y, por cierto, de Chile. Han ido acumulando año tras año.

Pichanguean en la calle, en el patio, en el colegio y en las canchas en que se exigen más a concho.

Sólo por ellos estoy contento que Chile sea el nuevo Campeón de América.

Y algo por mí, pero no mucho. Recordé una imagen tenue, un poco confusa, del Sudamericano de 1941 (mi padre me llevó al apa al Nacional, tenía 38 años y yo 4) y ya jugaba Livingstone, que poco después fue capitán de Racing;  varias del Sudamericano de 1945, en el Nacional, que vi con mi joven-viejo, donde goleamos a Bolivia y Ecuador, ganamos a Uruguay, empatamos con Argentina y perdimos con Brasil 1-0, con gol de Ademir. Livingstone fue el héroe.

Y el Sudamericano de 1955, con las entradas compradas por mi tío Ernesto, ese partido final con los pisotones salvajes y los muertos colocados sobre las boleterías del Nacional, que perdimos con Argentina 1-0, con gol de Michelly, que no vimos porque no pudimos entrar al Estadio, atestado, lesionado y anárquico. Jugaba Escutti, el mismo de 1962.

Me alegré por mis nietos.

No por la industria internacional del fútbol, que maneja la FIFA y que en América y Chile tiene  sucursales similares. Ésa que hace pagar entradas al estadio incomprables para los aficionados habituales, y que se interelaciona, en los negocios, con los grandes medios, la banca, las empresas que fomentan el chovinismo, el negocio del mercadeo y el sueño de un país alegre.

No por los que pagaron al entrenador 800 mil dólares adicionales por el triunfo.

No por los “comentaristas” deportivos, es decir por los publicistas deportivos, que ni siquiera coordinan lo que hablan o escriben. Si hubiera sido por ellos, habría preferido que perdiera Chile, que se fuera a la mierda la selección.

Tampoco, menos, por los auspiciadores, los grandes bancos que entregaron en la final los premios (el Santander entregó el premio de “la selección más limpia” del torneo al segundo equipo más sucio y faulero de la competencia, pensando seguramente en un nuevo negocio en Perú).

Ni por el juez que, al final, le hizo cariño a Vidal, que había manejado borracho e insultado, objetivamente, a un par de normales carabineros.

Por mis nietos sí, y por todos los niños como ellos. Esos que sueñan con el fútbol, pichanguean en cualquier parte y ven a “la Roja” como a los Simpson o a la familia de  Batman, si la tuviera.

Con la recomendación a los niños, claro, que sigan soñando y que luchen mucho, en lo que les queda, para que, cuando grandes, no pasen la vergüenza de vivir en un país donde todo es negocio y negociado y donde una entrada para ver un match del deporte más popular, no del polo o del golf o del tenis, cuesta algo así como diez sueldos mensuales.

Y en la selección, por Medel, que dejó el pellejo, corrió, pateó y cabeceó con la fuerza de los de abajo de verdad. Y por Beausejour, que dedicó la victoria a los que sufrieron y cayeron en el Nacional en 1973.

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