Las libertades de un bus

Los ecos de su más que problemático paso aún no se extinguen del todo en las calles. El ruido que reverbera todavía en los oídos no es el de su motor, igual al de muchos otros que entretejen la cacofonía habitual de Santiago, sino el de las palabras que intentó arrojar en la cara de todo el mundo. El así denominado “Bus de la Libertad”, ha cumplido otra escandalosa escala de su viaje, menos golpeada su carrocería, como se temía, pero sí con el enfrentamiento de rigor entre quienes estaban en contra de su tournée y quienes adherían a sus habituales polémicas leyendas desplegadas a lo largo de su estructura ¿Será posible intentar esclarecer el valor auténtico de su impacto a nivel sociocultural cuando ya va desapareciendo de la feble atención de los medios?

El mensaje de este armatoste naranjo representa claramente el malestar de un segmento ideológico muy claro y preciso. Bajo nombres de entidades que se me antojan de fachada, hay un malestar con nombre y apellido que se resiste abiertamente a un proceso de cambio cultural que es, a todas luces, irreversible.

La identidad de género, su respeto consagrado legalmente y la protección consecuente de los derechos de niños que decidan libremente a optar por semejante identidad es combatido antes que con ideas, con slogans agresivos y campañas del terror que recuerdan en su retórica de pendiente resbaladiza los aciagos días del Sí y del No.

Cuando el bus grita desde sus paredes metálicas que busca “más familia y menos Estado”, no es un grito popular el que se hace presente, el bus no habla por la gente de a pie, como afirma, sino que reproduce un resquemor más que moral, uno político inconfundible.

Es por eso que sería de rigor tener datos pormenorizados más que de la histeria destemplada y la poco clara carrera de su bien cobijada vocería, sobre quién realmente financia la loca carrera de un bus que se toma quizás demasiadas libertades en su irresponsable recorrido.

De hecho, llama la atención su fuerte resguardo policial, que le llevó a pasar por varias calles con luz roja, nada mal para un hermético vehículo con una serie de infracciones previas impagas y la carencia de papeles en regla para circular, privilegios que no cualquier ciudadano tiene. Esta exclusividad de tránsito ya arroja luces sobre sus discretos mecenas.

Otra cosa que llama la atención es el tono de su mensaje, extrañamente contestatario, extraño tomando en cuenta del sector del cuál proviene que no se caracteriza precisamente por valerse de gestos de protesta tan propios de sus adversarios, por lo que se ve, más bien como un acto de apropiación de tácticas de guerrilla mediática de parte de un bando que tradicionalmente no hace uso de estos métodos y que, en realidad, se vale de otras vías más eficaces de influencia.

Esa apropiación es la que me interesa. ¿Están optando las fuerzas conservadoras por una flagrante gentrificación de los métodos de protesta de sus enemigos? Ante la atomización de los así llamados grupos progresistas y su disolución nivel ghetto en pequeñas discusiones mezquinas y búsqueda de burdas granjerías, los grupos neoconservadores han aprendido, y rápido. Ahora pueden, de un efectivo latigazo verbal, instalarse en la opinión pública y recordarnos que ellos siguen ahí y que dicen revelar la verdad y defender, en nombre de Dios (recurso que aún convoca en un país supuestamente laico) los intereses de la familia, amenazando con penas apocalípticas la injerencia de la supuesta perfidia gubernamental en asuntos privados.

Bien es sabido de quien esté mínimamente conectado al modo de hacer las cosas hoy en día, de que el lenguaje crea realidades. Estas agrupaciones que se definen como cristianas pretenden imponer la que ellos dicen que existe, pero que no pasan de ser imaginarios constructos verbales flotando en un aire enrarecido.

Dicen conocer el auténtico trasfondo de leyes siniestras que nos arrebatarán a nuestros hijos y los arrojarán en los sórdidos calabozos del SENAME, y quien se resista irá a la mismísima cárcel, tal como ocurre en otras nefandas naciones, (desarrolladas todas), las que revelan, en último término, la consagración de horrores como la pederastia que ellos asocian unilateralmente con lo que ellos llaman una “dictadura gay” (SIC).

Cabe preguntarse si este bus recorrió la Santa Sede preguntando por las víctimas de pedófilos pertenecientes al clero. Aun así, acusan sin fundamento a países como Canadá, (que no ha legalizado ni la pedofilia ni la zoofilia), o España, (que sólo quiere defender legalmente al mundo LGBT de la continua agresión física, verbal y simbólica de la que es objeto), hasta a la tan admirada y rigurosa Alemania. En este punto me detengo un poco.

En ese país no hubo familia presa, el padre se negó a pagar la multa por no llevar a su hija al colegio a una clase de educación sexual parte de un programa escolar legalmente sancionado, y, como consecuencia, pasó una noche en prisión, como en cualquier parte donde la ley funciona; a la madre se le respetó su condición de embarazada y permaneció en su casa; luego, la familia se trasladó libremente a Rusia, de donde, también sin traba alguna, regresaron luego a Alemania. En serio, ¿de qué dictadura o persecución hablan?

Con todo, se argüiría que el paso del “Bus de la libertad” había logrado un efecto positivo: poder vulnerar una barrera cotidiana entre los chilenos, la indiferencia, y producir un fenómeno que no sólo me hizo pensar en la detención de Pinochet en Londres o la aún más noventera “Casa de vidrio”.

La gente volvía a debatir en las calles temas importantes. Pero el bus lo que hace, como dije, es hacer ruido mientras viaja y, al final, las voces que discutían, acabaron confundiéndose en un mar de descalificaciones mutuas, insultos, y, por ende, cero ideas; de la palabra se mudó al grito primario en un abrir y cerrar de ojos. El debate, la discusión en serio es algo temido en Chile, el lenguaje y su poder también, por eso lo mejor es callarlo o volverlo puro ruido blanco, como el del cierre de las transmisiones.

Finalmente este bus de la así llamada libertad, ¿la libertad de qué tipo de gente se está defendiendo? No la libertad de todos los padres, sino, en verdad, la de un cierto tipo de padres, los de un sector que sólo se ha dedicado a defender su exclusiva libertad privada, ignorando como siempre que el resto también tiene derecho a la suya.

¿Será que aquellos que antes se opusieron a la instrucción primaria obligatoria, al voto de la mujer, a la reforma agraria, al divorcio, y hoy, al aborto y la protección de niños con orientación sexual distinta son los que aplauden, de una manera u otra, este estentóreo y ridículo adefesio en ruedas? ¿Siguen temiendo la pérdida de beneficios o del orden que se los ha entregado sin reservas? No creo que se busque eso con leyes que sólo buscan defender el respeto por los derechos de todos los niños de Chile, tengan la identidad que tengan.

El debate, entonces, no debe acallarse o volverse un día en una avícola, sino que debe emanciparse y llegar a todos los rincones de la sociedad, sin odio, miedo ni violencia, para buscar asegurar el bienestar real e integral de los niños. Sus derechos no son cosas de comunistas. Ya basta.

Adiós, Bus de la pos verdad, dudo que te extrañemos.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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