El Che, las palabras y Piglia

María Moreno, otra argentina escritora solo ayer los unía, desde esos últimos esfuerzos por escribir y leer hasta el umbral de la muerte.

¿Qué necesidad había de leer y para eso acarrear bibliotecas a una guerrilla incierta?

¿Qué significado tendría escribir cuándo sólo restaba el movimiento de un ojo y el cuerpo ya no respondía?

Agotadas las fuerzas, cercados por las condiciones, resisten como ese último lector y escritor que podrá salvar la humanidad.

Ante la ignorancia avasalladora del poder del dinero, la inteligencia.

Ante la quema de libros y la persecución de Savonarola, sólo queda leer y escribir.

Son épicas distintas que tienen en común eso de llevar la vida hasta el límite y porqué no, testimoniar en vivo o en directo, como hoy le llaman a estar ahí, haciendo la crónica de tu final interrumpido en un día marcado o en un mes en ese diario por dejar.

Cada uno en lo suyo. El Che Guevara como revolucionario latinoamericano e internacionalista. Convencido que esa es la hora de los hornos. Y como un profeta de los estímulos de ser mejor persona, o como significó en el binario del decir, el hombre nuevo, sin poder anticiparse a la diversidad de hoy. Todo, ocurriendo antes del consumo frenético y los cyber days de letra chica.

El Che no conoció a Ricardo Piglia. El escritor se ha hecho a pulso entre sus clases y textos de encargo. Sus lecturas son laboratorios precisos para descubrir técnicas y densidades tras tal o cual obra. Su precisión es la de un testigo de época que convive con redes de lectores y escritores.

Que conversa y despunta idea entre bares. Piglia es urbano y argentino. Y vivirá aún más que el doble de su compatriota guerrillero.

Cada uno es cada quien, pero Piglia no podrá saltar al Che en su último lector. ¿En cuántos talleres jóvenes escritores releen a Piglia buscando descifrar sus mensajes agazapados tras Renzi?

¿O escudriñando lecciones de construirse como escritora?

¿Quizás el Che ha vuelto con las comunidades originarias y desde ayer ya está en Quito para darle por el trasero a ese Lenin de pacotilla?

En muy diversos sitios y circunstancias las palabras de Ernesto y de Ricardo andan por ahí, tienen ecos. Ni siquiera se trata de un texto en particular o de una frase lejos de la otra, son sus palabras de argentinos brillantes sin chutear la pelota ni ser Spinetta. 

Y Piglia escribe en sus diarios, “…y su estrella de cinco puntas en la boina, que parece ser un tercer ojo en su cara tan argentina”.

Antes de las armas y los compromisos liberadores, Ernesto Guevara de la Serna se hizo y fue temprano lector.

Dicen que en su adolescencia en Rosario se fue adentrando en Julio Verne y Jack London. Prosiguió con Horacio Quiroga y Pablo Neruda. Tampoco ignoro a Sigmund Freud, Carlos Marx y Federico Engels. Mucho menos a poetas españoles como Antonio Machado y Federico García Lorca, o a franceses como Charles Baudelaire y Stéphane Mallarmé.

Seguramente, esas lecturas transportadoras fueron su cemento estructurante en su sed de justicia y en sus lecciones de ética.

Y quizás, también de su temprano desapego de poderes, mientras en cualquiera parte del mundo quedara algo por hacer, así fuera en África o en Bolivia.

Las lecturas nutrieron la pluma de esos diarios de viaje, de esas notas americanas y también de sus diarios de guerra.

Los libros viajaron en maletas y mochilas, porque fueron parte de las necesidades indispensables en cualquier lugar de su periplo de médico de pueblos. Antes fue la alfabetización y después la educación para seguir internacionalistas.

Ese último lector que escribe Piglia, que lee arriba de los árboles o con ataque de asma es el Che, que ha llevado más libros a esa última batalla: Benedetto Croce, las Memorias de Winston Churchill, o la Fenomenología del Espíritu de Georg Wilhelm Friedrich Hegel.

De Trotsky, La revolución permanente y  de Tupac Amaru, el rebelde de Boleslao Lewin, una Historia económica de Bolivia de Luis Peñaloza y la Contribución a la crítica de la filosofía del derecho de Hegel de Karl Marx y la Lógica de Aristóteles. Además de la sempiterna poesía de Neruda y Hernández.

El Che escribe. El Che lee. El Che combate. Al Che lo matan. Al Che lo recordamos. Al Che lo vivimos.

No se conocieron. El Che vivió 39 años, Piglia 75. Repito algo escrito por Piglia en sus diarios: “Cada generación lee del mismo modo una serie recortada de libros y eso es lo que la identifica y lo que se ve en lo que escribe”.

Porque el socialismo o como le digamos a lo que no es esto, no era sólo una fórmula de fuerzas productivas y medios de producción, porque sin el cambio cultural y de conciencia, poco sucedería y cada vez que ocurra volveremos a ser lobos hambrientos, o mejor dicho exculpando a los lobos: seres humanos reproductores del capitalismo.

La corrupción y el poder también se apropia de lo que era para todos. Porque en el presente, seguirá actual la preocupación del Che sobre el tipo de estímulos para que exista coherencia con lo nuevo.

Y estamos viéndolo. No hay defensa ni justificación alguna para el capitalismo en su traje neoliberal que no sea buscar y buscar la forma de superarlo inventando sociedad y formas más justas de poder y reparto para enfrentar la alienación del consumo.

El Che hoy estaría resignificado en los alertas del cambio climático, en la protección de la Amazonía y las culturas y pueblos originarios, en el respeto a todas las diversidades y saludaría al Che de los Gays sin homofobia izquierdista, mientras se tomaría unos mate con Pedro Lemebel comentando ese último y controvertido documental.

El Che no ha pasado, sólo nos queda re-significarlo para estos tiempos.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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