Un libro, Camino en la oscuridad

Desde nuestro país pudimos migrar cómodamente. Incluso volver sin peticiones al muy tremendo y terrible poder. Muchos otros no alcanzaron a embarcar y quedaron en tierra y bajo tierra. Algunos, después de dificultades, partieron y al volver entregaron testimonios que se encuentran en este libro.

Si recuerdan la familiaridad con la que anestesiamos la emoción, este libro nos invita a descubrirla mientras leemos con asombro y contagia a mares. No es una apología al dolor bien sufrido que llevaba, dijeron, al Paraíso común.

El que escribe es Juan Casassus, un hombre contemporáneo que narra su experiencia en nuestro apartado lugar del planeta donde ocurre y ha ocurrido de todo lo que podemos imaginar, incluso más. Es relatado en esta auto-biografía y auto-reflexión. Son vivencias de él que fueron martirios de muchos. Nos vamos por la vereda de su camino, en silencio.

El tiempo no ha borrado los acontecimientos que el autor padeció en esos meses y que para otros fueron nobles hazañas. Los que torturaron sin piedad y sus jefes, de lo más bien, gracias.

Sin embargo el autor medita y escribe en un texto nada fácil, acerca de ¿quiénes somos y por qué somos así? Si algo entendemos del concepto de evolución, somos productos de una compleja selección natural que hoy nos presenta perceptiblemente como seres bondadosos o crueles. La Naturaleza no elaboró un diseño del ser humano ni tuvo un proyecto para producirnos.

A diferencia de cualquier diseño hecho por un ingeniero, la evolución no previno qué humano o humana íbamos a resultar. Si nacíamos iguales, la crianza, el medio, el dinero y la educación nos moldearía diferentes. No hubo apuesta: lo que salió, salió y se modifica.

Desde la edad joven, ¿por qué a veces pensábamos que no llegaríamos tan lejos? no es bien visto caer preso, pero hace 40 años –sin perder su mala fama– ser detenido y confinado no venía al caso referirse a violar la rectitud ni a quebrantar la moralidad. No se necesitaba delito, dolo o sospechas. Ocurría sólo por pensar diferente y esto podía ser terminal. Pero ¿y la justicia? No, estimado lector, entonces no teníamos justicia en nuestro país.

A Juan lo sacaron de su casa (aquí nada de anonimatos, fueron los milicos!) y en las empinadas salas de la Escuela Militar, mientras en paralelo se ofrecían piadosas misas, lo torturaron a pasto (sustento de animal). Repitieron las torturas y misas hasta trasladarlo a Los Álamos y a Ritoque. Juan nunca supo la causa (pero sí la razón) de los padecimientos del castigo que deleitaba a los autores.

En el libro Juan ofrece un producto que es responsabilidad de su auto-conciencia y de su conocimiento. Lo entrega sin intención pedagógica ni tarea para la casa. Al que lea, si entiende, algo le va a pasar. Porque los seres humanos poseemos esa capacidad de leer y entender, de menor a mayor grado, cómo se enlazan las voces de cada conciencia en una polifonía individual. No hay intención de espantar al lector ni que vociferen iras. Porque propone y explica su meditación y esto es contagioso. No hay un menú que anticipe sabores ni horrores, eso le corresponde a usted, si lee.

Notable gesto de un hombre dedicado a la educación.

Sabemos, está en la naturaleza de un libro, que producirlo toma más tiempo que un artículo del diario o en preparar una charla. Por supuesto que durante su gestación, el autor hizo lo de más arriba y lo expresa muy pensado a lo Descartes. No lo digo por el nombre de su “alma mater”, sino porque don René Descartes convirtió a la subjetividad humana en el registro de lo que es real y no es real, de lo que es verdadero y lo que no es verdadero.

Ese catálogo que antes estaba en la divinidad o en la tradición o en la autoridad de los antiguos, él lo llevó a la subjetividad. Esa comprensión que tenemos de nuestra inseparable intimidad con todas nuestras dudas, con las ganas de búsqueda de la verdad, establecerá lo que existe y lo que no existe, lo que es y no es verdadero. Hasta con sus reglas: la primera,no aceptar nada que no sea evidente a la propia razón.

Al pasar describe el auto-engaño en que viven los que se creen superiores, los que se atribuyen posesiones, entre ellas la verdad, con ésta no hay duda para mandar.

En el libro sorprende una arrogancia atractiva, no se trata de otorgar perdón a los ejecutores ni mucho menos, tampoco responder desde la trinchera. Nos apresa su desafío, ¿qué es el auto-conocimiento? Aparecen los requisitos o subordinaciones humanas porque si no hay un método fácil para aprender inglés en dos semanas, tampoco podemos extraer lo que llevamos dentro si primero no callamos, si no creamos el silencio y nos dejamos poseer por un ignoto “no-pensar” fértil. Una descorporización sin método.

Narra lo que fue su buena defensa, sintió que alucinaba al verse herido de cuerpo entero con la certeza de su interior indemne, capaz de regenerarse desde su anterior histórico, precedente en el tiempo y actual en su prisión.

A la vez que reconoce haberse sentido tabla rasa con consternación, con el ánimo afectado, inquieto sin posibilidad alguna de confrontar golpes, ni el voltaje que soportó. Humanamente, esto no es posible sobrellevar y Juan no se propuso ser el Súper-hombre, nada en su profunda medianoche, un Nietzscheano.

Siempre estuvo cercano a su interior. Con el estupor de llegar a sentirse un privilegiado ante sus verdugos. Una inoculación de calma y analgesia que sirvió porque hoy Juan vive y sonríe como antes porque tiene a Cecilia y a sus hijos. Ellos le dan la ternura necesaria para ser.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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