¿Con derecho a acumular?

El magnate e influyente hombre de negocios Percy Barnevick señaló en una entrevista a inicio del siglo XXI que los objetivos de las organizaciones que están bajo su mando son obtener en el contexto de globalización la libertad de invertir cuándo y dónde quieran, de producir lo que se quiera, de comprar y vender donde quieran y de sufrir las menores restricciones posibles derivadas de la legislación laboral y convenciones sociales.

En términos generales dicha afirmación nos ilustra respecto a la dinámica económica contemporánea, ya que el signo de los tiempos está marcado por características propias que, en gran medida, dependen de los agentes sociales relevantes, capaces de asimilar en las sociedades sus propios intereses como los de todos.

Al respecto, podemos clasificar a los empresarios tras motivaciones muy diferentes, sin embargo el sello actual está dado por los inversores especuladores, quienes han sido protagonistas del actual orden económico mundial, y que han ido legitimando conductas, estilos de vidas y propósitos en los individuos.

Desde finales de los ochenta los flujos financieros internacionales han crecido de forma explosiva, sin relación alguna con las necesidades de la economía mundial. En esa perspectiva, la tendencia es hacer de los accionistas unos actores cuyo objetivo es la rentabilidad y no la influencia directa en la gestión y dirección de la empresa.

Podemos afirmar que la “especulación”es el medio que conduce de manera eficaz a la rentabilidad. En definitiva, este mundo de apariencias, presunciones e incertidumbres crea el marco adecuado para lograr rentabilidad en el mundo financiero, siendo el gran objetivo de estos operadores, rentar, esto contribuye a que el mercado se convierta en una instancia auto-referencial.

De hecho en la crisis desatada durante el 2008 en Estados Unidos fuimos testigos de cómo los operadores financieros crearon “paquetes accionarios de basura” o subprime que cotizaban en las bolsas de comercio de todo el mundo a precios irreales, lo que tiene similitudes importantes con las actitudes de los involucrados en el bullado caso de Invertion S.A. en Chile. Todos quieren rentabilidad sin saber el sentido de la inversión, a quién afecta, en qué se invierte, ello hoy en general importa poco.

Desde el sentido cultural de las finanzas, la ética en el mundo de los negocios muestra una alarmante carencia, aunque probablemente no más que el ámbito personal, familiar, político o social.

Bernard Perret y Guy Roustang nos advirten que “si un Gobierno mantiene bajos los salarios y ofrece incentivos a empresas favorecidas, puede fomentar la acumulación de capital. Así pues, el sistema capitalista global está formado por muchos Estados soberanos, cada uno de los cuales con sus propias políticas, pero todos ellos están sometidos a la competencia internacional no sólo por el comercio sino por el capita”.

.Con estas palabras podemos percatarnos de la condicionalidad a la que están sometidos los Estados frente a las nuevas relaciones soberanas y el poder del capital, que incentiva el propósito de crear nuevas necesidades, para lo cual se requiere renta para adquirirla, y con ello un consumo irreflexivo.

En definitiva, los mercados financieros presionan a los gobiernos consolidando su poder en el accionar de los poderes ejecutivos, transformándose así en poderes ocultos o en la sombra.

En este aspecto, el proceso de globalización se asocia a una regla de tres: desintermediación, desregulación y desparcelación, lo que es sinónimo de acceso directo de los operadores internacionales a los mercados financieros (finanzas directas) para realizar inversiones y préstamos.

Esto está lejos de ser una característica única de los grandes operadores, puesto que se ha masificado y son muchos los que ponen pequeños capitales a la lógica de la rentabilidad alta, sin saber cómo, ni por qué, y mucho menos les interesa el devenir del trabajador tras esas inversiones especulativas.

Los resultados de este sistema son una gran capitalización de los agentes privados que evitan que se avance en una redistribución del ingreso y fomentan una acumulación del mismo para ir diversificando sus inversiones.

La tendencia ha sido que los Estados sean cada vez más dóciles en su trato con las entidades de inversión, lo que no es otra cosa que legislar favorablemente a la liberalización de la economía: bajar impuestos a la gran empresa (como es evidente en la historia de Chile), desregularizar el control del movimiento de capitales e impulsar políticas competitivas en el ámbito laboral y empresarial.

Esto desde una perspectiva general de los Estados, puesto que en la realidad los países del primer mundo ó democracias más consolidadas, mantienen altos niveles de prestación social y de leyes de protección a la producción y al trabajador. Sin embargo, los países captadores de capital han debido ser atractivos al mismo.

El multimillonario George Soros, quien se ha servido del modelo capitalista especulativo para su imperio económico, insiste en criticar el sistema porque mientras los tipos de interés, los tipos de cambio y las cotizaciones bursátiles en diversos países estén íntimamente interrelacionados y los mercados financieros globales ejercen una gran influencia sobre las condiciones económicas, “el capital financiero internacional será la fortuna de algunos países, además de los inversores, que son los beneficiados del modelo, pero a su vez la concentración económica y la reproducción de las desigualdades serán incorregibles, creando un mundo con profundas tensiones sociales y políticas.

En esa perspectiva, las consecuencias y la dinámica del sistema financiero internacional han sido la lógica del funcionamiento de la economía global. En ello el interés por acumular (capital) se ha masificado y protegido (jurídicamente y socialmente) e internalizado en el seno de las sociedades. El sentido de la economía se ha tendido a desvirtuar, ello en cuanto a que la ética muchas veces sólo viene a incomodar el objetivo de la rentabilidad.

En consecuencia se ha legitimado y honrado a los actores económicos que  tienen como único interés obtener alta rentabilidad, sin importar el para qué, cómo y qué consecuencias trae al trabajador.

¿Desde el humanismo este será un camino innovador en la sociedad o más bien erosiona la vida en común?

 ¿Podrá sostenerse la República (cosa Pública), si es que sólo interesa la rentabilidad individual, mis ganancias?

¿Podrá ser esta un nuevo comportamiento que funde una nueva ética o conducta lícita? Esta última pregunta es especialmente válida cuando la seguridad jurídica para los inversionistas es especialmente atendida por la gobernanza económica mundial.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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