La aprobación de la ley que regula la conversión de vehículos a combustión a vehículos eléctricos abre un camino que Chile hasta ahora no había explorado: electrificar el parque automotor existente sin depender del mercado de autos nuevos.
En transporte público, Chile es líder mundial: Santiago opera más de 3.600 buses eléctricos, la mayor flota fuera de China. Además, en regiones se está llegando a los 300 buses eléctricos, y Copiapó es la primera ciudad de Latinoamérica en contar con una flota de transporte público 100% eléctrica. Sin embargo, en vehículos particulares, la electrificación avanza lentamente. Los vehículos eléctricos representan cerca del 3% de las ventas, muy por debajo de otros países de la región, que están alcanzando el 15%.
El retrofit es el proceso de retirar el motor a combustión de un vehículo usado para instalar un sistema de propulsión eléctrico y podría ayudar a acelerar la electromovilidad. Si bien puede parecer novedoso, es una práctica común en países con regulaciones maduras y en Chile existen empresas que lo realizan desde la década pasada, como Movener y EV South. Lo que faltaba era justamente esto: un marco legal que ordenara, certificara y brindara seguridad al usuario.
¿Por qué importa para la vida cotidiana?
Tomemos un caso realista. Un auto bencinero, con rendimiento de 12 km/l y un recorrido anual de 12.000 km, consume cerca de 1.000 litros de combustible al año. Con precios actuales, eso equivale a un gasto cercano a $1.300.000. Un vehículo eléctrico equivalente consume alrededor de 15 kWh cada 100 km. Para los mismos 12.000 km, esto suma 1.800 kWh. A un precio promedio de $180 por kWh, la cuenta llega a $324.000.
La diferencia supera el millón de pesos al año para un usuario que se desplaza poco. En cinco años, el ahorro acumulado permite recuperar el costo de una conversión básica, que para un citycar ronda los USD 5.000. Personas que se movilizan 20.000 kms o más podrían ver el retorno de su inversión en tiempos menores.
Además del ahorro en combustible, se suman los menores costos de mantención: sin cambios de aceite, menor uso de los frenos, muchas menos partes móviles; mayor eficiencia energética: consumen 5 veces menos energía.
Impacto ambiental
Si bien la electromovilidad no elimina por completo la huella ambiental -la electricidad también tiene costos-, sí reduce las emisiones locales. Cada auto que deja de quemar combustibles fósiles evita toneladas de dióxido de carbono y de contaminantes atmosféricos asociados a la combustión. Además, el retrofit permite darle una segunda vida a vehículos que todavía tienen vida útil, lo que reduce residuos y hace más eficiente el uso de recursos.
Lo que viene
El reglamento del Ministerio de Transportes definirá los estándares técnicos: baterías certificadas, talleres autorizados, protocolos de seguridad y límites de peso. Ese será el paso decisivo para escalar en la industria. Pero el potencial ya está presente: tenemos una herramienta concreta para reducir precios y masificar la electrificación del transporte.
La transición energética no depende únicamente de megaflotas ni de incentivos para autos nuevos. A veces, la transformación empieza en el mismo vehículo que tenemos hoy en casa.
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