El Papa engañado

La carta que el Papa envió a los obispos chilenos, conocida por la opinión pública, ciertamente ha provocado impacto, temores y expectativas. En su contenido, el más revelador es su pedido de perdón y reconocimiento que ha “incurrido en graves equivocaciones de valoración y percepción de la situación por falta de información veraz y equilibrada”.

Aquello despierta interés mediático y da motivos para lucubrar en hipótesis y especular en el sombrío mundo de las deslealtades, dejando en evidencia esa otra herida dolorosa de la Iglesia, donde divisiones y rivalidades internas contradicen su identidad más profunda, el espíritu evangélico.

Paralelamente, se activan expectativas y oportunidades que subyacen a esa otra desviación cristiana, el carrerismo jerárquico. Es en este contexto que se anticipa un verdadero terremoto y tsunami para la Iglesia chilena; mientras la imagen del Papa se engrandece.

Curiosamente, lo que se dice en público difiere de lo que se escucha en privado. Mientras unos celebran con triunfalismo la severa reacción pontificia, otros manifiestan abatimiento ante lo que parecen estertores de una institucionalidad vencida por sus propias debilidades y contradicciones.

En este contexto, la imagen de un Papa engañado resulta compleja de asimilar, especialmente porque entre las grandes virtudes de Francisco están su extraordinaria capacidad de conducción política. Al respecto es oportuno recordar una denuncia impactante del mismo Papa, que en octubre de 2013 expresaba contra la Curia. Decía entonces, la corte es la lepra del papado”.

Es evidente que el Papa es consciente de los peligros de la consejería de sus cortesanos, ámbito donde se trama el engaño que lo induce a tan “graves equivocaciones de valoración y percepción”.

Sin embargo, es cierto que, así como Francisco tuvo “falta de información veraz y equilibrada”, tuvo también nutrida información auténtica y oportuna. Sí, porque hubo obispos y religiosos chilenos, algunos de ellos amigos muy cercanos, que viajaron expresamente para informar debidamente al Papa. Incluso hubo un obispo bueno que no fue recibido.

En esto Francisco experimenta en su propia carne, esa otra desviación histórica de la Iglesia, que heredan los Papas por el hecho de conducir una institución que hizo del espíritu cristiano un poder religioso, que progresivamente se fue asimilando a un poder político.

En consecuencia, en la conciencia del Papa confluyen distintas valoraciones y percepciones a la hora de tomar decisiones, donde no pocas entran en conflicto con el mismo Evangelio.

En tal sentido, surgen consideraciones morales, políticas, institucionales, cuestiones estratégicas y, por supuesto, de justicia. Es ahí donde los hechos que subyacen a sus decisiones se  interpretan en el amplio espectro que abarca la brecha existente entre la verdad y la mentira.

En última instancia, la valoración de los hechos y su ponderación son de estricta responsabilidad personal del Papa, así como él lo expresa en su carta al pedir perdón.

En los hechos que subyacen a la carta pontificia, Francisco actúa de determinada manera hace tres años, y ahora lo hace de una forma completamente distinta. Ello porque las decisiones generan consecuencias, cuyos efectos obligan a revisar lo resuelto. En esto, lo evidente es que la defensa institucional con que se blindó a Barros produjo efectos devastadores que afectaron a un país entero.

Entonces, la decisión original de defender la institucionalidad, fue vencida por nuevos hechos que fueron visibilizados universalmente gracias al movimiento de los Laicos de Osorno.

En tal sentido, cabe preguntarse si, ¿acaso la salida a ésta escandalosa historia hubiese tenido la misma suerte sin la presión internacional que consiguió ese movimiento?

Entonces, Francisco es víctima, no de sus malos consejeros y cortesanos, sino de una herencia histórica que lo deja expuesto inevitablemente en el terreno de las contradicciones evangélicas. Es ahí, donde Francisco queda prisionero de esa carga atávica ancestral impuesta, que es la Iglesia poder, aquella que primero se volvió contra Jesucristo, convirtiéndolo en víctima inocente de sus maquinaciones.

No hay que olvidar lo revivido hace pocos días, aquel lejado Viernes Santo, donde el poder religioso consiguió sentenciar a muerte a Jesucristo a manos del poder político. Esa simbiosis entre la religión y la política no termina con aquel juicio espurio de la historia, sino que se renueva de múltiples formas y con nuevos matices en una institución que ha logrado conjugar ambas funciones.

Hoy como nunca, en la conciencia de Francisco, el reformador de la Iglesia, debe resonar con  fuerza aquella auténtica profecía de Lord Anton: “El poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Ello porque Francisco, y no Bergoglio, hereda esa peligrosa concentración de un poder religioso sin contrapeso, detentando en una sola persona los poderes de gobierno, de juez y y legislativo. En esto las imperfectas democracias del mundo, incluso las viejas monarquías, han aprendido a descentralizar dichas poderosas facultades. Tal vez, sea ésta la principal reforma que Francisco deba emprender con prioridad en la Iglesia.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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