De la emoción trastocada al pensamiento silenciado: cuando la inteligencia artificial coloniza sin saber

En algún momento del tránsito, el neurobiólogo Antonio Damasio dedicó un libro extraordinario a Baruch de Spinoza, el filósofo judío-neerlandés que tres siglos antes había intuido lo que la neurociencia apenas comenzaba a demostrar: que mente y cuerpo constituyen una unidad inseparable, que los sentimientos no son epifenómenos prescindibles sino la expresión mental de la homeostasis, ese imperativo biológico que sostiene la vida. Vicente Serrano, al analizar esta obra, señala algo que debería inquietarnos: Damasio considera a Spinoza "a la vez brillante y exasperante", porque el filósofo acepta "con tranquila certeza" que "el sufrimiento y la muerte son fenómenos biológicos naturales que hemos de aceptar con ecuanimidad". Lo que exaspera al neurocientífico - la finitud como condición de posibilidad de la felicidad - es precisamente lo más spinozista de Spinoza.

Traigo esta reflexión porque hoy, mientras la inteligencia artificial penetra cada esfera de la existencia humana, asistimos a una paradoja similar: celebramos con entusiasmo tecnologías que prometen trascender nuestras limitaciones mientras ignoramos -o peor, despreciamos- aquello que nos constituye como seres sintientes. La promesa implícita es siempre la misma: liberarnos del cuerpo, de sus ritmos lentos, de su irreductible vulnerabilidad. Pero como advertía Damasio en El extraño orden de las cosas, sin cuerpo no hay mente, y los sentimientos no son una invención independiente del cerebro sino "el resultado de una asociación cooperativa entre el cuerpo y el cerebro, que interactúan mediante moléculas químicas independientes y rutas nerviosas".

El sociólogo Alvin Toffler anticipó hace décadas lo que Gisela Baños recupera en El sueño de la inteligencia artificial: "el ritmo del progreso científico y tecnológico se ha incrementado hasta tal punto que, en las últimas décadas, apenas hemos tenido tiempo para adaptarnos a los cambios sociales, culturales e incluso económicos que se derivan de él". Y este fenómeno, lejos de ralentizarse, se acelera exponencialmente con cada iteración de los modelos de lenguaje, con cada promesa de inteligencia artificial. Lo que Baños identifica como un cambio de paradigma que "no será cómodo para todo el mundo" pero que "tampoco vamos a poder evitar" es, en realidad, algo más profundo: una transformación en la naturaleza misma de nuestra relación con el conocimiento, con el otro, con nosotros mismos.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha cartografiado con precisión quirúrgica las patologías de nuestra época. En La expulsión de lo distinto nos advierte: "Los tiempos en los que existía el otro se han ido. El otro como misterio, el otro como seducción, el otro como eros, el otro como deseo, el otro como infierno, el otro como dolor va desapareciendo. Hoy, la negatividad del otro deja paso a la positividad de lo igual". Esta proliferación de lo igual, que Han describe como carcinomatosa, encuentra en la inteligencia artificial su vehículo más eficiente. "La interconexión digital total y la comunicación total no facilitan el encuentro con otros. Más bien sirven para encontrar personas iguales y que piensan igual, haciéndonos pasar de largo ante los desconocidos y quienes son distintos". Los algoritmos de recomendación, los sistemas de personalización, las burbujas de filtro no son defectos técnicos a corregir: son la materialización perfecta de esta lógica de lo igual.

Pero lo más perturbador de la crítica de Han concierne precisamente a la distinción entre pensar y calcular. "El pensamiento tiene acceso a lo completamente distinto. Puede interrumpir lo igual. En eso consiste su carácter de acontecimiento. Calcular, por el contrario, es una inacabable repetición de lo mismo". Los grandes modelos de lenguaje, por sofisticados que sean, por convincentes que resulten sus outputs, operan fundamentalmente en el orden del cálculo: predicen tokens, maximizan probabilidades, repiten patrones estadísticos extraídos de corpus masivos. No piensan; correlacionan. No comprenden; aproximan. Y cuando confundimos estas operaciones con el pensamiento genuino, cuando delegamos en máquinas que calculan las funciones que requieren pensar, no solo empobrecemos nuestra cognición: la atrofiamos.

Esta confusión entre calcular y pensar adquiere dimensiones particularmente graves en el ámbito educativo. Ya en 1914, el ingeniero español Leonardo Torres Quevedo - precursor olvidado de la computación moderna - señalaba que "es necesario que los autómatas imiten a los seres vivos, ejecutando sus actos con arreglo a las impresiones que reciban y adaptando su conducta a las circunstancias". Un siglo después, confundimos la imitación con la comprensión, la adaptación estadística con la genuina respuesta a las circunstancias. Y lo hacemos precisamente en el espacio donde más importa la diferencia: en la formación de seres humanos.

Damasio es contundente respecto a los límites de la inteligencia artificial: "Me interesa el "sentido" de mi robot, no su "sensibilidad"". Los programas de inteligencia artificial pueden simular comportamientos con "falsas sonrisas, llanto, pucheros y cosas por el estilo", pero esto es "teatro de títeres. No existe un estado interno del robot que motive sus acciones; simplemente se programan a gusto del diseñador". Para tener experiencias mentales, para ser genuinamente consciente, se necesitan dos ingredientes que ningún sistema artificial posee: una perspectiva individual del propio organismo y sentimientos individuales. Sin embargo, proliferan en el ámbito educativo quienes atribuyen a estas herramientas capacidades que no poseen, quienes las despliegan sin comprender sus fundamentos, quienes confunden la fluidez verbal de un modelo de lenguaje con la comprensión profunda que requiere la enseñanza.

Emerge aquí una dimensión ética ineludible. Han señala que "a partir de un determinado momento, la producción ya no es productiva, sino destructiva; la información ya no es informativa, sino deformadora; la comunicación ya no es comunicativa, sino meramente acumulativa". ¿No describe esto con exactitud el estado actual del discurso sobre inteligencia artificial en educación? Proliferan webinars, cursos, certificaciones, publicaciones; se acumula información pero escasea la formación; se multiplican las intervenciones pero se enrarece el pensamiento. Y en este ruido comunicativo, quienes menos saben son frecuentemente quienes más alto hablan, posicionándose como expertos en un campo cuya complejidad ni sospechan.

El "imperativo de autenticidad" que analiza Han - esa "obligación para consigo mismo, una coerción a cuestionarse permanentemente a sí mismo, a vigilarse a sí mismo, a estar al acecho de sí mismo, a asediarse a sí mismo" - encuentra en las redes sociales y en la economía de la atención su expresión más patológica. Docentes y gestores educativos se sienten compelidos a demostrar que "están al día" con la inteligencia artificial, a exhibir competencias digitales que a menudo se reducen a la capacidad de usar interfaces amigables sin comprender los principios que las sustentan. El resultado no es la integración reflexiva de nuevas herramientas sino la adopción ansiosa de tecnologías cuyas implicaciones éticas, pedagógicas y epistemológicas permanecen sin examinar.

Los sentimientos, nos recuerda Damasio, contribuyen de tres maneras fundamentales al proceso cultural: como factores de motivación de la creación intelectual, como controladores del éxito o fracaso de instrumentos y prácticas culturales, y participando en la negociación de los ajustes que el proceso cultural requiere a lo largo del tiempo. Cuando expulsamos los sentimientos del proceso educativo, cuando reducimos el aprendizaje a métricas optimizables, cuando sustituimos el encuentro humano por la interacción con chatbots, no solo empobrecemos la educación: saboteamos las condiciones de posibilidad de la cultura misma.

Vuelvo a Spinoza y a la herida que exaspera a Damasio. Quizás lo que necesitamos no es trascender nuestra finitud mediante prótesis algorítmicas sino, como proponía el filósofo de Ámsterdam, comprender las causas que nos determinan para encontrar en ese conocimiento el camino hacia una libertad genuina. La inteligencia artificial puede ser herramienta valiosa cuando se la comprende, se la limita, se la subordina a fines propiamente humanos. Pero esto exige algo que escasea: el coraje de reconocer lo que no sabemos, la humildad de aprender antes de enseñar, la paciencia del pensamiento frente a la urgencia del cálculo. Entre la emoción trastocada y el pensamiento silenciado, entre el mal uso de herramientas poderosas y el posicionamiento vacío de quienes las despliegan sin comprenderlas, queda espacio para otra posibilidad: una apropiación crítica que preserve lo que nos hace humanos -la vulnerabilidad, la finitud, el encuentro con lo distinto- mientras aprovechamos lo que las máquinas pueden genuinamente ofrecer. No es un final feliz el que propongo, pero quizás, como intuía Spinoza, sea el único final honesto.


Referencias bibliográficas:

Baños, G. (2024). El sueño de la inteligencia artificial. Editorial.
Damasio, A. (2018). El extraño orden de las cosas: La vida, los sentimientos y la creación de las culturas. Destino.
Han, B.-C. (2017). La expulsión de lo distinto: Percepción y comunicación en la sociedad actual. Herder.
Serrano, V. (2011). La herida de Spinoza: Felicidad y política en la vida posmoderna. Anagrama.

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