Neurociencia y criterio: a 174 años de Cajal

Imaginar a Santiago Ramón y Cajal observando la neurociencia contemporánea no exige nostalgia, sino precisión analítica. Su legado no radica únicamente en la magnitud de sus descubrimientos, sino en la forma en que los produjo, es decir, una economía de medios, una disciplina rigurosa del tiempo y una relación exigente con la evidencia que hoy resultan, en varios aspectos, disonantes con la práctica científica dominante.

La neurociencia actual ha experimentado un avance incuestionable. Tecnologías como la secuenciación genética, la imagen funcional de alta resolución, la manipulación molecular y el modelamiento computacional han ampliado de manera extraordinaria las posibilidades de observación e intervención. Sin embargo, este progreso técnico convive con una tensión estructural menos visible, aquella que nos habla de la creciente distancia entre la producción científica y la consolidación efectiva de conocimiento.

Este diagnóstico no es retórico. En la última década, el volumen de publicaciones indexadas en neurociencia en bases como Web of Science y Scopus ha crecido sostenidamente, alcanzando cifras que superan los cientos de miles de artículos anuales a nivel global. En paralelo, registros como Retraction Watch evidencian un aumento en el número de artículos retractados en biomedicina, (incluida la neurociencia), por causas que van desde errores metodológicos hasta problemas de integridad científica. Aunque estas retracciones constituyen una proporción pequeña del total, su incremento es significativo, pues revela tensiones en los mecanismos de validación del conocimiento.

A ello se suma el problema de la reproducibilidad, ampliamente documentado en psicología experimental y neurociencia cognitiva. Una fracción relevante de los hallazgos publicados no logra replicarse bajo condiciones independientes. No se trata de una crisis terminal, pero sí de una señal clara, la cual muestra que el sistema científico está produciendo resultados a una velocidad que excede su capacidad de verificación y consolidación.

Cajal probablemente no se sorprendería por la existencia de errores, (la ciencia es, por definición, una práctica falible), pero sí por la rapidez con que esos errores pueden acumularse en un entorno que premia la visibilidad por sobre la verificación. En "Los tónicos de la voluntad", defendía una observación paciente y persistente, donde el descubrimiento era el resultado de una relación prolongada con el objeto de estudio. Esa temporalidad cajaliana, no resistiría hoy un convenio de desempeño académico. Hoy la temporalidad científica se encuentra fuertemente comprimida, privilegiando la productividad sostenida.

El problema, por tanto, no es que hoy se investigue peor. En muchos aspectos, se investiga mejor. El problema es que el sistema está diseñado para producir más rápido de lo que puede evaluar con profundidad. En ese contexto, la métrica, (publicaciones, citas, factores de impacto), deja de ser un instrumento de evaluación para transformarse en un objetivo en sí mismo.

Esta lógica tiene efectos directos en la formación doctoral. El doctorado, concebido originalmente como un proceso de transformación intelectual, ha sido progresivamente reconfigurado como una etapa de inserción productiva. Los estudiantes aprenden a publicar antes de consolidar una pregunta propia, a optimizar resultados antes de comprender sus límites. Este fenómeno no responde a fallas individuales, sino a una adaptación racional a los incentivos del sistema académico contemporáneo.

En cuanto a la aplicación del conocimiento, es necesario distinguir. No toda transferencia de la neurociencia hacia ámbitos como la educación, la clínica o la industria es problemática; muchas de estas aplicaciones son legítimas y necesarias. El problema surge cuando la evidencia se extrapola sin mediación, transformando resultados experimentales acotados de laboratorio, en afirmaciones generales sobre el comportamiento humano. Este tipo de simplificación, frecuente en el espacio público, no constituye ciencia, sino una distorsión de ella.

Según describe Francisco Cánovas Sánchez, en su obra "Cajal: Maestro, Científico y Humanista", el sabio español era especialmente riguroso al delimitar el alcance de sus conclusiones. Su prudencia no era una limitación, sino una forma de precisión epistemológica. En contraste, la neurociencia contemporánea enfrenta la tentación de sobre extender su autoridad, favorecida por la centralidad cultural del cerebro como objeto explicativo.

El problema de fondo, entonces, no es el avance de la disciplina, sino su desalineación parcial con los mecanismos que deberían asegurar su solidez. Esta situación no se resuelve mediante apelaciones generales a la buena práctica, sino a través de ajustes institucionales concretos.

En primer lugar, es necesario revisar los sistemas de evaluación académica, incorporando indicadores que valoren la reproducibilidad, la transparencia de datos y las contribuciones metodológicas, en lugar de centrarse exclusivamente en la cantidad de publicaciones.

En segundo lugar, se debe fortalecer la investigación de largo plazo mediante esquemas de financiamiento que permitan abordar problemas complejos sin la presión de resultados inmediatos. Esto implica reconocer que no todo conocimiento relevante puede generarse bajo ciclos cortos de productividad. En tercer lugar, es fundamental reconfigurar la formación doctoral, reduciendo la presión por publicar en etapas tempranas y priorizando el desarrollo de juicio crítico, formulación de problemas y autonomía intelectual.

Estas medidas no buscan desacelerar la ciencia, sino asegurar que su velocidad no comprometa su validez. Se trata de reintroducir condiciones que permitan que el conocimiento producido sea no solo abundante, sino también robusto y durable. En última instancia, la cuestión central no es cuánto sabemos sobre el cerebro, sino cuánto de ese conocimiento resiste el paso del tiempo. Y esa es una prueba que no puede resolverse mediante métricas.

Don Santiago sostenía que las ideas deben realizarse, pero también comprendía que no toda realización constituye progreso. En ese sentido, el desafío actual de la neurociencia no es únicamente seguir acumulando datos, sino preservar aquello que hace posible su sentido: el criterio. Porque sin él, el microscopio amplifica, pero no ilumina.