Escalpelos desprejuiciados

En diciembre pasado se cumplieron cincuenta años del primer trasplante de corazón humano; hazaña realizada en diciembre del 67 por un incierto galeno de Ciudad del Cabo. “El sábado yo era apenas conocido en Sudáfrica. El lunes era una celebridad mundial”, comentaría el doctor Barnard.

La donante, Dénise Darvall, bisoña oficinista muerta en un atropello. El receptor Louis Washkansky, comerciante sesentón con irreversible mal cardíaco y diabetes aguda, declaró sentirse mucho mejor con el recambio aunque dieciocho días más tarde muere de neumonía.

Tiempos en que Nelson Mandela cumplía un lustro de presidio en isla Robben.

Christiaan Neethling Barnard (1922 - 2001) era hijo de un modesto misionero holandés que se dio maña para entregar a sus cuatro vástagos una buena educación. Ya graduado, obtuvo una beca para la Universidad de Minnesota donde se especializa en cardiología. Asimismo, comienza a dominar la técnica de trasplantes en animales.

Terminadas las fiestas Año Nuevo del 68 un joven bañista, Clive Haupt, expiraría en una playa de Ciudad del Cabo. Pérdida irreparable para su viuda, mas aquel difunto no sólo salvaría una vida sino que contribuyó a cambiar la mentalidad y las leyes de una nación cuya mayoritaria población negra era bestialmente tratada por el apartheid.

Barnard estaba apremiado pues su paciente, Philip Blaiberg, sólo tenía la posibilidad que le brindaba aquel muchacho malogrado en la costa. Entonces, rozando la ilegalidad, convoca a su equipo y con el puntal de su hermano Marius, activista antiapartheid y facultativo en el mismo establecimiento, decide actuar.

Consciente de que podía terminar en la cárcel.

Como Blaiberg tenía las horas contadas si no recibía un corazón nuevo los médicos mantuvieron activo el de Clive. Dos neurocirujanos diagnosticarían muerte cerebral y esto modificará radicalmente la manera de certificar un deceso clínico. El músculo hueco dejaba de ser la clave; podía latir pero si el cerebro está muerto la persona también.

Y sucedió que en el territorio más racista del planeta el blanco Philip y el negro Clive eran compatibles, es decir, tenían la misma sangre. Ahora Barnard y su grupo encararían la difícil tarea de convencer a la familia del fallecido. Después de explicar minuciosamente la situación a su esposa Dorothy solicitan su consentimiento.

“Si mi marido puede salvar la vida de un blanco, adelante”, contestó ella con generosidad.

Gracias al Hombre de los dedos de oro el órgano de aquel infortunado mozo continuó pulsando diecinueve meses.  El eco moral y social de la “hermandad sanguínea de un hombre blanco y uno negro en un mismo corazón”, acotaría Jean Graven decano de Derecho de la Universidad de Ginebra, quedará como “símbolo imborrable en el país del apartheid”.

Si bien algunos no comprendieron su audacia y trascendencia. “Por favor, deténgase. El hombre no es Dios”, le escribió un italiano, y otro quejoso le advertía que pidió a la policía de Ciudad del Cabo que lo arrestaran “lo antes posible”. Contrariamente, la comunidad científica mundial hablaría de un logro más importante que la exploración espacial que abre una puerta a los desahuciados”.

Aun así, Barnard no pudo evitar un proceso por dos crímenes: uno, autorizar el ingreso de un paciente de color a un hospital de blancos. El otro, de corte surrealista, “emponzoñar” el cuerpo de un blanco con las entretelas de un negro. Sólo la presión internacional lo salva del presidio.

Sin embargo, uno de sus ayudantes, el doctor Raymond Hoffenberg debió exiliarse. Hoffenberg estaba en el nosocomio cuando ocurrieron los hechos y no podría seguir trabajando porque el gobierno le prohibió el ejercicio de la profesión por antiapartheid.

Y para el dentista Philip Blaiberg no todo fue coser y cantar. Tanto sus amigos como parte de su familia lo repudiaron... ¿Un blanco con corazón de negro?

Hamilton Naki, insigne alfil de Barnard es un caso novelesco. Casi sin estudios, jardinero a cargo de los animales destinados a experimentos pudo aprender observando. En la Escuela de Medicina de Ciudad del Cabo no perdía detalle de esos trasplantes, luego intervendría como anestesista, operando e implantando entrañas a perros, conejos y pollos.

Así se haría cirujano, único por la magia de sus manos e inteligencia.

Tan bueno era que Barnard lo integró a su elenco si bien por negro non valía dos castañas y sería vetado para intervenir blancos. No obstante, la dirección hizo una salvedad, convirtiéndose así en el mejor operador…  clandestino. En el debut de Christiaan enfrentó el proceso más delicado: extraer el corazón de la mujer accidentada para entregárselo impecablemente listo al jefe.

Técnicamente es mucho mejor que yo y habría llegado muy lejos si los condicionantes sociales se lo hubieran permitido", revelaría Barnard poco antes de morir.

Cuando ​Mandela, sobrepasada su inicua prisión de 27 años, presidía Sudáfrica, Naki recibe la superlativa Orden de Mapungubwe. “Ahora puedo alegrarme de que todo se sepa. Ya no hay oscuridad”, comentaría aliviado.

Jubiló con su exigua pensión de jardinero y el título honorífico de médico. (1)

Barnard, un tiempo lanzado a la vida mundana con actrices famosas e indiferente a las especulaciones que sobre innumerables flirts alimentaban a la prensa amarilla, se negaría a participar en un trasplante de cabeza humana por considerarlo impracticable y, “probablemente, inmoral”.

Tras centenares de operaciones, impedido por la artritis, se dedica a investigar las causas del envejecimiento y en sus conferencias siempre insistía en la necesidad de la donación de órganos. De vacaciones en Chipre, ya cumplidos sus setenta y ocho, este genio del bisturí sucumbe víctima de un ataque de asma.

No cardíaco, como informara la prensa a las pocas horas.

(1) https://es.wikipedia.org/wiki/Nelson_Mandela - cite_note-81

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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