El grito póstumo de Lissette

La vida cotidiana  puede  ser súbitamente transformada en  una  situación límite, poniendo a prueba la capacidad de afrontar el peligro. Una situación límite es definida por la percepción de vulneración, de amenaza a la integridad física y psicológica de quienes se ven involucrados. 

La percepción de vulneración es subjetiva y su intensidad depende de diversos factores, como haber sufrido vulneración previa, la edad de la víctima, su estado de salud, la reiteración de la vulneración, los recursos de  afrontamiento de la situación límite y el contar con redes de apoyo.  

En relación a la edad, los extremos de la vida son los de mayor vulnerabilidad: los primeros 5 años de la vida  y la ancianidad; mientras más pequeño es el niño, menos recursos de afrontamiento tiene.  

En cuanto a salud, el estado de ánimo comprometido es un factor de gran vulnerabilidad. Y está ampliamente demostrado que la soledad y la carencia de redes de apoyo afectivo son factores que facilitan la percepción de vulneración. 

Hay situaciones límite contundentes, como un terremoto, un aluvión, un accidente, ser víctima o testigo de  violencia, un diagnóstico no esperado, la injusticia.

Pero son muchas más las  situaciones límite inaparentes, que  se  esconden tras una apariencia de normalidad o que simplemente son ignoradas por los que deberían actuar preventivamente o protegiendo a la víctima. 

Se trata de una violencia soterrada, que los sociólogos llaman “violencia simbólica” y  que se caracteriza por la indiferencia de quienes están llamados a tender la mano a la víctima.

En Chile  son situaciones límite graves, cargadas de violencia soterrada, la miseria, el maltrato a los ancianos, el maltrato a la niñez, a las mujeres y a los discapacitados.

En estas cuatro situaciones límite hay un denominador común:  la vulneración reiterada  bajo la mirada indiferente de quienes tienen el deber de actuar. 

En todos  estos casos la víctima vive bajo la percepción permanente de terror a una nueva vulneración: la vida se transforma en situación límite constante. 

En niños se agrega un factor agravante cuyo impacto es de una severidad escalofriante: la percepción de vulneración provoca en el organismo de la víctima la liberación en grandes cantidades de una molécula  llamada cortisol,  cuya función es preparar al organismo para el afrontamiento del peligro. Por desgracia, el cortisol en grandes cantidades provoca daños a las estructuras  que regulan las emociones de supervivencia: el miedo, la  ira, la percepción de extremo desamparo, y a las estructuras cerebrales  que modulan la interacción con otros desde la empatía.    

Como consecuencia, el niño  queda con  dichas estructuras dañadas; vivirá la vida  como si fuese una continua amenaza; oleadas de terror le generarán una  intolerable angustia y su organismo estará constantemente activado para defenderse, incluso en situaciones que no son amenazantes. La carencia de empatía  ahondará aún más su percepción de soledad.

Este lunes 6 de marzo  el Séptimo Juzgado de Garantía no accedió a lo solicitado por el fiscal regional de Los Lagos, Marcos Emilfork, quien había pedido prisión preventiva para cuatro de los ocho imputados en el caso de la pequeña Lissette Villa, una menor fallecida en uno de los centros del SENAME.

Las cuidadoras involucradas en el fallecimiento son las principales acusadas; la Fiscalía ha mencionado torturas, apremios ilegítimos con resultado de muerte, configurando una grave vulneración a los derechos humanos de la víctima. La decisión de la magistrada dará origen sin duda alguna a apelación y presión para que el Ministerio Público se involucre, de modo de  lograr una pena mayor para las imputadas.

La muerte de Lissette es un grito mudo pidiendo cordura. 

Lissette  llegó al SENAME arrastrando consigo heridas emocionales profundas inferidas a poco de nacer por quien era pareja de su madre. Esta misma reconoció públicamente que su pareja comenzó a golpear a Lissette  porque le molestaba el llanto de la bebé. 

Lissette  era una más de los centenares de  niños que  viven en perpetuo terror y que reaccionan  con episodios de ira defensiva porque  llevan consigo una herida emocional que no cura porque nadie la ve, condición indispensable para ofrecerle un bálsamo.

Este terror se hace conducta y el desconocimiento de lo que late en las profundidades de su cerebro lleva a los adultos a creer que  son “meras conductas” que es preciso sofocar.

Lissette debe haber sido mirada como una niña díscola, rebelde y de conducta impredecible. Se aplica autoridad  y si el niño no responde, se pasa a los castigos. Son los cuidadores  los llamados a decidir  cuando ser autoridad y cuando castigar. Pero  no hay mayor capacitación, no hay una entrega  cuidadosa y responsable de información acerca de quienes  son esos niños. Los cuidadores están tan solos y tan desamparados cono los niños a quienes deben disciplinar. Su salud  ya está quebrantada, porque  las condiciones de trabajo en los recintos del Sename distan mucho de ser  las ideales. 

Un desborde emocional  en un niño  herido tempranamente es un desborde  ciego, incontrolable, porque surge de las regiones más profundas de la mente emocional, es un grito de terror.

Y los cuidadores están sin recursos, obligados por el sistema a implantar autoridad y restablecer la buena conducta.

La condena a las imputadas no debe ser la acción que dé por cerrado el caso de Lissette; esas cuidadoras están hermanadas con la niña  por el mismo desamparo y experiencias límite intolerables. Ellas no son victimarias, son víctimas de  un sistema social que  legitima la  violencia simbólica  en aras de mantener la buena conducta al interior de hogares donde el dolor emocional  es una llaga que sangra a cada instante y emerge en forma de  conductas extremas, como el aleteo violento del pájaro derribado.

Cabe preguntarse si aquellos que invocan los derechos humanos han pasado semanas compartiendo con esos niños, conociéndolos, aquilatando su  extremo desamparo.

Llevamos meses  asistiendo a la rasgadura de vestimentas en aras de  los derechos de la niñez vulnerada. Creemos que la muerte de Lissette es un llamado a que la función termine y ceda el paso a acciones reales y comprometidas y ocurran cambios radicales. 

Cada minuto diez niños pequeños en Chile son violentados. Muchos de ellos llegarán al SENAME. Y el SENAME seguirá igual, aunque muchos otros cuidadores sean condenados en el futuro.

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Manola Robles es editora de opinión en Cooperativa.cl mrobles@cooperativa.cl
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