En algún momento, casi sin darnos cuenta, comenzamos a acostumbrarnos a vivir en estado de tensión permanente. Crisis de seguridad, aumento del costo de la vida, deterioro de la salud mental, incendios, olas de calor, sistemas de salud sobrecargados, polarización política, desconfianza institucional e incertidumbre económica. Cuando creemos haber recuperado algo de estabilidad, surge una nueva fuente de incertidumbre.
Pero quizás el problema más importante no sea la existencia de múltiples crisis, sino que todas ocurren al mismo tiempo.
Hoy existe un creciente consenso académico y político en torno a un concepto que intenta describir este fenómeno: la policrisis. No se trata simplemente de una acumulación de problemas, sino de crisis interconectadas, cuyos efectos se potencian mutuamente y terminan afectando el bienestar humano.
Las sociedades siempre han enfrentado crisis. Lo distintivo del escenario actual es la simultaneidad, interdependencia y velocidad con que sus efectos se propagan.
El concepto puede sonar lejano, pero sus efectos son profundamente cotidianos. El cambio climático ya no es únicamente un problema ambiental; también es un problema sanitario, económico y social. La inflación no solo reduce capacidad de consumo; también deteriora salud mental, aumenta estrés financiero y afecta estabilidad familiar. Las crisis habitacionales no solo impactan acceso a vivienda; afectan seguridad, salud, integración social y oportunidades futuras.
La gran diferencia respecto de otras épocas es que hoy las crisis no llegan una después de otra. Llegan juntas. Y nuestros sistemas no fueron diseñados para eso.
Durante décadas construimos instituciones bajo supuestos de relativa estabilidad. Sistemas de salud pensados para responder ante enfermedades y no incertidumbre permanente. Políticas públicas diseñadas en compartimentos separados. Modelos económicos y sociales considerados para escenarios de mayor estabilidad y fragmentación de los problemas públicos.
Sin embargo, la policrisis desafía precisamente esa lógica fragmentada. Hoy resulta cada vez más difícil analizar economía, salud, desigualdad o seguridad como problemas independientes. Y ese es probablemente uno de los principales puntos ciegos de nuestra discusión pública: seguimos diseñando respuestas parciales, para problemas que son profundamente interdependientes.
En Chile esto se vuelve particularmente visible. Discutimos listas de espera sin relacionarlas con agotamiento del personal sanitario, envejecimiento poblacional o precarización social. Hablamos de seguridad sin incorporar el deterioro de la salud mental y la fragmentación comunitaria. Debatimos crecimiento económico sin preguntarnos cuánto estrés, incertidumbre y desgaste cotidiano están absorbiendo las personas para sostenerlo.
Y quizás aquí aparece uno de los elementos menos visibles de esta nueva era: el desgaste silencioso. La discusión sobre policrisis no solo aborda amenazas económicas o geopolíticas. También advierte sobre los efectos acumulativos que la incertidumbre permanente genera sobre las personas y las comunidades. Ansiedad, agotamiento emocional, sensación de inseguridad constante, desconfianza y fatiga social comienzan a transformarse en parte del paisaje cotidiano. La incertidumbre prolongada también enferma.
El problema es que hemos tendido a individualizar respuestas frente a fenómenos profundamente estructurales. Hablamos de resiliencia personal mientras las condiciones sociales continúan deteriorándose. Pedimos adaptación individual frente a sistemas cada vez más tensionados. Confundimos sobrevivencia con bienestar. Y las consecuencias no afectan a todos por igual.
Como ocurre en casi todas las crisis, quienes viven en condiciones más vulnerables absorben primero y con mayor intensidad los impactos: acceso desigual a salud, territorios más expuestos a contaminación y eventos climáticos extremos, empleos más inestables, menor protección social y mayores barreras para enfrentar incertidumbre económica y sanitaria.
Por eso, la policrisis también es una discusión sobre desigualdad. Pero quizás existe otro elemento que América Latina conoce mejor que muchas economías desarrolladas: convivir con incertidumbre. Gran parte del sur global ha debido históricamente adaptarse a fragilidades económicas, crisis políticas, desigualdades estructurales y sistemas de protección social limitados. En ese contexto, la discusión actual sobre policrisis no solo cuestiona la capacidad de respuesta de los países; sino que también si nuestras instituciones están preparadas para enfrentar problemas cada vez más complejos e interdependientes.
Y quizás ahí está el principal desafío para Chile: evitar que el desgaste, la incertidumbre y la fragilidad social se transformen en algo normalizado.
El crecimiento económico sigue siendo fundamental, pero hoy parece insuficiente por sí solo para enfrentar problemas crecientemente interdependientes. El verdadero desafío será construir sociedades capaces de proteger bienestar humano en contextos de incertidumbre permanente. Eso implica fortalecer capacidades estatales, mejorar coordinación entre sectores, invertir en prevención y comprender que la salud, estabilidad social, cohesión comunitaria y bienestar económico no son discusiones separadas. Son parte del mismo problema. Y también de la misma solución.