Longevidad: tres economías, un desafío país y mil oportunidades para innovar

Chile tiene hoy más de 3,7 millones de personas mayores de 60 años, cerca del 19% de su población. Para 2050 serán casi 7 millones, uno de cada tres chilenos. El país está envejeciendo a una velocidad que Francia tardó más de un siglo en recorrer y que nosotros completaremos en poco más de dos décadas, y con la mitad del ingreso per cápita que tenían las naciones europeas cuando enfrentaron el mismo tránsito. No obstante esta realidad, el debate público en Chile sigue siendo, en su mayor parte, una conversación sobre pensiones y dependencia. Ese encuadre es incompleto y contraproducente para entender el fenómeno y tomar acciones desde la política pública y desde el rol de los diversos actores de la sociedad para abordarlo.

El primer punto para entender es desde la mirada de la economía plateada que reconoce que las personas de 50 años o más tienen necesidades específicas y poder adquisitivo creciente, por lo tanto hay un mercado real esperando productos y servicios que aún no existen o que están mal diseñados. Desde esta perspectiva, hay una oportunidad relevante pero las empresas en Chile aún no muestran interés. La primera Encuesta Empresarial de Economía Plateada de Sello Mayor revela que la economía plateada aún no se consolida como un eje estratégico en la mayoría de las empresas chilenas: 85% no ha desarrollado nuevos productos o servicios para personas mayores en los últimos dos años, y el 53% no ha hecho ajustes a productos actuales ni adaptado canales de atención dirigidos al segmento.

Este mercado no es pequeño: a nivel global mueve más de 22 billones de dólares anuales. En Chile, las personas mayores de 50 representan el 27% de la población y contribuyen con cerca del 39% del PIB. Son además, según los datos del Estudio de Personas Mayores de 2022, un segmento que en su mayoría aporta económicamente a otros: el 86% ayuda a familiares o cercanos, mientras que solo el 33% recibe ayuda de terceros. No son dependientes. Son consumidores, productores e inversores que la política pública, el mundo empresarial y el ecosistema emprendedor todavía ignoran.

Por otro lado, destaca la perspectiva de la economía de la longevidad. Este enfoque no se limita a definir un nuevo segmento de mercado, sino que analiza cómo la prolongación de la vida transforma la estructura completa de una economía: el trabajo, el ahorro, la innovación, los sistemas de pensiones y la relación entre generaciones. Popularizado por académicos como Joseph Coughlin (MIT) y Andrew Scott (London Business School), este concepto subraya un aspecto que la economía plateada suele pasar por alto: el tiempo extra no se añade simplemente al final de la vida, sino que se distribuye a lo largo de toda ella.

Una persona de 55 años hoy tiene comportamientos que su equivalente de hace treinta años no tenía a esa edad. El 55% de los mayores en Chile dice que seguiría trabajando aunque no lo necesitara económicamente. El 48% tiene ganas de aprender cosas nuevas, y el 79% ve con optimismo la etapa de vida que viene después de los 60. Ese perfil no encaja con la idea de un consumidor pasivo esperando productos de cuidado. Encaja con un ciudadano activo que necesita mercados laborales más inclusivos y flexibles, esquemas de retiro repensados, plataformas de formación diseñadas para adultos, profesionalización del cuidado, y herramientas financieras que sirvan para planificar vidas de noventa años en lugar de las setenta para las que fueron concebidas.

El mayor obstáculo en este plano es cultural e institucional. El 38% de los adultos mayores en Chile identifica el trabajo como el principal espacio de discriminación por edad según la Casen 2022. El 42% de los mayores de 60 que trabaja lo hace en la informalidad, cifra que sube al 52,5% luego de la edad legal de jubilación. Un mercado laboral que expulsa experiencia es un mercado que elige ser menos inteligente e innovador, porque la evidencia internacional es consistente en que los equipos con diversidad etaria rinden mejor que los homogéneos.

Finalmente tenemos el concepto más reciente: la economía evergreen y, en términos de potencial, el más transformador. Andrew Scott la propone como respuesta a las limitaciones de los dos marcos anteriores: que ni el foco en los mayores de 50 como segmento, ni el análisis macroeconómico del envejecimiento, capturan del todo la oportunidad real. Lo que Scott llama evergreen es el sector que apoya el envejecimiento saludable a lo largo de toda la vida, dirigiéndose a cualquier persona que quiere llegar a mayor en mejores condiciones, es decir, a quienes toman decisiones hoy que determinarán cómo vivirán en las próximas décadas. Alimentación, salud preventiva, educación continua, bienestar mental, entornos activos, finanzas para vidas largas, etc.

El valor estimado de un aumento de 2,2 años en la esperanza de vida saludable para personas de 50 años o más en EE.UU. es de 7,1 billones de dólares, y el valor económico de ganar un año adicional de vida sana alcanza los 37 billones de dólares. Eso hace que los productos más relevantes de la nueva economía no sean los que gestionan una vejez compleja de alguien de 80 o más una vez que ocurre, sino los que lo retrasan ayudando a quien tiene 45 a llegar bien. Obviamente hablamos de salud preventiva, pero también de biotecnología, foodtech, urbanismo, pedagogía para adultos, y rediseño de casi cualquier industria que hoy asume que sus clientes tienen entre 20 y 45 años.

Cabe mencionar que la brecha entre esperanza de vida y años de vida saludables es clave abordarla desde la equidad. En Chile una mujer vive en promedio hasta los 81,8 años, pero sus años saludables no superan los 69. Y alguien que nace en una comuna del sector oriente tiene en promedio, 10 años más de esperanza de vida que alguien que nace en una comuna del sector poniente.

La buena noticia es que Chile, a diferencia de Europa, llega a esta conversación con la oportunidad que la innovación y las tecnologías traen, y con la resiliencia y creatividad de no disponer de todos los recursos. Chile puede ser un sandbox de innovación en estas (y otras) nuevas economías para el mundo. Pero solo se puede maximizar el éxito de las respuestas desde una mirada desprejuiciada. Mientras sigamos hablando de los adultos mayores desde la mirada exclusivamente asistencialista, seguiremos diseñando políticas reactivas y paliativas en lugar de estrategias transformadoras. Lo mismo si no dejamos de lado los sesgos sobre la jubilación y la flexibilidad laboral.

Hay 3,7 millones de personas en este país que saben cosas que no están en ninguna universidad. Que tienen redes que no están en ningún LinkedIn. Que tienen tiempo, energía y, sobre todo, la voluntad de seguir siendo parte de algo y contribuir con su experiencia. Si logramos integrarlos en el mercado, en la innovación, en el diseño de políticas, etc., Chile no solo será más justo, sino más productivo y creativo, objetivos claves para lograr el desarrollo inclusivo y sostenible.