La educación superior y la formación de postgrado cumplen un rol fundamental como motores de cambio en el desarrollo social y económico. En este contexto, es esencial que las universidades ofrezcan una formación académica sólida, actualizando permanentemente sus planes de estudio para responder no solo a las necesidades del mercado, sino también a las demandas de los Estados y de la ciudadanía. La falta de preparación adecuada limita la capacidad de titulados y postgraduados para enfrentar contextos de alta complejidad y escenarios emergentes.
Si bien la responsabilidad de garantizar la calidad formativa recae tanto en la comunidad educativa como en las autoridades políticas, el papel del académico resulta crucial: impulsar la investigación, promover la excelencia docente y proyectar el conocimiento más allá de las fronteras mediante la internacionalización. Su labor no debe limitarse a la mera transmisión de contenidos técnicos, sino también a cultivar el juicio reflexivo y formar profesionales comprometidos con el bien común.
En este sentido, la figura del académico se transforma en la de un agente formador de pensamiento crítico, ético y propositivo. Sin embargo, en los últimos años se ha observado una tendencia preocupante hacia la manualización pedagógica, expresada en el uso cada vez mayor de guías y protocolos que deben seguirse de manera rígida. Este fenómeno ha sido rápidamente aprovechado por el denominado "capitalismo educativo", que ha proliferado en la producción estandarizada, por ejemplo, de guías para la crianza responsable, manuales para el peritaje social o pautas de mecánica automotriz, muchas veces bajo formatos similares y replicables.
Aunque esta práctica puede parecer una solución eficiente para estandarizar la formación, presenta riesgos que amenazan la esencia del proceso educativo. La excesiva estandarización despersonaliza la experiencia de aprendizaje, ignora las diferencias individuales y limita la expansión de ideas, así como la innovación y la experimentación, un aspecto especialmente sensible en los programas de postgrado.
Los manuales tienden a reproducir una racionalidad instrumental que prioriza el "cómo" por sobre el "por qué", olvidando que el aprendizaje universitario debe centrarse en comprender problemas complejos y generar soluciones frente a las contradicciones presentes en distintos ámbitos de la vida. Según la OCDE (2025), una de cada dos personas en Chile no comprende adecuadamente lo que lee, lo que repercute directamente en su capacidad analítica. En América Latina y el Caribe, cuatro de cada cinco estudiantes no alcanzan el nivel mínimo de comprensión esperado, mientras que un 80% requiere instrucciones precisas para abordar un problema y solo un 30% valora la comprensión profunda como una habilidad clave para su desarrollo.
Si bien los manuales pueden resultar útiles en contextos prácticos, su uso excesivo fomenta aprendizajes repetitivos y superficiales. La educación universitaria debe, por el contrario, superar la lógica de la "lección única" y evitar la obediencia automática a directrices rígidas. Frente a estos desafíos, se vuelve imprescindible adoptar enfoques formativos adaptativos que promuevan aprendizajes profundos, significativos y auténticos. La universidad debe ser, ante todo, un espacio de descubrimiento, y es responsabilidad de los académicos resguardar ese propósito.
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