El currículum de Formación Ciudadana en Chile está enfocado en desarrollar estudiantes que participen de manera responsable, crítica y activa en la vida democrática y social del país, con esto logren asimilar la importancia de las instituciones, la participación ciudadana y por sobre todo el respeto al diálogo que se construye desde lo colectivo.
La educación cívica no es sólo parte de un plan de estudios, sino también del entorno y de cómo los niños observan a los adultos, como desde las instituciones responden a las crisis, como se cuida lo público desde el actuar, pero también desde el discurso.
En los últimos días, hemos sido testigos de cómo la discusión pública sobre educación ha estado marcada de recortes presupuestarios, y a esto le agregamos ministros con declaraciones polémicas, seremis que renuncian incluso a horas de ser designados y no digo electos -porque electos conlleva a un proceso de selección más real de lo que hemos presenciado-. En fin, una violencia comunicacional preocupante.
Ante esto, se hace muy complejo digerir que el diputado Javier Olivares, representante del distrito 6 de la Región de Valparaíso, elegido con 5,44% de los sufragios válidamente emitidos, decida utilizar símbolos relacionados con uno de los períodos más traumáticos y dolorosos de la historia de Chile. Fue en el espacio del Congreso donde apareció utilizando una capa de estilo militar, evocando la usanza y estética asociada a Augusto Pinochet, cuya imagen continúa representando para miles de chilenos una etapa marcada por el autoritarismo, el miedo, la represión, el exilio y graves vulneraciones a los derechos humanos. Desde su rol parlamentario, aquello no puede entenderse solo como una expresión individual o una provocación anecdótica, sino como una señal cultural y política con impacto en la convivencia democrática y social.
No olvidemos que los símbolos comunican y construyen, la utilización de estos asociados a tiempos de dictadura es relativizar los derechos humanos y es algo que no puede ser transable. No lo es la tortura, el miedo, el exilio, la desaparición y tantas otras transgresiones que existieron en una etapa marcada por la violencia de Estado.
El mensaje que reciben los niños ante esto es que el dolor ajeno puede convertirse en una bandera de disputa, en vez de una invitación a la reflexión, al diálogo y al respeto mutuo. Hoy las escuelas intentan enseñar convivencia, respeto, participación democrática y resolución pacífica de conflictos, mientras muchas veces el espacio público parece enseñar exactamente lo contrario.
La educación ciudadana no fracasa solo cuando faltan contenidos; fracasa cuando quienes lideran el debate público olvidan que también están formando culturalmente a las nuevas generaciones. Educar en democracia no es solo tarea de las escuelas. Las autoridades también forman ciudadanía a través de sus discursos, conductas y los símbolos que deciden representar públicamente. La infancia está atenta y nos observa.