Pocas veces se ha tensionado tanto el sentido y dirección de la escuela. Mientras la nueva Ley de Convivencia pone el foco en el cuidado, el proyecto de Escuelas Protegidas insiste en la seguridad y sigue en manos del Tribunal Constitucional. Dos respuestas distintas a una misma pregunta no resuelta: ¿Qué le corresponde hoy a la escuela? El debate está en el Congreso, pero el costo se paga a diario en las salas de clase.
Esta discusión afecta a las escuelas de Chile, y sus directores y equipos docentes enfrentan a diario un escenario marcado por dilemas y decisiones emergentes más allá de toda rutina y protocolos predefinidos. Las preocupaciones son múltiples: crisis conductuales y desregulación emocional en las salas, protocolos institucionales con vacíos y tensiones, desafíos de inclusión, denuncias de vulneración de derechos, conflictos con familias y pugnas internas en los propios docentes. A ello se suma la presión de tomar decisiones rápidas, con información incompleta y bajo la mirada crítica de la comunidad y autoridades. En ese contexto, el liderazgo escolar no se mide por la ausencia de problemas sino por la capacidad de equilibrar y conducir estos dilemas sin perder de vista la calidad de la enseñanza y el aprendizaje.
Un patrón común se repite. Actuar bajo presión, elegir entre lo normativamente correcto o pedagógicamente pertinente, y asumir un costo personal o profesional en cualquiera de los caminos. Este es el tono actual de la encrucijada en la educación pública: ¿cómo proveer refugio y exigencia al mismo tiempo?
Un caso representativo lo ilustra esta narración: "Se trata de un niño visto como inquieto y desregulado, que desde su ingreso a 1° básico desafió a su escuela. Sus episodios de agresividad generaban temor en compañeros y familias, los profesores se distanciaban y los protocolos de convivencia exigían sanciones". Sin embargo, la profesora jefa y la directora apostaron por la contención y la permanencia. Con apoyo cotidiano, retroalimentación y algunas adaptaciones, el niño comenzó a mostrar mejoras: menos episodios de crisis, más tiempo en clases, vínculos más sólidos con adultos y habilidades básicas levemente más logradas. En esta historia, la escuela optó por no excluir al estudiante, sino se convirtió en el espacio donde él podía crecer y la comunidad desarrollarse.
Este ejemplo revela una paradoja central: la escuela pública es simultáneamente refugio y exigencia. Refugio, porque acoge a quienes cargan con vulnerabilidades familiares, sociales y emocionales, ofreciendo un espacio de estabilidad. Exigencia, porque comunica altas expectativas de aprendizaje y convivencia, incluso en contextos adversos, evitando caer en la tentación de la resignación o el asistencialismo. Su misión no es solo proteger, sino también desafiar a cada estudiante y docente a alcanzar su potencial.
Para los directores(as), esta tensión se traduce en decisiones difíciles: ¿Aplicar estrictamente el protocolo disciplinario o flexibilizarlo en función de la inclusión? ¿Priorizar la calma inmediata o sostener un proceso formativo más largo y complejo? ¿Responder a las demandas de las familias o defender la pertinencia pedagógica? Cada opción implica costos, y la fortaleza del liderazgo directivo y docente radica en reconocerlos y gestionarlos.
La sala de profesores se convierte en un espacio clave. Allí se discuten las anotaciones, las evaluaciones insuficientes, las molestias de algunos apoderados, pero también se reconocen las pequeñas mejoras y los avances a veces invisibles. Es en ese diálogo donde la comunidad escolar aprende a sostener la encrucijada, a no elegir entre refugio o exigencia, sino a integrar ambas dimensiones en una práctica pedagógica coherente.
La educación pública chilena necesita directores capaces de transformar dilemas en oportunidades de crecimiento colectivo. No se trata de aplicar recetas, sino de construir respuestas situadas, que reconozcan la vulnerabilidad sin renunciar a la expectativa. La escuela crece cuando entiende que cada decisión difícil -retener o excluir, sancionar o contener- es también una oportunidad para redefinir qué significa educar.
En tiempos de incertidumbre social y educativa, el liderazgo escolar se mide por su capacidad de sostener esta tensión. La escuela pública es refugio porque acoge, y es exigencia porque desafía. Solo integrando ambas dimensiones podrá cumplir su misión: ser el mejor lugar para cada niño y niña, incluso -y sobre todo- para aquellos que más lo necesitan.