Recientemente conocimos del caso de una estudiante que cursaba grados avanzados de Educación Básica y que apuñaló a otra que iniciaba su trayectoria en ese nivel educativo. Este caso nos deja, al menos, dos preguntas: ¿Cuáles son los factores que explican la ocurrencia de estas situaciones? y ¿cómo los adultos responsables que participan del sistema educativo pueden ejercer liderazgos positivos para que estos eventos de violencia desaparezcan?
El caso referido deja también una herida dentro de una comunidad entera, que traspasa el contexto escolar. Entre los factores que probablemente explican el hecho está, sin duda, la socialización temprana con los valores y capacidades para enfrentar los conflictos. Si en el hogar aprendemos que es legítimo herir a otra persona por alguna diferencia con ella, la escuela tiene un margen de impacto reducido para contrarrestar los valores inculcados en casa. En este sentido, los hogares están al debe en términos de socialización positiva. Esto se ve validado en las apariciones mediáticas de opinólogos y políticos, que parecen competir por encontrar frases descalificadoras y mantener actitudes contrarias a conseguir acuerdos en un marco de respeto mutuo.
Desde la comunidad escolar, y la sociedad, se requieren liderazgos sistémicos que compartan una matriz valórica y de actuación que promueva la convivencia positiva y la solución pacífica de conflictos. En ese sistema deben confluir en la escuela el liderazgo de los hogares entendido como responsabilidad por la crianza positiva y la mantención de relaciones fluidas con las escuelas.
Los equipos directivos escolares, por su parte, deben tomar el liderazgo y la responsabilidad de diseñar e implementar estrategias de probada efectividad para promover la convivencia pacífica, prevenir conflictos y reparar y recuperar la convivencia cuando ocurran hechos la fracturan. Los docentes en el aula también deben ejercer liderazgo en los mismos ámbitos de promoción, prevención y reparación, para evitar que los conflictos en el aula escalen a partir de la promoción de relaciones positivas y la prevención de conflictos. Los estudiantes, por su parte, también pueden ejercer liderazgo para promover las buenas relaciones entre sí, y saber cómo enfrentar las diferencias entre ellos.
Los liderazgos de los actores mencionados, para lograr un mayor impacto, deben ejercerse de manera sinérgica y coordinada. El diseño de políticas escolares claras, el desarrollo paulatino de habilidades para enfrentar diferencias a través del ejemplo que dan directivos y docentes a los estudiantes y sus familias. Además, las habilidades para la convivencia se aprenden en la práctica, requieren tiempo y consistencia en su aplicación. Por último, los liderazgos deben coordinarse entre sí y compartir un diagnóstico, una visión y un conjunto de estrategias para la promoción, prevención y reparación cuando se trabaja en la convivencia.
Este desafío es lograble a través de la colaboración de estos liderazgos con visión sistémica. No es difícil, toma tiempo y requiere una atención y trabajo permanente. Se pueden establecer las bases de una buena convivencia a través de una curva de aprendizaje empinada y que parece difícil. Una vez lograda la promoción de la convivencia, disminuirán los casos que requieran prevención y reparación. Las familias, directivos, docentes y estudiantes pueden lograrlo si trabajan juntos y piensan en el bienestar que necesitan para trabajar y merecen como seres humanos.