Un nuevo año académico se inicia en la educación superior y atrás dejamos puntajes, formas de acceso, admisión y matrículas. Hoy, una expectativa colectiva debe tomarse el debate y abrir espacios de reflexión en el sistema educativo. Existe un desafío silencioso que no es visible en las bienvenidas novatas: no basta con ingresar una carrera, también hay que permanecer y avanzar lo más exitosamente posible hasta la titulación. De eso se habla poco.
Según el último informe del SIES, la cifra de retención estudiantil al primer año es del 76,5% (CFT 71%, IP 72,1% y Universidades 82,7%). Esto significa que cerca del 23,5% de quienes comienzan sus carreras no continúan, por lo tanto, se convierte una realidad que afecta no solo a los estudiantes y sus familias, sino también a todo el ecosistema de educación superior que convive en un ambiente competitivo por la excelencia (reputación, prestigio rankings nacionales, internacionales, acreditación, etc.) para destacar y subsistir.
Más preocupante aún es la evidencia que existe respecto de las brechas según el establecimiento educacional de origen, cifras que han sido publicadas por distintos medios en los últimos días. Los egresados de colegios particulares pagados presentan tasas de retención cercanas al 84%, mientras que quienes provienen de establecimientos municipales y servicios locales se mantienen en torno al 74%. Diez puntos de diferencia que no son azarosos. Este fenómeno no es uniforme. La deserción se concentra más en estudiantes que provienen de contextos socioeconómicos vulnerables y en aquellos que no cuentan con redes de apoyo académico o familiar que les permitan afrontar los rigores iniciales de la educación superior: brechas de nivelación de conocimiento, herramientas socioemocionales y desconocimiento del funcionamiento del sistema.
Un factor que emerge con fuerza en los datos es el protagonismo de los estudiantes de primera generación en educación superior. Según el Cuestionario de Caracterización de la Experiencia Académica aplicado en el proceso de admisión 2025, un 43% de quienes se matricularon en universidades chilenas declara ser la primera persona de su familia en acceder a este nivel educacional.
Ser primera generación no es solo una etiqueta estadística: implica enfrentar un tránsito educativo sin referentes cercanos, sin conocimiento previo de cómo funciona una universidad, y muchas veces con expectativas que no siempre coinciden con la realidad académica y social que se encuentra en el campus. Esta brecha entre expectativas y experiencias se traduce, con frecuencia, en mayores tasas de deserción o prolongaciones en los tiempos de estudio.
La deserción tiene efectos que van más allá de lo académico. Implica pérdidas económicas para las familias, interrupciones en proyectos de vida, y una menor probabilidad de acceder a empleos estables y mejor remunerados. En términos sistémicos, también representa un desperdicio de talento y recursos: el costo asociado al abandono estudiantil en el primer año supera los mil millones de dólares para las universidades chilenas, incluyendo costos del estado por concepto de gratuidad. Además, la evidencia indica que la deserción temprana no se reduce únicamente a factores académicos. La falta de preparación socioemocional, la ausencia de redes de apoyo, dificultades económicas, y la poca articulación entre la educación secundaria y superior juegan un rol decisivo en por qué tantos jóvenes no pueden sostener su trayectoria educativa.
Si la educación superior se ha masificado y democratizado en términos de acceso, la permanencia y la culminación de los estudios no han progresado al mismo ritmo. Esta brecha se traduce en desigualdades profundas: quienes provienen de contextos más favorecidos -no sólo en términos económicos sino también culturales y sociales- enfrentan menos obstáculos para completar sus estudios y convertir esa trayectoria en una plataforma de movilidad social.
Garantizar que un joven no solo ingrese, sino que también avance con éxito hasta la titulación requiere revisar y actualizar las políticas públicas e impulsar acciones institucionales. Implica fortalecer el acompañamiento durante los primeros años (y no solo al momento de la admisión), mejorar la orientación vocacional desde la educación media, y desarrollar apoyos socioemocionales y académicos continuos.
El desafío de la permanencia, por tanto, no es un problema técnico aislado. Es una cuestión de equidad, de justicia social, y de crecimiento sostenible que debe preocupar a todos los sectores educativos. No podemos conformarnos con celebrar las matrículas: debemos preguntarnos qué está fallando en el trayecto que sigue y cómo podemos construir puentes reales que permitan a cada estudiante navegar con éxito en esta etapa.
Porque entrar es solo el primer paso. Permanecer y avanzar es donde realmente se juega el futuro de miles de jóvenes y el de Chile mismo.
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