Violencia y salud mental: la escuela ya no puede mirar hacia el lado

En las últimas semanas, Chile ha sido testigo de episodios de violencia en establecimientos educacionales, junto con una inquietante proliferación de amenazas de tiroteos amplificadas por redes sociales y los llamados "desafíos virales". Lo que antes parecía impensable hoy irrumpe con fuerza en nuestras comunidades escolares, tensionando no sólo la seguridad, sino también el sentido profundo de la experiencia educativa.

Este fenómeno no es puntual. Se inscribe en un contexto más amplio: una cultura más materialista y violenta, un entorno digital invasivo y una crisis de salud mental en niños, niñas y adolescentes que venimos observando hace años, y que la pandemia no hizo sino agudizar. Diversos estudios -incluyendo reportes de organismos como Unesco, Unicef y el Ministerio de Salud- muestran un aumento sostenido en síntomas de ansiedad, depresión, desregulación emocional y conductas de riesgo en población escolar. También se manifiesta mayor prevalencia en desordenes de personalidad y trastornos relacionales. En Chile, encuestas recientes señalan que una proporción significativa de adolescentes declara sentirse frecuentemente triste, solo o sin esperanza. La adicción a redes sociales es mayor en Chile que en otros países, que ya han regulado su uso para menores de edad. Ese es el espacio donde profesores intentan, hoy, enseñar.

En este escenario, resulta cada vez más evidente que la institucionalidad vigente -normativas y protocolos- es necesaria, pero insuficiente. Como bien ha planteado el psicólogo Felipe Lecanelier, el problema no se resuelve únicamente con más reglas o intervenciones superficiales: requiere una transformación más profunda en la forma en que entendemos el desarrollo humano y el rol de la escuela.

Porque la escuela de hoy ya no puede sostener que es solo un espacio de aprendizaje académico. Es, querámoslo o no, un espacio de contención emocional, de socialización compleja y, muchas veces, el principal lugar donde niños y jóvenes encuentran -o no- seguridad psicológica. Ignorar esta realidad no solo es ingenuo: es peligroso.

La pregunta entonces no es si las escuelas deben involucrarse en la salud socioemocional, sino cómo hacerlo de manera estructural y sostenible. Y aquí emerge una convicción clave: no basta con agregar programas aislados, una hora a la semana con suerte. Las duplas psico-sociales están totalmente superadas. Se requiere intervenir el corazón del sistema escolar: el currículum, la organización del tiempo, la formación docente, los incentivos y la asignación de recursos.

Esto implica, por ejemplo, integrar de manera transversal el desarrollo socioemocional en las prácticas pedagógicas cotidianas, no como un "extra", sino como una condición habilitante del aprendizaje. Supone también repensar los tiempos escolares, hoy muchas veces saturados, para dar lugar a espacios de conversación, reflexión y vínculo significativo. Fomentar comunidades de intereses que transforman vidas, desde la ciencia al teatro, el deporte o el arte, como espacios de desarrollo humano y relacional. Por otro lado, exige fortalecer las capacidades de los equipos educativos para detectar, acompañar y derivar oportunamente situaciones complejas, así como contar con redes de apoyo especializadas cuando el nivel de intervención lo requiere.

Es indispensable avanzar en una mirada multinivel: desde lo grupal -construyendo climas de aula seguros, respetuosos y acogedores- hasta lo individual, con intervenciones más intensivas para aquellos estudiantes que presentan mayores niveles de riesgo. La evidencia internacional en modelos como el "Multi-Tiered System of Supports" (MTSS) o los enfoques de "Whole School Approach" en salud mental, muestra que este tipo de estrategias integrales son más efectivas que respuestas fragmentadas. En países como Estados Unidos, Canadá, Inglaterra y Australia (que vienen de vuelta en violencia escolar), la salud mental y la formación socioemocional están integradas en el modelo educativo. Allí podemos encontrar experiencias concretas exitosas para aplicar en Chile.

Por lo mismo, el desafío más profundo es cultural. Implica dejar de ver estos problemas como "externos" a la escuela -responsabilidad de las familias o del sistema de salud- y asumir que forman parte constitutiva de la experiencia educativa contemporánea. Implica también reconocer que el bienestar emocional no es un tema secundario, sino una base sin la cual el aprendizaje significativo no ocurre. En Chile, esta fue la visión del fundador del primer colegio Waldorf en el país, Claudio Rauch, quien en su seminario de formación de profesores advertía que la pedagogía del futuro iba a tener que ser, al mismo tiempo, "terapéutica".

Los recientes episodios de violencia y amenazas no son sólo hechos que deben ser contenidos. Son señales de alerta de un sistema que necesita evolucionar. Cada "broma" que escala a amenaza, cada adolescente que actúa impulsivamente sin dimensionar el daño, nos habla de brechas en su regulación emocional, su sentido de pertenencia, su capacidad de proyectarse en el otro.

Como sociedad, tenemos la oportunidad y la responsabilidad de enfrentar esta crisis no solo con medidas reactivas, sino con una transformación deliberada y valiente del sistema educativo, que ponga en el centro a la persona y su desarrollo integral.

Educar no puede seguir siendo enseñar contenidos para superar exitosamente las evaluaciones. Es necesario abocarse a formar seres humanos capaces de habitar el mundo con conciencia, empatía y responsabilidad. Esa es la prioridad, sin abandonar el aprendizaje disciplinar sino a través de él. Y eso requiere modificar el corazón mismo de nuestro sistema educativo.