Cuatro años de guerra: la herida que no se ve

El 22 de febrero se cumplen cuatro años desde la invasión rusa a Ucrania. En estos días abundarán los análisis, las cifras y las explicaciones geopolíticas. Todo eso es necesario. Pero hay una pregunta que rara vez ocupa el centro: ¿qué ha pasado con las personas que llevan cuatro años viviendo en guerra?

Desde la fundación Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN) hemos mantenido un contacto permanente con quienes viven la guerra en primera persona y, aun así, siguen ayudando como pueden. Desde que comenzó el conflicto, hemos enviado apoyo de manera constante a la Iglesia local, que acompaña y asiste a las víctimas de la guerra. También hemos podido viajar al país. Lo que hemos visto -el dolor, el cansancio, las heridas visibles e invisibles- supera cualquier límite que uno pueda imaginar desde la distancia. Ciudades y pueblos han sido destruidos, pero hay una devastación más silenciosa: la que queda en quienes intentan seguir viviendo.

Escribo estas líneas a comienzos de febrero, sin saber cómo se desarrollarán los acontecimientos en las próximas semanas. Lo único cierto es que hoy, mientras el mundo discute escenarios, millones de personas continúan atrapadas en una vida marcada por la incertidumbre, el miedo y la pérdida.

En la ciudad de Bila Tserkva, a unos cien kilómetros de Kiev, la guerra forma parte de la rutina. Misiles, apagones, escasez de alimentos. Allí acompaña a la comunidad el padre Lucas Perozzi, misionero en Ucrania. "Cuando llegué hubo un gran ataque", recuerda. "Un edificio se derrumbó, hubo muertos y heridos". A diferencia de la capital, la ciudad no cuenta con los mismos sistemas de defensa aérea. La amenaza es constante. La muerte, cotidiana. "Nos enfrentamos a la muerte todos los días", dice.

En medio de un invierno gélido, la precariedad se vuelve más dura. "A veces tenemos electricidad, a veces no; a veces tenemos agua y luego no; a veces tenemos comida, otras pasamos hambre. Los precios están subiendo y la gente no sabe qué hacer. Es un milagro que la gente consiga vivir, especialmente los refugiados del este que ahora viven aquí".

Más cerca aún del frente, en Járkov, la guerra se oye incluso cuando no se ve. Monseñor Pavlo Honcharuk, obispo de esa diócesis, lo explica con una frase inquietante: "Los drones y misiles que nos sobrevuelan constantemente los oímos todos los días. El mayor peligro para nosotros es el silencio. Cuando no se oyen los drones, no sabemos qué va a pasar". Ahí se vive con la conciencia de que cada día podría ser el último. "Sabemos que tenemos que hacer todo lo posible para sobrevivir".

"Estamos dolidos, pero tenemos que seguir viviendo", dice el obispo. A veces, cuando las personas se encuentran, se preguntan simplemente: "¿Cómo estás?" Y la respuesta es breve, casi brutal: "Sigo vivo". En ese contexto, el trauma se ha vuelto omnipresente. Soldados que regresan irreconocibles para sus familias, civiles que han perdido sus hogares, personas que vuelven del cautiverio con heridas profundas. La Iglesia local ha tenido que aprender a acompañar ese dolor, formando a personas capacitadas para escuchar, contener y ayudar a sanar.

Uno de los obispos más jóvenes del mundo es el ucraniano Maksym Ryabukha, de 45 años, que tiene a su cargo uno de los territorios más delicados de su país, la zona centro-oriental de Ucrania, en las regiones de Donetsk, Luhansk, Dnipró y Zaporiyia. No puede entrar en la mitad de su diócesis, ocupada por las fuerzas rusas. "A lo largo de la línea del frente, unos 30 kms. de mi territorio, la gente deja sus casas por la noche por miedo a morir aplastados y se va a dormir al campo junto a los lagos". Y agrega una frase que resume las profundas y silenciosas heridas que está dejando esta guerra: "Las armas más destructivas no son las bombas que estallan, sino el sentimiento de ser olvidado, de quedarte solo, de no valer nada para nadie".

Cuatro años después, en muchas partes de Ucrania las iglesias y conventos ya no son solo lugares de reunión. Son ámbitos de duelo y de cuidado, un intento frágil pero persistente de recomponer lo que la guerra ha roto. Más allá de cómo evolucionen los acontecimientos en las próximas semanas, hay algo que no debería cambiar: que Ucrania no sea olvidada. Que la ayuda no se detenga.

Porque el día en que las armas callen -cuando sea que eso ocurra- comenzará otra tarea inmensa. La reconstrucción material será gigantesca, pero aún mayor será el desafío humano: recomponer el tejido social, acompañar a quienes han vivido el trauma y devolver la confianza donde hubo miedo. Ucrania necesitará tiempo, cuidado y una memoria que no la abandone cuando deje de ser noticia.

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