Ochenta años después de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz, las imágenes de la barbarie nazi contra el pueblo judío siguen indelebles en la memoria colectiva, y día a día adquieren más relevancia como paradigma universal de los peligros de la intolerancia, la discriminación y el odio.
Esta fue la conclusión predominante en el acto de conmemoración del Día Internacional en Memoria de las Víctimas del Holocausto, organizado por la Cepal, la Embajada de Israel y la Embajada de Alemania, y que convocó a autoridades políticas, diplomáticas, religiosas y académicas, el 27 de enero pasado.
Aunque pueda sorprender viniendo de un diplomático israelí, hay que comenzar señalando que el Holocausto no es propiedad del pueblo judío ni del Estado de Israel. El Holocausto es patrimonio de la humanidad entera. Es la lección más dolorosa que ha recibido la civilización sobre hasta dónde puede llegar el odio, cuando se vuelve política de Estado, cuando la indiferencia se convierte en complicidad. Seis millones de judíos fueron asesinados sistemáticamente, pero también gitanos, homosexuales, personas con discapacidad, prisioneros políticos. Fueron años en los que Europa entera se convirtió en una fábrica de muerte, donde el mal alcanzó proporciones industriales.
Esta memoria no nos pertenece en exclusiva, porque sus lecciones son universales. Nos habla de los peligros del fanatismo, de cómo sociedades enteras pueden volverse cómplices del horror. Por eso, recordar el Holocausto es un deber de toda la humanidad.
Sin embargo, en los últimos dos años hemos presenciado algo profundamente preocupante: la banalización del Holocausto por parte de quienes no comprenden qué es realmente un genocidio. Así, hemos visto cómo el término "genocidio" se arroja con ligereza en debates políticos, en redes sociales, en manifestaciones. Se comparan situaciones también complejas y dolorosas, pero que no se acercan a la dimensión y particularidades de la Shoá, diluyendo así su significado, vaciándolo de contenido.
El genocidio no es un conflicto armado, por más trágico que sea. No es una guerra con víctimas civiles. No es una política controversial. El genocidio es la intención deliberada y sistemática de aniquilar a un pueblo entero por el simple hecho de existir. Es lo que ocurrió cuando los nazis construyeron cámaras de gas, cuando elaboraron listas, cuando organizaron trenes hacia la muerte, cuando tatuaron números en brazos de niños.
Cuando banalizamos estas palabras, cuando las usamos como armas retóricas, no solo ofendemos la memoria de las víctimas, sino que además traicionamos el propósito mismo de recordar el Holocausto. Porque si todo es genocidio, entonces nada lo es. Si toda injusticia se equipara con Auschwitz, entonces perdemos la capacidad de reconocer el mal absoluto cuando realmente emerge.
Y esto nos lleva a reafirmar que el Holocausto tiene un valor universal y no se puede comparar con nada. No porque los judíos tengamos el monopolio del sufrimiento, sino porque la Shoá representa un punto de quiebre en la historia humana. Fue el momento en que la modernidad, la ciencia, la burocracia y el Estado se pusieron al servicio del exterminio total de un pueblo.
No todas las tragedias son iguales. Reconocer la singularidad del Holocausto no es una competencia de victimización, es entender que cada tragedia histórica tiene sus propias características, su propio contexto, sus propias lecciones. Comparar todo con el Holocausto no honra a otras víctimas; al contrario, impide que comprendamos tanto la Shoá como las demás tragedias en su verdadera dimensión.
Solo preservando la memoria con honestidad y rigor podremos cumplir la promesa de "nunca más".
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